RAÚL MASSA JIMÉNEZ es un joven de 21 años de Cádiz, una ciudad costera al sur de España. Siempre ha sentido un gran vínculo con el arte, comenzando a escribir durante su adolescencia; a sus dieciocho años, recopiló dichos poemas en su primer poemario, Ramos Para Rosa. Ahora se encuentra trabajando en su segundo proyecto, Bordando Alas, que explora la idea de coexistir en un mundo inmenso y globalizado. Instagram: @raulmassssa.
El hastío romántico de Apolo y Dafne: la maldición de un corazón enamorado
En el bosque amanecía,
al son de mil ornamentas de paz,
el fulgor de la armonía
que apolo expiraba.
El dios caminaba sereno,
fruto del desdicho.
Camino hacia el deseo
por el sendero de la pérdida.
Mientras Eros practicaba sus dotes,
su puntería,
nadie osaba retar al Dios
pues era experto en arquería.
Apolo desdichado se atrevió del experto mofarse.
Del cielo comenzaron a caer gotas de lluvia.
Nadie podía mofarse de Eros
pues, a fin de cuentas,
la divinidad no excluye la debilidad ante el amor.
El arquero apuntó una flecha de oro
directa al corazón de Apolo.
El oro era la flecha más poderosa,
pues aquel que la rozara caería en un
enamoramiento tan profundo que ningún hombre sería capaz
de ser sin perder la cabeza.
“De amor perecerás, y el deseo será tu pérdida”,
pues no habrá opción a resistencia
más que el dolor de su rechazo.
El hastío romántico de Apolo y Dafne: la resignación de una víctima que ya vivía presa
El amor desmedido no le pareció suficiente,
su odio no se saciaba con sólo una víctima.
El Dios apuntó su flecha y disparó,
cayendo en el puro corazón de una pobre ninfa.
“Todos pagarán la osadía de Apolo, y tú serás testigo
del éxtasis de su amor”.
Su flecha era de plomo, sin embargo,
naciendo de ella repulsión a todo lo romántico.
Esto no era nuevo en su corazón endurecido,
pues jamás fue valiente para considerar el amor
como algo como para morir por haberlo vivido.
“No puedes encarcelar lo que ya vive preso,
pues no habrá nadie que me libre de mi amarre”,
replicó la hermosa ninfa;
Dafne.
La ninfa no sabía que ese lazo traía consigo una maldición,
pues la antítesis de sus corazones
marcarían el fin de sus vidas;
el yacimiento de su amor.
Pues jamás podrán aceptarse el uno al otro
sin perderse sin remedio en un mundo sin razón.
Endureciendo su piedra, a la que llama corazón;
floreciendo él su cuerpo, como símbolo de amor.
Apolo no descansó
buscando entre los mundos,
el amor correspondido de su amada.
“Es inutil que lo intentes”
le gritaba su ninfa,
“En mi oscuro corazón
no hay belleza suficiente
para poder aceptar tu amor”.
La ninfa no entendía
la devoción de su enamorado.
¿Por qué alguien querría darlo todo por alguien
que no considera la vida como algo necesario?
El hastío romántico de Apolo y Dafne: la infinitud y aceptación del amor corrupto
“Acepta mi amor como fruto de nuestra unión en favor de la vida,
pues en ningún mundo he podido encontrar alguien semejante
alguien por quien sonreír cada mísero día”.
La pasión del Dios no tenía remedio,
buscando en Dafne una respuesta;
buscando en ella un ápice de afecto.
El odio que la ninfa había sembrado
en favor hacia su propia figura
cesaba cuando apolo recaía en ella,
preso de su sentimiento apasionado,
preso de su flor más pura.
“Si así tanto me deseas, aceptaré tu amor como recompensa a mi propio hastío”.
Dafne se abrazó a su amado, rompiendo dentro de ella
la coraza de su corazón vacío.
El Dios consternado se aferró a su amada
esperando de ella una eternidad de cálido frío.
La ley de las flechas quebrantada
castigó a ambos de su propia osadía,
de nuevo, presos de su antítesis sombría.
Floreciendo Apolo como símbolo de su amor puro, convirtiéndose en un laurel.
Símbolo de valientes.
Símbolo de su merced.
Dafne, por el contrario, se oscurecía
en las raíces de su amado.
Presa de dolor fue sentenciada a una eternidad
de piedra para dejar su corazón calmado.
Una eternidad sombría.
Una eternidad sin llanto.