GABRIELA OLIVIERO (1988) reside en Uruguay. Su escritura se adentra en los espacios intermedios entre los umbrales de la realidad y los estados de conciencia, abordando la memoria, el paisaje, el tiempo y la transformación. Ha sido publicada en la revista Kametsa y seleccionada como finalista en diversas antologías literarias. Instagram: sombras.de.la.conciencia.
La campana del río
Navegando en el río de la Dordogne
como lo hicieron los vikingos
haciendo resonar sus cuernos
siglos antes de que la abadía alzara su voz.
El sonido de unas campanas sobre el río
antes de distinguir su forma.
No aparece de golpe.
Primero llega como una intuición.
Como un eco.
Como una voz lejana.
Anuncia una realidad invisible
antes de que podamos verla.
Durante siglos,
los viajeros que navegaban la Dordogne
escucharon aquellas campanas:
la del puerto alto y la de la abadía,
antes de distinguir el perfil de la capilla
y sus antiguos muros,
alzándose sobre la Dordogne
como una nave de piedra mirando al río.
Varias voces que se buscan
y se responden sobre el agua.
Un coro suspendido sobre el río.
Y de pronto
la campana deja de ser un objeto.
Se convierte en una presencia.
Convoca.
Nadie recuerda su nombre.
Sin embargo,
cada vez que la campana suena,
algo de él vuelve a respirar.
No su voz.
No el rostro que una vez contempló el río.
No las manos que dieron forma al molde.
Pero el sonido que imaginó
sigue atravesando el aire.
Algo invisible puede atravesar el tiempo
y seguir llamándonos siglos después.
Alguien que comprendió:
el sonido viaja más lejos
que la presencia humana.
La campana sigue sonando,
cruzando siglos,
repitiendo su voz.
Y en la curva del río,
la piedra sigue escuchando.
El soplo
La trajeron un día,
pequeña y oscura,
encontrada en los pastos.
Su color negro y su pico grande
hacían dudar
¿paloma o cuervo?
Tenía una pata lastimada
y aún no sabía comer.
La curamos.
Le enseñamos.
Le dimos de comer
de nuestra mano.
Y un día
comenzó a abrir las alas,
aprendiendo el vaivén de los pájaros,
entre la tierra y el cielo.
Pero en un instante,
chocó con algo en la casa grande
y soltó su último soplo.
Yo llegué dos segundos después.
Él lo vio primero.
Traté de pensar
qué podría querer decirme.
Dos gotas de sangre en el piso.
Su última marca en el mundo.
No encontré respuesta.
Solo la pregunta
que sigue abierta.
Ese instante
entre lo que era
y lo que iba a ser,
el breve soplo
donde la vida cambia la dirección.
Idun
No custodiaba espadas.
No presidía batallas.
No dictaba el destino de los hombres.
Mientras los dioses hablaban de guerras y presagios,
ella guardaba un huerto.
Entre sus manos reposaban las manzanas doradas
que preservaban la juventud de Asgard.
No otorgaban eternidad.
Otorgaban algo más frágil.
La posibilidad de renovarse.
Cuando Idun desapareció,
los dioses comprendieron que incluso ellos estaban sujetos al tiempo.
Las arrugas comenzaron a aparecer sobre los rostros divinos.
La fuerza abandonó los brazos que habían derrotado gigantes.
La vejez, silenciosa e inevitable, entró en Asgard.
No fue la ausencia de una guerrera lo que los debilitó.
Fue la ausencia de quien recordaba cómo volver a comenzar.
Quizás por eso Idun sigue siendo una de las figuras más misteriosas
de la antigua memoria nórdica.
Porque todos admiramos la fuerza.
Todos admiramos la sabiduría.
Pero rara vez pensamos en aquello que nos renueva.
Aquello que, una y otra vez, nos devuelve a nosotros mismos.
Tal vez las manzanas de Idun nunca fueron fruto.
Tal vez fueron recuerdos.
Palabras.
Canciones.
Historias.
Tal vez fueron la promesa de los brotes.
Esa fuerza invisible que permanece bajo la tierra cuando todo parece dormido.
El secreto por el que una rama desnuda vuelve a vestirse de hojas.
El misterio por el que algo en nosotros vuelve a florecer
después de haber creído que había terminado.
Todo aquello que preserva en nosotros algo que el tiempo no consigue destruir.
Y quizá por eso seguimos buscándolas.
No para escapar de los años.
Sino para encontrar, una vez más, la parte de nosotros que todavía sabe renacer.