132. Año 11 | 1.ª Ed. Quincenal Jul. 2026 | MARÍA PATIÑO LARA – La visita

MARÍA PATIÑO LARA (Ciudad de México, 1995). Comunicóloga y poeta. Escribe poesía desde los veinte años y ha publicado sus textos en su blog personal. Colaboró como articulista en Cultura Colectiva (2017). Actualmente prepara su primer poemario. Instagram: @maria.lart

 

 

 

PASSACAGLIA

 

Una niebla consciente de mi nombre

me hace compañía, apenas rozando

con frialdad mi cabello,

habitando mi medicada memoria.

 

Va conmigo a la cocina, al tocador,

a la cama

y a mis duelos.

 

Me sigue al jardín que no tengo.

 

Y veo difuso, toco el futuro:

este camino distorsionado.

 

En cada siesta sueño contigo

y me pregunto si es el limbo,

o una predicción,

 

o soy bruja y veo

lo que no ha sido,

 

o solo soy una humana

desbordada de vacío.

 

Me recuerda que te tuve en un suspiro de Dios

mientras camino en círculos en esta casa vacía

y mato de hambre a mi cuerpo inocente.

 

De tanto pensar he tenido fiebre,

de tanto llorar se ahogó mi diario,

 

de tanto dibujar tu sonrisa

ya creé un niño en mi vientre:

con tu voz y ojos,

con mis labios y dientes.

 

Y aún así

despierto en compañía de la niebla

en esta casa donde solo yo lloro

consciente de que el amor me ha enfermado.

 

Ni Dios viene a decirme qué es real.

 

 

MORIR DE LOCURA PROFUNDA POR UN ORGANISMO EN EVOLUCIÓN

 

Tristeza hierba

que toca piano en mi habitación

y observa en estado marchito

la rendición de mi cuerpo.

 

Tristeza hierba

que aprende a ser dilema:

acostumbrada a mi raíz,

al olor de la niebla,

inclina la cabeza y anuncia sin voz:

“no hay luz

y las raíces

ya encontraron tu puerta”.

 

Tristeza hierba

que entra de puntitas

bajo mis uñas sangrientas,

descansa en la corteza de un árbol

y bebe la lluvia de mis mangas sedientas

 

Tristeza hierba

que aprende la forma del musgo,

para hacerse invisible

ante las primaveras

—que en mi oído sembraste—.

 

Tristeza hierba que memoriza

el sonido de mis pulsos distantes

y espera acariciar algún día

la forma de tus dedos

sobre mi cuerpo.

 

 

LA VISITA

 

Dios es testigo del cielo tibio

que acaricia su cuerpo de cera,

charlamos en el jardín del alivio.

 

Camino entre las flores

sembradas por sus manos.

 

Solo visto ropa sucia

el desorden de mi cabello agotado

y la sal de mis mejillas mojadas.

 

Escucho su voz, sí,

se está riendo a carcajadas.

 

“Está anocheciendo”, le digo con miedo.

 

Y me recargo en su hombro tenue

sin apartar mis ojos

de su silueta sonriente.

 

Sé que, al despertar

solo quedarán las flores

huérfanas de sus manos.

 

 

Ya entiendo.

 

Hace frío en la habitación.

 

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *