MARÍA PATIÑO LARA (Ciudad de México, 1995). Comunicóloga y poeta. Escribe poesía desde los veinte años y ha publicado sus textos en su blog personal. Colaboró como articulista en Cultura Colectiva (2017). Actualmente prepara su primer poemario. Instagram: @maria.lart
PASSACAGLIA
Una niebla consciente de mi nombre
me hace compañía, apenas rozando
con frialdad mi cabello,
habitando mi medicada memoria.
Va conmigo a la cocina, al tocador,
a la cama
y a mis duelos.
Me sigue al jardín que no tengo.
Y veo difuso, toco el futuro:
este camino distorsionado.
En cada siesta sueño contigo
y me pregunto si es el limbo,
o una predicción,
o soy bruja y veo
lo que no ha sido,
o solo soy una humana
desbordada de vacío.
Me recuerda que te tuve en un suspiro de Dios
mientras camino en círculos en esta casa vacía
y mato de hambre a mi cuerpo inocente.
De tanto pensar he tenido fiebre,
de tanto llorar se ahogó mi diario,
de tanto dibujar tu sonrisa
ya creé un niño en mi vientre:
con tu voz y ojos,
con mis labios y dientes.
Y aún así
despierto en compañía de la niebla
en esta casa donde solo yo lloro
consciente de que el amor me ha enfermado.
Ni Dios viene a decirme qué es real.
MORIR DE LOCURA PROFUNDA POR UN ORGANISMO EN EVOLUCIÓN
Tristeza hierba
que toca piano en mi habitación
y observa en estado marchito
la rendición de mi cuerpo.
Tristeza hierba
que aprende a ser dilema:
acostumbrada a mi raíz,
al olor de la niebla,
inclina la cabeza y anuncia sin voz:
“no hay luz
y las raíces
ya encontraron tu puerta”.
Tristeza hierba
que entra de puntitas
bajo mis uñas sangrientas,
descansa en la corteza de un árbol
y bebe la lluvia de mis mangas sedientas
Tristeza hierba
que aprende la forma del musgo,
para hacerse invisible
ante las primaveras
—que en mi oído sembraste—.
Tristeza hierba que memoriza
el sonido de mis pulsos distantes
y espera acariciar algún día
la forma de tus dedos
sobre mi cuerpo.
LA VISITA
Dios es testigo del cielo tibio
que acaricia su cuerpo de cera,
charlamos en el jardín del alivio.
Camino entre las flores
sembradas por sus manos.
Solo visto ropa sucia
el desorden de mi cabello agotado
y la sal de mis mejillas mojadas.
Escucho su voz, sí,
se está riendo a carcajadas.
“Está anocheciendo”, le digo con miedo.
Y me recargo en su hombro tenue
sin apartar mis ojos
de su silueta sonriente.
Sé que, al despertar
solo quedarán las flores
huérfanas de sus manos.
Ya entiendo.
Hace frío en la habitación.