140. Año 10: VALERY ALEXANDRA | Llama viva

Esto comenzó como una búsqueda, una vía de encuentro con mi psique, como un ejercicio no obligatorio de continuidad, prácticamente como una necesidad humana de anarquía. Los que escribimos sin ser escritores o periodistas certificados ni socialmente aprobados o reconocidos, ya sea en columnas de chismes, política, economía, diarios, poesía o frases en servilletas olvidadas, no importa qué ni cómo, nos llegará el día en que dejaremos de existir, pero nuestras líneas no se extinguen, no se evaporan, no son volátiles. Nuestra existencia puede esperar, siempre que cada una de nuestras letras viva en alguna parte escrita, pronunciada sin ser profanada, sino honrada como la esencia más pura del alma. Por mi parte, puedo esperar, como esperamos en vano el infinito o el aprender a volar. Rompí la tensión de la labor de parto un 17 de noviembre de 1988 en Caracas, Venezuela. Bajo el nombre de Valery Alexandra. Soy licenciada en producción cultural, ex estudiante de teatro y danza contemporánea. Trabajé como productora en eventos culturales y para un canal de noticias internacional. Actualmente me desempeño como editora audiovisual. Tal vez no sepa cosas “esenciales o básicas” del manual de la vida, pero no es lo que me interesa como prioridad de mi existencia. Seguiré asombrándome y agradeciendo a la vida a través de la escritura, de la danza, del dibujo, de la fotografía. Simplemente seguiré.

 

 

No se regalan flores antes de caer el telón.


Fuera de esta burbuja que creamos, todo sigue, incluso vos y yo. Sin embargo, algo de nosotros se detuvo en el tiempo. Estoy en un estado consciente. No creas que mis ganas o ingenuidad no me permiten ver. Ambos sabemos que miles de palabras que queríamos decirnos quedaron y quedarán en el aire o recorrerá a modo de lava por nuestros cuerpos, hasta quedar trémulos y lo ignoremos. A veces lo decimos con la mirada y otras veces parece que nos hablamos hasta en la indiferencia que surge casi como un juramento no pactado, igual sé muy bien que no nos diremos nada – silencio.
Encuentros accidentales después de evitarnos durante semanas, donde nos cruzamos y a veces no evitamos los  roces en la piel. Pero es inevitable, algo entre nosotros simplemente se ha roto. Sin embargo, seguimos detenidos en esa calle, ya sea en otra dimensión. Nos volvimos faquires, caminamos sobre vidrios sorteando el destino y permeando complejidades, sin leer las letras pequeñas de la vida.
De eso que dejamos, no hay retorno. Dejamos perder la materia. Comenzamos y terminamos de la misma forma, sin aviso y tal vez sin querernos, con sabor agridulce, con una esperanza disfrazada de aceptación de aquella muerte anunciada. A veces te hallo en alguna canción o en alguna foto aún no borrada. Se me aprieta el pecho y los nudos invaden mi garganta, inevitables cataratas comienzan el recorrido por mis tibias y pálidas mejillas.
Sí, a veces nos encontramos en recuerdos o momentos perdidos en el cotidiano ¿Me buscarás tú? ¿Me hallarás? De ti no me queda más que repasarte y la camisa verde que me diste como sacrificio. Ni tu pecho, ni tu fino cabello, tampoco tus manos fuertes y chispeantes, ni tu elocuencia, ni tu adiós. Con todo lo que me hiciste creer y discurrimos, solo te pido: bésame nuevamente, pero esta vez despacio, con sed y hambre, con disfrute y sin agonías. Que no se vuelva a avivar la incertidumbre ni el infierno de los celos.

 

 

Llama viva


Cuerpo disidente desde el velo oculto de la noche
El eco de mi voz traza alientos sedientos al aire
Viejas hojas amarillas, manchadas de tiempo con su antigua intimidad mundana, late en el pacto de un murmullo anhelante, que brota como arroyo de agua fresca. Que el calor de un abrazo siempre te acompañe como llama viva.

 

 

Uyewü tüpükan, patapan tüekatö / Toma mis manos, te doy el infinito


Manos que echan raíces, que buscan sueños fértiles.
Par de instrumentos gloriosos, terrenales, carnales.
Tan únicas que cada una tiene su cielo, sus olas, su historia, su destino. La que colocas en tú pecho para encontrar paz, la que colocas en el pecho del otro para sentir cómo late su alma.
Las que acarician y señalan. Las mismas manos acanaladas que intentan agarrar la inmensidad de la ladera, imaginando que esa infinidad, también le pertenece.

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