EMILY GRANADOS. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM, Teatro y comedia en Casa Azul. Actualmente escribe cuentos y poesía, es narradora oral y docente. Su poesía ha sido traducida al inglés, italiano y uzbeco. Publicada en distintas plataformas y revistas de México, Perú, España, Bélgica, Pakistán y Uzbekistán.
NAVEGANTES
Un mundo navega sin trazo sobre agua y más agua. Un par de tripulantes a bordo van cuidando ese mundo, es un fractal de galaxia que se apoderó de ellos o ellos de él, no lo sabremos. Huyen, como buenos peregrinos, de la noche y del hambre, se dan calor mutuamente, se cuentan historias para no morir de locura o de silencio. Siete veces veinticinco peces los han sentido pasear sobre sus aguas y no han querido ofrecerse como alimento o tributo.
El navío anda entre hebras de luz y tinieblas enfurecidas, ellos siguen el viaje sin bajar, sin detenerse. Si alguien los observa desde lejos, parecen criaturas terriblemente inmóviles, indefensos, inacabados. Por momentos se ven como son, pura mancha y sensación, alguna intención de colores danzantes que se expanden en el horizonte del agua marina. Su viaje en medio de ese azul profundo parece no tener fin, pero a mí me gusta pensar que hablan siempre para no tener frío, me gusta pensar que sueñan con llegar a algún sitio y, sobre todo, sé que extrañan a Inés.
Nada se ve como debería, pero ahí están y a ellos no les interesa, no piensan en esas cosas, les gusta su navío, su mundo y los ojos de Inés. Lo que más les gusta es sentir la mirada de Inés sobre ellos. Piensan que sus ojos son un sol que no puede palidecer, aunque un día pase. Ella es maravillosa, hábil con las manos, le gusta inventar historias fluorescentes, le fascina el mar, el olor a limón y las hojas de papel en blanco. Tienen días sin verla. Llevan varios meses sobre esas aguas, intentando seguir a flote y no perderse, no desanimarse, les urge saber qué va a pasar. Sienten que la montaña, que se ve a lo lejos, un día va a tener más flores y que la corriente podría agitarse más, les gustaría saber si alguna ballena perdida va a empujarlos con su aleta caudal, o si tendrán la suerte de ver las estrellas totalmente rojas. Esperan lo que desean, hay tantas imaginaciones ahí, pero ellos jamás han cerrado los ojos para soñar.
No han visto a Inés y tienen muchísimo miedo de ya no verla, de morir en el intento de ser. Esa soledad acompañada y silenciosa los ha vuelto sendero, certeza, no quieren dejarse, aunque ninguno sabe qué significa eso. Son navegantes, amantes marineros, personajes de un cuadro que nadie ha visto nunca, excepto mi hija Inés y yo.
Mi pequeña pintora enfermó de muerte hace tiempo, su cuadro espera sobre la mesa del comedor y yo, cada día que lo veo, me invento mil historias y me acuerdo de otras tantas mientras espero sentada, como los personajes de esa acuarela incompleta, con la marea desbordada por los ojos abiertos en medio de la noche. Este domingo en el hospital van a decirme si mi hija podrá visitar el mar de nuevo, si va a tener tiempo de terminar por fin su pintura.