MARCOS GUTIERREZ: (Chimaltenango, Guatemala, 1997). Físico, maestría en Inteligencia Artificial, actualmente cursa el doctorado en Ciencia de Datos (VIU-UAM) investigando la propagación cultural. Galardonado con el XV Premio de Narrativa Bonaventuriano y Gonzalo Rojas Pizarro, es autor de los poemarios Poemas a la nada y Reloj de nieve, y del libro de relatos Ballenas de smog.
Guatemala
Si hubiera nacido en otra Guatemala
quizá hoy llevaría tatuado en mi pecho
las coordenadas y el mapa de la finca de mi familia
a pesar de las espaldas quemadas por el sol,
de las manos pequeñas y regordetas
cortando café.
En otra Guatemala
pude haber sido una niña en llamas,
uno de los setenta y dos niños muertos de hambre,
una niña que le teme a las sombras que habitan su cama.
En un sueño
pude ser un hombre que cree
que su bandera
hace del mundo un lugar more free.
Todo pudo ser una mentira:
un cuerpo que nunca llegó a moverse.
El cielo es siempre un espejo
de esta tierra arrasada,
de este paisaje hermoso y sin significado:
un cuadro de una casa que nunca fue habitada.
Fosa común
En algún lugar de este valle árido
un hombre invoca una sombra
para parecer nortemaericano.
Una multitud clama
por el día del juicio
sin darse cuenta que
Jesucristo ya ha venido:
se encuentra huérfano,
irreconocible,
en una fosa común.
El rinoceronte blanco del norte
Toco algo que parece tierra árida:
la cicatriz del mar.
Una rosa naútica deambula, ebria,
y solo encuentra su camino en la noche.
Hace tiempo
debió llegar el sudor de la tierra
y hacernos río.
El sol es negro
y la única calidez que queda
es ese lomo áspero
que se extiende sobre la cama.
Los recuerdos del eco:
un sueño, la sed, una bomba termonuclear.
Después de todo
hay que salir a la calle a toda prisa,
la lluvia cae como seda.
En la calle nos tomamos las manos
para sentir nuestra nieve resbalosa
y vernos los ojos opacos por las lágrimas del anochecer.
Solo los poemas antiguos recuerdan el color del cielo.
Por ejemplo, hoy es azul, un azul doloroso,
como el alma que escupe un animal que jadea de agonía.
A ese animal lo mataron
y su terror fue en vano.
Se volvió un montículo de polvo
en el cuarto más húmedo y frío del palacio.
Se volvió un trofeo etéreo
para recordar el enorme pene erecto
que lleva nuestra bandera.