17. Año 11 | 2.ª Ed. Quincenal Ene. 2026 | MARCOS GUTIERREZ – Guatemala

MARCOS GUTIERREZ: (Chimaltenango, Guatemala, 1997). Físico, maestría en Inteligencia Artificial, actualmente cursa el doctorado en Ciencia de Datos (VIU-UAM) investigando la propagación cultural. Galardonado con el XV Premio de Narrativa Bonaventuriano y Gonzalo Rojas Pizarro, es autor de los poemarios Poemas a la nada y Reloj de nieve, y del libro de relatos Ballenas de smog.

 

 

 

Guatemala

 

Si hubiera nacido en otra Guatemala

quizá hoy llevaría tatuado en mi pecho

las coordenadas y el mapa de la finca de mi familia

 

a pesar de las espaldas quemadas por el sol,

de las manos pequeñas y regordetas

cortando café.

 

En otra Guatemala

pude haber sido una niña en llamas,

uno de los setenta y dos niños muertos de hambre,

una niña que le teme a las sombras que habitan su cama.

 

En un sueño

pude ser un hombre que cree

que su bandera

hace del mundo un lugar more free.

 

Todo pudo ser una mentira:

un cuerpo que nunca llegó a moverse.

 

El cielo es siempre un espejo

de esta tierra arrasada,

de este paisaje hermoso y sin significado:

un cuadro de una casa que nunca fue habitada.

 

 

 

Fosa común

 

En algún lugar de este valle árido

un hombre invoca una sombra

para parecer nortemaericano.

 

Una multitud clama

por el día del juicio

sin darse cuenta que

Jesucristo ya ha venido:

se encuentra huérfano,

irreconocible,

en una fosa común.

 

 

 

El rinoceronte blanco del norte

 

Toco algo que parece tierra árida:

la cicatriz del mar.

 

Una rosa naútica deambula, ebria,

y solo encuentra su camino en la noche.

 

Hace tiempo

debió llegar el sudor de la tierra

y hacernos río.

 

El sol es negro

y la única calidez que queda

es ese lomo áspero

que se extiende sobre la cama.

 

Los recuerdos del eco:

un sueño, la sed, una bomba termonuclear.

 

Después de todo

hay que salir a la calle a toda prisa,

la lluvia cae como seda.

 

En la calle nos tomamos las manos

para sentir nuestra nieve resbalosa

y vernos los ojos opacos por las lágrimas del anochecer.

 

Solo los poemas antiguos recuerdan el color del cielo.

Por ejemplo, hoy es azul, un azul doloroso,

como el alma que escupe un animal que jadea de agonía.

 

A ese animal lo mataron

y su terror fue en vano.

Se volvió un montículo de polvo

en el cuarto más húmedo y frío del palacio.

Se volvió un trofeo etéreo

para recordar el enorme pene erecto

que lleva nuestra bandera.

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