174. Año 11 | 2.ª Ed. Quincenal Ago. 2026 | LIZ – Cicatrices

LIZ es una autora chilena que escribe poesía desde la infancia. Su obra nace de experiencias personales, de las heridas, la memoria y los procesos de reconstrucción. En la lectura y la escritura ha encontrado un refugio frente al dolor y una forma de transformar la experiencia humana en palabras. Reside en Chile y comparte su trabajo en Instagram como @lizpexexita.

 

 

CICATRICES

 

Hay ojos que creen conocer la historia
porque han visto una cicatriz.
Ignoran la noche que la abrió.
Ignoran las habitaciones vacías,
todas lágrimas escondidas en vasos de agua,
los inviernos atravesados
cuando el alma ya no quería caminar.

La gente juzga las ruinas,
pero nunca vio el incendio.
Se detienen frente a una sonrisa
para observa una ventana iluminada,
sin sospechar que detrás de la ventana
habita una mujer con sus propios fantasmas.

Qué fácil resulta señalar la sombra ajena.
Qué fácil inventar pecados
para las heridas que no entienden.
Nadie ve las guerras diminutas,
el cuerpo levantándose cuando pesa como una montaña,
la boca aprendiendo a decir “estoy bien”
mientras se desangran las rosas del jardín en el pecho.

Entonces hablan,
como hablan los cuervos
sobre una estatua abandonada,
sin saber que debajo de la piedra
duerme un corazón que sobrevivió
a todos los inviernos que ellos jamás conocerán.

Yo he visto muchas personas rotas
con más luz que una catedral en llamas.
He visto manos temblando
construir milagros en silencio.

Pero el mundo ama las apariencias.
Ama la máscara.
Ama la superficie inmóvil del lago.
Nadie quiere sumergirse.

Porque en el fondo oscuro del agua
esperan los nombres del dolor,
las promesas enterradas,
los sueños mutilados,
las bestias que cada uno alimenta para seguir vivo.

Por eso no explico mis cicatrices.
Que juzguen.
Los muertos también juzgan desde sus tumbas,
y sin embargo desconocen el temblor de la sangre.

Sé las batallas que me habitan.
Sé cuántas veces recogí mis huesos del suelo
para volver a parecer humana.

Y esa historia, la verdadera,
permanece escondida donde solo yo puedo mirar
en la pequeña habitación oscura del alma,
donde las flores negras continúan floreciendo
a pesar de todo.

 

 

 

AMAR A LOS ROTOS

 

Siempre llegan así:
vacíos, cansados,
con los pedazos de otros amores
pegados todavía en el alma.

Llegan buscando consuelo,
no verdad.
Llegan con el ego sangrando,
no con el corazón abierto.

Y yo,
con mi absurda costumbre de curar,
los recibo.
Les doy calor,
les presto mis manos,
mis palabras,
mi fe en lo humano.

Los envuelvo en mi luz
y ellos, por un momento,
creen que aman.

Pero no aman,
se refugian.

Se alimentan de mi ternura
como quien bebe del agua ajena
sin preguntar de dónde nace.

Y cuando su reflejo vuelve a brillar,
cuando se sienten fuertes,
se van.

Me dejan con su sombra,
con la tarea de olvidar
el eco de su dolor en mi pecho.

A veces me pregunto
si soy yo la equivocada,
por seguir creyendo
que el amor también puede sanar.

Pero no.
Ellos no buscan amor,
buscan alivio.
No buscan alma,
buscan espejo.

Y yo no soy su cura,
ni su espejo,
ni su redención.

Soy la luz que los hace ver su herida,
y por eso me odian un poco,
me huyen un poco,
me olvidan del todo.

Pero yo ya aprendí:
no todo corazón roto
merece mis manos.
No toda herida
merece mi paz.

Amar no es rescatar,
y la lealtad no se enseña con ternura.

Así que hoy,
dejo que los rotos se curen solos.
Yo solo quiero amar
sin convertirme en cura,
sin apagar mi luz
para encender la de otros.

 

 

VOLVER

 

No sé qué alquimia torcida te trae de vuelta ahora, cuando por fin mis demonios habían aprendido a dormir sin tu nombre. Te fuiste sin cerrar la puerta, sin apagar la luz, sin siquiera el gesto mínimo de quien sabe que está dejando una herida abandonada. Te evaporaste como un sueño que se rompe al amanecer: sin explicación, sin rastro, sin justicia. Y en tu ausencia aprendí a caminar entre ruinas, a entender que a veces el silencio es un animal que te muerde despacio hasta que decides dejar de sentir.

Y justo cuando mis manos ya no buscaban tu sombra, cuando mi cuerpo dejó de temblar con el recuerdo de tu voz, reapareces. Llegas con disculpas que huelen a invierno tardío, con palabras que parecen haber sido escritas demasiado después, como si te hubieras perdido en algún corredor del tiempo donde mi dolor nunca tuvo fecha. Vuelves como vuelven los espectros a las casas donde una vez fueron felices: sin permiso, sin pudor, sin medir el temblor de las paredes.

Me trastornas. No por amor —ese amor ya lo enterré con mis propias manos— sino por la forma en que todavía sabes tocar el borde exacto donde mi mundo se equilibra. Vienes a mover lo que ya estaba quieto, a desordenar la calma que me costó noches sin nombre, lágrimas sin testigos, rituales secretos para convencerme de que te había soltado. Vienes a trastornar lo que reconstruí con fragmentos, con restos, con fierro y madrugada.

Y lo peor es que tu regreso no es luz: es sombra encendida. Es ese temblor suave que me recuerda que hay heridas que no cicatrizan, solo aprenden a respirar sin hacer ruido. Me volteas el universo, no porque tengas derecho a él, sino porque te conozco lo suficiente como para entender que tu silencio siempre fue más peligroso que tus palabras.

Regresas cuando ya no dueles. Regresas cuando ya no te espero. Regresas para probar que aún queda un rincón en mí que se mueve cuando pronuncias mi nombre, como si no hubiera pasado el tiempo, como si no hubiera aprendido a vivir sin ti.

Y tal vez eso sea lo más cruel, que vuelvas cuando ya no te necesito, que vuelvas a encender la oscuridad, que vuelvas cuando por fin había logrado que tu ausencia dejara de ser una herida.

 

 

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