DANIEL ITURRIZAGA CUBAS (Lima, Perú) es poeta, arquitecto y artista multidisciplinario. Es autor de ANAMNESIS, su primer poemario, publicado por Editorial Dunken en Argentina. Su poesía explora el cuerpo, la memoria, la identidad, el vacío y la transformación desde una mirada metafísica y experimental. Sus poemas “Origin” y “Human” han sido publicados en Monograph Magazine (Estados Unidos). Actualmente trabaja en INTERNIA, su nuevo proyecto poético. Instagram: @daniel_iturrizaga_c
ORIGEN
Antes del pronombre,
densidad inerte.
Polvo disperso.
Tiempo sin codos
para curvar
su primera órbita.
Corte
en el vientre virgen del vacío.
Algo sin rostro,
palpa
el fondo que hiere.
Cuando el universo
pliega su vértice,
lo que pesa
se recuesta en sí.
Sin contorno,
sin reflejo.
Desnudo.
No hay huesos
que romper.
La entraña revienta.
Nos arranca.
El cauce desciende.
Dos curvas humanas
erguían su santuario,
rezando mi aire.
Ignoraban
su antiguo pacto.
Fueron degollados
por el mismo fuego
que los pronuncia.
Su conjuro
invocaba mi nombre
antes de entrar al cuerpo.
Toqué la primera membrana.
Madre en densidad de agua.
Latiendo el cérvix,
envuelto en su estanque.
No hay miedo.
No es el inicio.
Es volver a entrar.
Lo que quedó afuera
me sostiene.
Mi otro adentro.
El límite
se volvió necesario.
Persistí.
No como imagen,
ni como pensamiento
solo el equilibrio mínimo
ante el derrame.
Vivir
no sería apertura,
sino
permanencia.
VACÍO
El techo me mira
como si deseara
sentarse a mi lado,
esperando su turno
para tener costados.
Sus cuatro esquinas
solas,
son pupilas
que acumulan
lo no dicho.
Las pestañas cansadas
raspan el aire
detenido
sobre mis poros.
La tarde amarra
la caída
de su instante
a mi garganta.
El mundo se deshace
en la fiebre lenta
de mis córneas.
Un instante se estira
más allá del segundo,
revela su naturaleza
de hienas y vísceras
colgando
en santidad perpetua.
Ahí ocurre:
la incompleta curva
del latido,
la fracción mínima
del pulso,
la respiración
antes de saberse.
La aguja
del aliento
me cose
sin ruido,
traza canales
como filosos hilos.
Entra húmeda
en los alvéolos
y los llena
de tibieza
empozada.
Siento el raspar
de los cabellos
en su crecimiento
milimétrico,
brotando
adoloridos
desde la piel
muda.
El sonido seco
de las uñas
al avanzar
impacientes,
como si arrancaran
pedacitos
de la carne que
las sostiene.
El cuerpo,
abandonado
en el hambre
de su pellejo,
continúa
su insistencia
de sangre.
Apago el incendio
debajo de mis párpados.
Solo queda la aorta golpeando.
Derramo mis restos
en el vientre de estos muros,
me filtro entre sus uniones,
desarmo su lógica,
cansado de morder
sus escombros.
Todo afuera se ennegrece.
Mis poros me vierten.
Adentro,
la luz se quiebra
y siente vergüenza
al mostrarse.
Hay un espacio
donde los paisajes
se hunden
en el ombligo
del cielo.
El vacío
no calla.
Crea.
BLANCO
Lo blanco
tensiona su raíz
hacia el fondo
sin peso.
Amanece
un brillo
anterior al sol,
florecen rayos
derramando
sombra.
El aire
se estira
en tendones
transparentes
se respira
a sí mismo,
sudando
piel invisible.
Un hueco en la luz
aprende
a tener pulmones.
Desaparece
hacia adentro,
sin atardecer
restándose
más vacío.
El tiempo
se arrastra
bajo su lenta
joroba.
Se anida
un quiste.
Me inunda.
Como dedos
buscando
una salida
entre los muros
de mi pulso.
La sangre
abre ventanas
en cada latido.
Su respiración
me aprieta.
Un puño
de cristal
se cierra.
Blanco vértigo.
Con esta lentitud
tan sorda,
donde el aire
se hace cuerpo.
Levito,
cortando
cada párpado
por dentro.
El abismo
es mi masa.