214. Año 10 | 1.ª Ed. Quincenal Oct. 2025 | ANA GERÓNIMO – Los amantes de la marea

ANA GERÓNIMO, República Dominicana. Su obra explora el amor, la espiritualidad, la memoria femenina y las luchas sociales, uniendo la sanación emocional con la crítica cultural desde una mirada íntima y contemporánea. Autora de Muchos amores y uno solo (2023) y El amor es mi caos (2025). Creadora y conductora del programa cultural Amantes de la poesía, voz activa como espacio de transformación y encuentro humano.

 

 

Los amantes de la marea

 

Hacer el amor no nos convierte en amantes,

fue un atraco a la razón

bajo el murmullo cómplice del mar,

un robo de miradas que naufragaron,

un barco sin puerto.

 

Tus manos fueron olas impacientes

que rompieron contra mi costa,

creyendo que mi cuerpo era un mapa

para los deseos errantes.

Pero mi piel no es un pergamino

ni mis curvas la brújula que buscas.

 

Que pruebes mis entrañas

no nos convierte en amantes,

sólo turistas en la tempestad,

céfiro que sopla y se olvida,

espuma que se disipa en la arena.

Tus acordes, caracolas vacías,

prometían melodías,

pero sólo traían sonidos huecos.

 

Aquí no hay compás,

ni el ritmo de maracas lejanas

que marque nuestro paso.

Que me digas «te quiero»

no me convierte en tu amante,

pues tu mensaje llegó tarde,

cual sol que se esconde tras el cañaveral

sin calentar las aguas.

 

El amor no es un beso bien dado

ni una danza bajo las estrellas.

No es una copa de ron que se apura en el deleite

esperando olvidar las tormentas del espíritu.

Es un canto profundo, un tambor que resuena,

un ritual que no necesita gestos

para encender su llama.

 

¿Crees que la boca es la única que habla de amor?

Mi corazón conoce el sabor de la sal

y el peso de los vientos alisios.

No somos amantes,

sólo anegados de un deseo

que se hundió antes de llegar a tierra firme.

 

Los verdaderos amantes no se encuentran

en los cuerpos desnudos,

sino en los espacios vacíos entre las conversaciones,

en el cariño guardado al igual que el último fruto

madurando en el árbol.

 

Hacer el amor no nos convierte en amantes,

es sólo un vaivén de la marea,

un instante que se borra al amanecer.

El amor es más que el roce de los cuerpos,

es un sol que nace cada día,

un faro que guía en la oscuridad,

una promesa que no se ahoga en el Caribe eterno.

 

 

El abrazo del caos

 

No me hables de amor como un nombre absoluto,

el amor no cabe en un único gesto.

Es huracán que arrastra juramentos

y también cenizas de una hoguera

que no supimos cuidar.

 

Hay abrazos que reconfortan el alma desgarrada

y otros que siembran grietas invisibles.

He sentido el amor como un arrullo suave,

y también como un grito que sacude la esperanza.

¿Es eso amor?

¿O simplemente así llamamos

a lo que nos doblega y nos impulsa,

lo que arde y florece en nuestro pecho?

 

Sigo buscando en el pasar de los meses

esa promesa que muchos llaman amor.

Un amor que trascienda el instante fugaz

y se asiente como raíz en tierra fértil.

No creo en el amor a primera vista,

el amor verdadero deja huellas profundas,

el tiempo en los huesos que sostienen la vida,

caricias que sanan cicatrices antiguas.

 

El amor no es sólo un reflejo pasajero,

es la historia de lo que sobrevive a la tormenta,

de lo que construimos

cuando las palabras se quiebran

y aun así elegimos quedarnos.

 

Amor, amor, amor.

El amor no es lo que creemos.

Es lo que damos desde nuestra vulnerabilidad,

lo que recibimos con las extremidades temblorosas.

Es enlace y ausencia,

es exilio y refugio.

 

Y yo, que he aprendido a abrazar

mi propio desorden,

sé que el amor no me pertenece,

pero vive en mí

como un fuego que nunca se apaga.

 

 

Muchos amores y uno solo

 

He amado con la inocencia del primer hervor
y con la calma de quien ya sabe arder.
He amado con las manos vacías,
como quien ofrece el eco de lo que perdió.

Amé al ausente, al imposible,
al que llegó solo para enseñarme la partida.
Amé lo que no tuvo sujeto ni predicado,
lo que duró lo que dura un relámpago,
lo que aún persiste sin cuerpo ni promesa, sin arraigo.

Cada amor fue un espejo roto
donde reconocí mi faz.
Fui todas y ninguna en sus ojos,
mujer y silueta, sombra, deseo y despedida.

Pero hay un amor que no se marcha,
una llama que no busca carne ni tuétano:
ese amor es silencio que respira
y me habita.

No tiene rostro ni destino,
no necesita conquista ni regreso.
Es el amor que queda
cuando todo lo demás se ha ido:
mi propio amor.

 

 

 

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