MARCOS GUTIERREZ: (Chimaltenango, Guatemala, 1997). Físico, maestría en Inteligencia Artificial, actualmente cursa el doctorado en Ciencia de Datos (VIU-UAM) investigando la propagación cultural. Galardonado con el XV Premio de Narrativa Bonaventuriano y Gonzalo Rojas Pizarro, es autor de los poemarios Poemas a la nada y Reloj de nieve, y del libro de relatos Ballenas de smog.
Una navidad guatemalteca
La luz empezaba a llegar a todas las esquinas. Aún había frío y humedad. Orlando se encontraba sentado en la esquina del parque, con una lata de cerveza en la mano, mientras contemplaba cómo la luz golpeaba la fachada de la iglesia. Las palomas, acurrucadas entre sí, parecían dormir todavía. La calma de la mañana se interrumpió por el sonido de una motocicleta que se acercaba.
—Miren a ese bolo —dijo Wences, frenando su moto de golpe.
—Vos sho —respondió Orlando.
—¿Y vos qué? ¿Te la andás curando?
—Sí, mano. No sé si es la goma o si ando un cacho a verga todavía. Pero hoy toca doble, así que ni modo.
—¿No te puteó la mujer, vos?
—Nel, ya no le importa —dijo Orlando mientras se subía a la moto.
Partieron, a toda velocidad, sobre la calle empedrada. Orlando se sentía mareado por el constante zig zag que hacía la moto para evitar todos los baches. Cuando llegaron a la carretera asfaltada, Wences le metió el acelerador. El viento golpeaba la cara de Orlando con fuerza, haciéndolo despertar. La luz del sol le daba en la cara. Un brillo de matutino les llegaba desde los árboles. Todo esto lo llenó de una sensación de éxtasis y lo hizo vomitar. Wences se carcajeaba mientras entraban a Antigua Guatemala. Orlando solo podía pensar en si se había manchado su uniforme.
Estaban a dos cuadras del parque central. Se detuvieron frente a una tienda y se apresuraron a bajar.
— Pérame aquí, vos— dijo Wences, mientras entraba a una tienda.
Orlando se quedó recostado en la pared de la tienda. Los carros pasaban frente a él en todo momento. Qué tráfico, pensó, claro, si hoy es navidad.
— Ya vine cerote — dijo Wences al extenderle un suero— tomate esto y luego te metés uno de estos chicles, que te apesta la boca a guaro, mano. Hay que disimular un poquito. Tenemos algo de tiempo todavía para que te recuperés.
Orlando empezó a darle pequeños sorbos al suero. Su sabor dulce le causaba una pequeña náusea. Se esforzaba por tragarlo. Mientras tanto, su amigo le revisaba la ropa.
— Solo te cayó un poco en la chumpa— dijo.
—- ¿Qué cosa? — preguntó Orlando.
—- De tu vómito, mano —- respondió —- ¿seguro qué podés trabajar, vos? Que hoy todo el día vamos a estar parados.
—- Sí puedo, sí puedo — afirmó Orlando, mientras se quitaba la chumpa y se metía todos los chicles del paquete a la boca.
Dejaron la moto parqueada frente a la tienda y se fueron caminando. Llegaron al centro comercial, que ocupaba el interior de lo que fue El Palacio de los Capitanes. Al llegar, los muchachos fueron a los cuartos de servicio y dejaron sus mochilas en sus casilleros después de sacar sus pistolas. Se amarraron el cinturón y se colocaron la gorra. Salieron a los pasillos, justo antes de que se abrieran las puertas al público. Orlando todavía iba con su botella de suero en la mano, dando los últimos tragos. La administradora del centro comercial se aproximó a ellos justo cuando iban a sus puestos en la entrada.
— Justo a tiempo, chicos — dijo ella mientras miraba la botella de suero — ¿otra vez se puso a tomar Orlando?
—- Solo un poco, seño — dijo él, agachando la cabeza —- pero estoy bien, no se preocupe.
Ella le lanzó una mirada fría y se fue sin decir nada. El encargado personal de mantenimiento abrió las puertas y ellos fueron a ponerse en el pasillo de entrada, uno en cada lado, cara a cara.
Las primeras horas fueron lentas. A eso de las nueve de la mañana empezaron a llegar grandes oleadas de personas. La mayoría iba al banco o a los cajeros automáticos, para luego ir a las tiendas de ropa o la gran bodega que vendía juguetes. Una gran parte de los visitantes eran extranjeros, la mayoría de Estados Unidos. Algunos estaban de vacaciones, otros viven y trabajan en Antigua Guatemala. Sin embargo, son indiferenciables, porque mantienen un aura de turista.
Orlando se esforzaba por disimular verse erguido. Con su cabeza bien levantada apoyaba su coronilla en la pared para mantener el equilibrio. Muchas mujeres, blancas, morenas, locales y extranjeras, pasaban frente a él con sus cafés matutinos del Starbucks del centro comercial. Como Orlando les llegaba al hombro a casi todas, podía ver el humo de las bebidas y percibir el aroma a café quemado. Esto le causaba náuseas, dejándole un mal sabor de boca como consecuencia de la mezcla de la menta de los chicles y el sabor de sus fluidos gástricos. Por un momento, Orlando logró concentrarse y vio a la administradora conversar con Wences. Luego, lo vio caminar hacia él.
— Te lo manda la jefa — dijo Wences al extenderle un café y otro suero —- dice que te lo vayas a tomar al parque, que te pegue el aire un poco. Solo un rato va, no te vayás a pelar. Y mano — continuó —- recuperate, que si no estás para después de almuerzo te manda pa tu casa.
Orlando se fue hacia el parque, pasando en medio de una familia de extranjeros. Se fue a sentar frente una banca que da a la catedral. A pesar de ser diciembre había mucho calor. Una gran fila de autos pasaba frente a la iglesia, que parecía flotar sobre ellos como una procesión. Orlando le daba pequeños sorbos al café, intentando no vomitar. Cuando se volvía intolerable, se quitaba el mal sabor con el suero.
— Las palomas ya no duermen —- dijo en voz alta, mientras le caía un poco de café en el pantalón —- y se cagaron en toda la iglesia.
Se levantó de la banca, un poco más dueño de sí mismo, y regresó al centro comercial. Allí lo esperaba Wences con una bolsa plástica que se veía pesada.
— Justo a tiempo —- le dijo él —- te tardaste un vergo, pero nadie vino a preguntar por vos. Veníte.
Juntos fueron a sentarse a una de las bancas del interior. Como no podían retirarse los dos de su puesto, esa banca era ideal, ya que les permitía comer juntos y seguir viendo la puerta.
—- ¿Cómo seguiste? —- preguntó Wences.
—- Ya mejor, vos, buena onda —- respondió Orlando.
—- Lo bueno es que hoy si vamos a descansar más, porque mañana solo en la tarde nos toca.
—- Simón… Simón…
—- Cabal hace un rato pasó la doña del almuerzo, le compré diez tortillas y cuatro chuchitos y dos cocas. Yo te invito hoy, no te ahuevés, ya mañana vemos.
Orlando tenía la mirada perdida hacia la puerta, mientras Wences se enrollaba un chuchito en dos tortillas para luego comérselo.
—- Antes me gustaban las gringas — dijo Orlando mientras le daba un sorbo a su coca— pero ya no, trabajar aquí me las arruinó.
—- A mí nunca me gustaron vos—-respondió —- son muy altas y siempre lo ven a uno para abajo. Hasta las bajitas lo ven extraño a uno.
—– Cabal, es cierto.
—– Eso era lo que me gustaba —- siguió Orlando —- pero me acostumbre o ellas se acostumbraron a mí o no sé.
—– Pero hay chavas de acá que igual lo ven así a uno— respondió Wences.
—– Esas también son gringas, pero que hablan español.
—– Ya mucho casaquear —- finalizó Wences —- me voy a ir a parar ahí, a ver las gringas que te gustan. Apúrate a comer. Ya solo el segundo turnito y nos fuimos.
Orlando se quedó sentado, mordisqueando una tortilla fría a la fuerza, mientras la mojaba en el recado de los cuchitos que no se iba a comer.
— Puta madre—pensó Wences mientras cubría su puesto —- qué bueno que hoy cierran esta babosada temprano y que nos pagan nuestra quincena y el aguinaldo. La moto la tengo que pagar el veintiocho lo de la refri y la estufa también la moto de mi esposa es el ocho así que tranquilo no me va alcanzar para los útiles de los patojos ¿será que mi papá me presta? no creo no tiene pisto después de su operación yo debería pasarle algo aunque sea para su insulina pero solo no me alcanza pero hoy es navidad debería comprarles más de algo en la casa un pastel y un doble litro de coca nada muy caro para colmo hoy invité al pisado del Orlando y lo más seguro es que nunca me pague pero pobre bolo es raro que no se ponga a tomar como que no le gusta estar en su casa pero no sé algo tiene ese cuate que cae bien mirenlo allí intentando disimular la goma que se trae igual las gringas y las fresitas que entran aquí ni lo pelan solo otro bolo igual que él le pondría atención bueno ni modo con lo que me alcance voy a pagar igual a mi esposa siempre le dan más de alguito en las casas que limpia por estas fechas.
Su mirada se quedó fija en la luz de la tarde que entraba detrás de la multitud. Saldremos adelante— dijo en voz baja, para luego dejar su mente en blanco.
A las ocho de la noche ya era hora de cerrar todo. Siempre se cerraba a las diez, pero como era nochebuena todo acababa más temprano. El personal de mantenimiento estaba terminando de dar las últimas pasadas de trapeador. Aún había un par de tiendas de ropa despachando a sus últimos clientes y Orlando tuvo que decirle a algunas familias que ya estaban cerrando. La administradora venía repartiendo sobres a los trabajadores. Wences nunca había estado tan feliz de ver su gordura asimétrica atrapada en su ropa apretada de secretaria.
—Señores—dijo ella mientras les clavaba su mirada llena de maquillaje—- aquí está su aguinaldo. Me disculpo de antemano por no poderles dar su quincena el día de hoy, esta se las estaré dando en su turno de fin de año.
—- ¿Por qué? —- preguntó Wences
—- Siempre se les paga a fin de mes —- respondió ella —– y si leen su contrato, les podemos pagar hasta el cinco de cada mes sin ningún problema. Darles su quincena en Nochebuena es para tener un gesto, pero esta vez no será posible.
La administradora salió del centro comercial con mucha prisa. Orlando contó los billetes con indiferencia. Mientras tanto, Wences hacía cuentas en su cabeza. No voy a poder pagar ni mierda el veintiocho— concluyó en su mente.
Al salir a la calle, ambos se quedaron unos minutos recibiendo el aire fresco de la noche debajo de los arcos del Palacio de los Capitanes. La cantidad de gente caminando parecía infinita y ambos sentían un dolor en su estómago, como si todo eso fuera intolerable.
—- A esa pisada me la agarré en la escuela —- dijo Orlando de pronto.
—- ¿Cuál vos? ¿A esa gringa de dos metros que va con sus hijos? —- respondió Wences riéndose.
—- Nambre —- dijo Orlando —- la que va ahí vendiendo gorritos de navidad.
—- ¿A lo macho?
—- Simón, ahora ni me saluda, pero nos agarramos. Íbamos en sexto, teníamos quince o dieciséis.
Se fueron caminando, uno al lado del otro, hacia donde estaba parqueada la moto de Wences. Conforme se alejaban del centro la cantidad de personas era menor y el aire era más fresco. Al llegar, Wences encendió la moto.
—- ¿Te paso dejando a tu casa? —- preguntó él.
—- Yo te iba a decir que fuéramos por unas chelas —- respondió Orlando.
—- No mano, me esperan en la casa —- dijo —- mañana solo tenemos turno en la mañana. Mañana sí.
—- Solo un par hombre, en la tienda que está antes del pueblo, nos las echamos y ya seguimos.
—- Con vos siempre eso es mentira, luego te ponés a malacopear.
—- Te juro que solo un par—- finalizó Orlando. Wences aceptó, a regañadientes.
En el camino de regreso al pueblo encontraron más tránsito de lo usual. Muchos vehículos entraban a la Antigua Guatemala por esa carretera. De seguro hay mucho tráfico por la carretera principal, pensaron ambos. La noche era demasiado caliente como para ser una de diciembre. Iban lo más rápido posible, en medio de los carriles para no formar parte de la gran fila de carros.
— Buenas noches, con permiso —- dijeron ambos al entrar a la tienda de La Negra.
La tienda era un pequeño local entre dos casas abandonadas. La luz de su tenue bombilla blanca en la entrada era el aviso de que la tienda estaba allí. La Negra era el apodo que le tenían todos los de la zona a la mujer indígena que atendía la tienda. Se ganó ese sobrenombre por el tono que adquirió su piel en las largas jornadas de cortar caña que vivió en su juventud. En algún momento se casó, se mudó cerca de la Antigua Guatemala y puso la tienda. Su marido la dejó por una ladina más joven, según ella, pero nadie sabe nada. Tuvo once hijos y con ninguno mantenía contacto, salvo con Carlitos, un muchacho que se quedó idiota y le ayudaba despachar en el negocio. Juntos viven en el terreno detrás del local. Después de allí no hay nada, solo monte y árboles. A lo lejos se ve el volcán de agua en solitario.
—- Feliz navidad Orlando —- dijo La Negra al vernos entrar —- yo ya lo hacía en su casa.
En una de las tres mesas estaba sentado un gringo. Este llevaba varios meses llegando a beber a la tienda. Solo sabía pedir de a litro. Se tomaba tres o cuatro, pagaba y se iba sin decir nada.
—- Aquí andamos negrita, saliendo del chance —- respondió Orlando —- pero hoy solo un parín, que es nochebuena.
—- Con Carlitos no vamos a hacer nada hoy, así que pueden quedarse hasta la hora que quieran.
Wences y Orlando se sentaron en una mesa. Carlitos llegó a dejarse un litro y dos platos: uno con galletas saladas y otro con una porción de manías chinas. Luego, llegó a dejarles un par de vasos. Hizo un gesto con su mano, preguntando si querían que él les sirviera la cerveza. Yo lo hago— dijo Wences.
—- Justo lo que necesitaba —- dijo Orlando después de meterle el primer trago al vaso —– esto me va a quitar el dolor de cabeza.
Wences estaba callado. No quería estar allí y se sentía culpable.
—- Apurémonos a bajar el litro y nos vamos — dijo él.
—- Tranquilo, no te va decir nada tu mujer —- respondió Orlando mientras llenaba su vaso —- Carlitos, otro porfa que este ya me lo voy a acabar.
—- Es que a vos te vale verga tu familia— dijo Wences de pronto, con un tono más pesado de lo usual
Orlando se tomó un vaso de golpe, lo llenó otra vez y se lo tomó hasta la mitad. Su estómago vacío sentía los efectos del alcohol. Carlitos, un cuto porfa, dijo, para luego volver a guardar silencio. Carlitos llegó con el aguardiente. Orlando la abrió, la olió y se la bebió de golpe.
—- Ya no tengo familia — dijo Orlando. Wences le dio un trago a su vaso de cerveza, que ya estaba tibia, y La Negra empezó a poner atención a su conversación. Orlando volteó a ver a todos lados, como si fuese a decir algo prohibido. El gringo los miraba con sus ojos perdidos, mientras, sorbo a sorbo, bebía su tercer litro de cerveza.
— I just want to say that you have a very peaceful and beautiful country — dijo el gringo mientras terminaba uno de sus vasos de cerveza.
La negra le sonrió. Los demás siguieron en sus asuntos sin prestar atención, ya que nadie hablaba inglés.
— Ayer — continuó —- llegué a la casa del turno. Mildred estaba torteando, los frijoles se seguían cosiendo. Yo tenía hambre y no había nada para comer. Ella me explicó que se la pasó cuidando a mi nene más pequeño, porque despertó con fiebre. También le daba pena ir a la tienda, porque ya habíamos pedido mucho fiado. No le dio tiempo de hacer nada en la casa y que tuvo que cambiar turno en la panadería donde trabaja. Yo no vi nada de eso, porque me desperté hasta tarde y solo me fui corriendo para que vos pasarás por mí. No vi ni a mi hijo pequeño, ni a ella. Me enojé y me vine para acá, a cenar guaro y galletas y manías.
La Negra llegó a dejar otro litro y cambiarles los vasos. Los segundos estaban fríos, porque los tenía guardados en el congelador.
—- Me puse bien a verga, Wences. ¿Verdad, Negra? Y regresé bien tarde y mis hijos ya estaban dormidos. El más pequeño estaba en el cuarto con Mildred porque seguía enfermo pero ya mejor. Ella salió a encontrarme, me llevó a la cocina. Empezó a hablar babosadas, ya sabés cómo son las mujeres. ¡Y no se callaba y no se callaba y no se callaba! Perdí el control, casi no recuerdo nada pero esto sí lo recuerdo: le metí un vergazo mano, tan fuerte que hasta me caí. Ella gritó, mis perros empezaron a ladrar. No se callaban, no se callaban. Empezaron a aruñar la puerta de lamina de la cocina. Escuché que mi hijo grande se acercó a la cocina. Le dio miedo, yo sé, porque no dijo nada y tampoco tocó la puerta. Solo recuerdo a Mildred con su mano en la cara. Le salía sangre, Wences, le saqué sangre a la Mildred. ¡Le saqué sangre! Yo estaba en el suelo, tirado, sin poderme parar de la verguera.
El gringo se paró de su mesa tambaleante. Tiró unos billetes que se mojaron en la humedad residual de las botellas sobre la madera. Salió de la tienda caminando, sin decir nada, sin ver a nadie.
—- Ella lloraba, Wences. En sus ojos vi que podía hacer cualquier cosa, creí que me iba a matar, pero no la juzgo. Ella salió de la cocina gritando cosas que no entendí o no escuché. Pasaron varios minutos y luego solo quedó el silencio. Ni mis perros, ni mis hijos, ni Mildred. Me quedé dormido mano. Cuando desperté vi la hora, todavía llegaba, me pasé agua de la pila en la cara, pasé por una chela en la tienda y te fui a esperar.
Orlando se había acabado el último litro de cerveza que le habían llevado. Su lengua empezó a arrastrar las palabras y se le cerraban los ojos. A la mierda, dijo de pronto. Lo dijo casi susurrando. De su mochila sacó su pistola y se la puso en la barbilla.
—- ¡Qué chingados haces! — gritó Wences mientras se paraba de golpe.
Orlando empezó a llorar. Su voz alcohólica se mezclaba con los patéticos gemidos de un hombre derrotado. Sin embargo, no jaló el gatillo. Bajó el arma y continuó su llanto, cada vez más fuerte.
—- ¡Se van ahorita! — gritó La Negra. Ambos salieron caminando, mientras La Negra cerraba la puerta de la tienda detrás de ellos.
Afuera de la tienda hacía frío. Ya no había tanta gente ni tanto humo de carro como en el casco de la Antigua Guatemala. El aire se sentía diferente en los pulmones. Orlando seguía gimiendo como un niño pequeño mientras apretaba su arma con fuerza, como si ese objeto que traza la línea entre la vida y la muerte le fuera a dar una respuesta. Wences mantenía su mano sobre el hombro de Orlando, como un gesto para honrar la amistad que habían tenido desde la infancia. Sin embargo, en el corazón de Wences había lástima, pena, pero sobre todo desprecio. En su estómago se había creado un vacío que significaba rechazo y miedo. Él ya no podía considerar a Orlando su amigo.
Dentro de la tienda Carlitos había entrado en pánico. Nunca había visto un arma, pero sabía lo que hacían. Su madre estaba histérica y aterrada por lo que podría pasar. Estos sentimientos la hicieron llamar a la policía: dos guardias de seguridad armados y bolos están en la calle, enfrente de mi casa. Ese fue su mensaje a la policía.
Minutos después tres patrullas llegaron a la tienda de La Negra. Los muchachos estaban parados a la orilla de la calle. El estruendo de las sirenas y las bocinas de los autos ahuyentó la calma de la noche. Como un animal enloquecido, Orlando levantó su arma y disparó sin pensar a los autos de los policías que frenaron de golpe. Ese primer disparo fue como el primer trueno de una gran tormenta. Con rapidez armaron una barricada con las patrullas y bajaron con precaución. Empezaron a gritarles que bajaran sus armas. Orlando les volvió a disparar, hiriendo a uno en el hombro. Orlando salió corriendo hacia una de las casas abandonadas y la rodeó para meterse entre el monte y cubrirse con los árboles. Wences había empezado a correr detrás de él, pero luego se detuvo. Soy inocente, pensó, no he hecho nada. Volteó y levantó sus manos hacía los policías. ¡Yo no estoy bolo!, gritó. Sintió un dolor punzante en el pecho. Luego, al lado de su corazón sintió el beso de un cristal de hielo, como si estuviera sumergiéndose en la nieve que nunca llegó a ver. De pronto, algó explotó dentro de él. Un fuego inmenso se extendía alrededor de donde había sentido la punzada de hielo. Se puso de rodillas y lanzó un gemido involuntario de dolor.
—-Tengo que pararme, tengo que pararme — susurraba Wences en su mente —- tengo que pararme, tengo que pararme y decirles que soy inocente. Sus ojos se cerraban, él sentía que se quedaba dormido. El pastel —- pensó —- ya no compré nada para llevar a la casa. La última imagen de su mente fue la vitrina de una pastelería de lujo. Su familia amaría esos pasteles, pero era un lugar al que solo podía entrar como guardia de seguridad.
Unos policías se quedaron con su compañero herido. Otros salieron corriendo detrás de Orlando, ignorando el cuerpo inerte de Wences, desparramado boca abajo sobre la tierra. Orlando corría entre el monte y los árboles. Su vista estaba nublada por los efectos del alcohol, sentía náusea, sentía miedo, sentía ganas de orinar. A su espalda las linternas de los policías empezaban a iluminarle. Se dio la vuelta e intentó apuntar, pero no podía enfocar nada. Se sostuvo de un árbol y disparó dos veces más. Los policías devolvieron los disparos.
Orlando seguía corriendo. Estaba a oscuras en la noche absoluta. Apenas percibía la silueta nocturna que se trazaba del volcán de Agua. Se volteó y disparó hasta vaciar la tolva. A su lado se escuchaban zumbidos como insectos gigantes. Orlando cayó al suelo. Intentaba levantarse, pero ya no sentía sus piernas. Sentía calor en la espalda, como si estuviera acostado boca abajo recibiendo el sol del mediodía. Empezó a arrastrarse como un reptil. A lo lejos escuchaba el ladrar de sus perros y sus garras atravesando la lámina de la puerta de la cocina. Escuchaba a su hijo mayor que le gritaba que parara, que dejara de pegarle a su mamá. Escuchaba a Mildred llorar, la vio intentar musitar palabras de perdón que ya nunca pudo decir. A su alrededor había luz, mucha luz, como si hubiese amanecido. Pero él sentía que se quedaba dormido de lo bolo que estaba, así como ocurrió la noche anterior en la cocina de su casa.