HILDA HURTADO (México, 1983) es arquitecta de formación y estudiante de un Máster en Escritura Creativa. Su obra explora la identidad, la migración y la memoria a través de una mirada poética, simbólica y crítica. Cree firmemente que la arquitectura y la narrativa comparten una esencia común: ambas requieren visión, estructura y una historia bien construida. Esa convicción guía su escritura, donde conjuga el diseño con la palabra para crear relatos habitables. Es autora del blog Le Cri de la Chouette y actualmente trabaja en un proyecto literario que entrelaza tarot, cuerpo y territorio.
LO QUE DECIDAS CREER
Me desperté jadeando. La habitación era extrañamente familiar y ajena a la vez. El reloj marcaba las 3:33 a. m. Las sombras en las paredes se deslizaban como serpientes hambrientas; sus dedos oscuros rascaban el aire, buscando mi piel. Eran líquidas y afiladas a un tiempo, como si quisieran hundirse en mi carne y arrastrarme dentro de ellas. Quise moverme, pero mi cuerpo era plomo. Parpadeé, seguro de que había salido de la pesadilla, pero entonces la puerta se abrió sola y una figura entró: un hombre con sombrero de ala ancha, impecable traje negro y zapatos brillantes.
«Demasiado elegante para estar en mis sueños», pensé. Sonrió con dientes perfectos y dijo:
—¿Quieres saber la verdad?
Sentí el impulso de decir que no, pero mis labios se movieron solos:
—Sí.
Extendió una moneda dorada y la dejó caer en mi mano. Estaba caliente, palpitante. La miré: en una cara, perfectamente grabado, un as de espadas. El metal brillaba con un resplandor que lo iluminaba desde dentro.
Quise girarla, ver la otra cara. Pero la moneda no giraba. No tenía peso. No tenía reverso. Solo… el as.
Cuando forcé mis dedos a voltearla, vi lo imposible: nada. Un vacío absoluto. No un lado liso…, sino la ausencia de un lado. Como si ese espacio nunca hubiese existido.
Al voltearla de nuevo, el suelo se abrió bajo mis pies y caí.
🕳🕳🕳🕳🕳🕳🕳🕳🕳🕳🕳🕳🕳
Desperté. La luz del día entraba por la ventana.
«Solo un sueño», me dije, aliviado.
Fui al baño y me enjuagué la cara. Al levantar la vista, la moneda estaba en el lavabo. La tomé con manos temblorosas. El filo grabado brilló un instante. Entonces, la puerta del baño se cerró de golpe. Al girarme, el hombre estaba ahí.
—Aún no has despertado —susurró, con una media sonrisa que se extendía por la mitad de su rostro.
Corrí. La calle —¿era la misma?— vacía. Las luces, ¿se apagaban? Parpadeaban. Grité. Nada. Grité. Otra vez. Nada. Grité hasta quedarme sin voz. Un perro negro me siguió, ladrando con fiereza. Tropecé y, al caer, mis manos eran patas. Mi grito se convirtió en un aullido.
Mis huesos crujieron, doblándose en direcciones imposibles. Mis manos hirvieron, derritiéndose hasta convertirse en garras huesudas. Mi piel se volvió un río de pelo, mi columna se arqueó como un látigo roto. Abrí la boca para gritar, pero lo único que salió fue un gruñido, un llanto de animal herido que no me pertenecía. El suelo era agua espesa; me tragó.
🕳🕳🕳🕳🕳🕳🕳🕳🕳🕳🕳🕳🕳
Abrí los ojos otra vez. Estaba sentado en un sillón cómodo, en una habitación iluminada por una lámpara cálida. Frente a mí, una mujer con bata blanca me observaba con atención. Su placa tenía un nombre que no lograba leer. Sus ojos eran oscuros, demasiado profundos.
—Entonces, sueñas que te conviertes en lo que temes —dijo.
—No lo sé… Todo se siente real. Yo no lo sé. No lo sé. Pero hay palabras escritas que ya lo saben… Cada vez que despierto, estoy atrapado en otro sueño.
Ella sonrió, pero no había calidez en ese gesto.
—¿Palabras? La verdad no siempre es lo que buscas —murmuró—. A veces, la mente crea laberintos para protegerse.
Miré alrededor, buscando algo que me anclara. La moneda estaba sobre la mesa, entre nosotros. No recordaba haberla dejado allí.
—¿Qué significa esto? —pregunté.
—Suerte —respondió—. Y eso que algunos llaman claridad.
—¿Quieres saber la verdad? —dijo, repitiendo las palabras del hombre de mis sueños.
Un escalofrío recorrió mi espalda. Me levanté de golpe. La puerta estaba cerca. Corrí hacia ella y la abrí… solo para encontrarme de nuevo en mi habitación a las 3:33 a. m.
¿El reloj —¿brillaba? —Brillaba. No. Tic. Tac. Tic. Tac. La sombra en la esquina se… No. Otra vez. No. ¿Otra vez? El hombre. El sombrero. Me observa. ¿O yo a él?
—S̵̠̾ȧ̴͙̀b̶͖̞͝è̸͍̩̈́s̶̡̅̍ ̶̛̱̗q̴̱̽͐u̵͈͌e̴̡̅ ̴͙̍̈́e̴͚̬͛̓s̴͉̅̚t̴̥͙͐o̷̳͗ ̷̢̰̐n̶̰̻̅̕ṳ̴̙͂͊n̵̡̢̕͠c̴̘̠͑̒ả̵͓͓ ̵̰̌a̷̙̹̾c̶̻̹̏à̵̻̪̄b̸͙͗ā̸̙͝.̶̟̙̾
N̶̛̝̖͛ṵ̸̩́̄ǹ̷̛̘͚ć̷̳a̵͈͖̔̔ ̵͚̈́̄ä̴̦́̅c̷̝̋̓a̷̟̯͐̕b̴͓̘̓͝a̸̼̓̋.̶̛̰̟̐
Nunca 𝔞𝔠𝔞𝔟𝔞.
ⓝⓤⓝⓒⓐ ⒶⓒⓐⒷⒶ.
𝙉𝙐𝙉𝘾𝘼 𝘼𝘾𝘼𝘽𝘼.
¿͔̰́Ḛ̝̽n͙̱̏t̘̜̐̈́i̜͚̇e̬̕n͈̠̑͋d̩̘͗̎e̗͎͆͗s̗̺͂̈́?̞͗
N̶̯̗̿u̶̢̖͒́ǹ̶͓c̴̤̈́̿a̵͍̰͐͑ ̶͎̎͗ḁ̶̾c̶̻̀̐a̶̹̓b̴̬͒a̶̪͗.
Ń̥̝͑o̜͕͌̾ ̪̻̔͝ḧ̟́͆͜a͙̓̏͜ȳ͓̕ͅ ̻̿̎s̠̕͠á̻͠l͎͂̎ḭ̽̏d̖̝͌͋a̢̱͒͐.
n̵͉̖̥̞̠̰̙̕u̶͉͙̫̟̖̮̙͕̿͆͑̓̒̾̾̐́̑͗̓͝n̶̰͉̝̺͓̦̲̫͈̥̾̈́̎͂̄͐͘͘c̴̨̛̛̝̹̘͓͚̘̳͛̾̅̍̑͋̐̋̅̿̚a̶̛̹̖̞͎̳̜͕̙̤̖̯͎̤͗̍̽͊͋̔͑͌̄̍̈́͘͝ͅ.̸̢̛̠̲̮̯̱͕̞̞̬͎̠̿͒̈́̀͋̄̒͆͂͋̅
NUNCA.
Me tapé la cara con las manos. Al abrirlas, volvía a estar frente a la mujer.
—¿Qué es real? —supliqué.
Ella se inclinó hacia adelante. Sus ojos reflejaban un fuego helado que me recordaba al filo de la espada. Y antes de que la mujer abriera la boca, estaban esas letras… Formando palabras.
—L͎͚͔o̶̝͕̫̺ ̢̪͇̀q̢͍̞͖͇u̷̠e̩͇͎͕͢ ̝̘́t̺͡ư̬̗ ̛͍̺d̜̩̪͔͇̻͞e̖̙̬̰̮c͕͖̯̘͜i̯̖͜d͚̫̟̕a̪̯̩̟͘s̵̪͚̦ ̛̫̤͙̠̰c͇̲͚r̖͎͎̩͔͞e̡̺e̬͓̦̖̪r̡̩̤̗.
Me desplomé en el sillón, exhausto. La moneda giraba sola sobre la mesa, emitiendo un sonido hipnótico. Quise detenerla, pero mis manos eran patas de nuevo.
La mujer se levantó, ajustó su bata y se dirigió a la puerta.
—Nos vemos en la próxima sesión —dijo, antes de desvanecerse.
Y el reloj marcó las 3:33 a.m. otra vez.