EVANGELINA VERÓNICA DIP es una autora y psicóloga argentina, exploradora de mundos interiores y enamorada de las palabras como refugio y territorio de creación. Ha sido seleccionada para diversas antologías literarias, y actualmente se encuentra escribiendo su primer poemario. En su tiempo libre disfruta del arte en todas sus formas, la naturaleza y los animales.
La revolución de las palabras
La intemperie es la patria involuntaria
de los olvidados que duermen bajo el cielo,
abrazados al frío, la noche como único testigo
de cuerpos que nadie mira, hijos del desamparo.
El hambre es un nudo en la garganta del mundo,
un fantasma que siempre se sienta a la mesa,
una astilla antigua pero siempre renovada,
que cose hilos de desesperación
en madres que reparten raciones,
como si pudieran multiplicar milagros.
Las resistencias cotidianas no tienen
lugar en las noticias de cada día:
héroes sin nombres ni medallas,
aquellos que espantan la soledad,
sostienen manos anónimas,
pelean contra sombras que no aparecen
en ninguna estadística.
La desigualdad es cicatriz que cruza épocas,
territorios, culturas, siglos de espera en vano.
El poder repite su farsa, impune,
siniestra maquinaria de engranajes implacables
que mastica promesas vacías,
arquitectos de ruinas disfrazadas de discursos.
Pienso en el mundo que imaginaron mis abuelos,
sus sueños doblados prolijamente
en el cajón de la memoria,
esperando algo que nunca llegó.
El pueblo siempre caminó solo, cansado y herido,
pero no dejó de caminar.
La revolución de las palabras
nace en susurros quebrados,
crece en gargantas que arden;
es un acto pequeño, pero feroz,
una chispa que se obstina
en permanecer encendida.
Es la herramienta de todos aquellos
que no tienen más que su voz.
Un poema también puede ser trinchera, refugio,
barricada levantada con la pena viva
de los que ya no pueden callar.
Porque cada gesto insiste en sobrevivir,
cada abrazo es un manifiesto,
cada palabra, faro encendido en la tormenta.
El mundo cambia un poco
cada vez que alguien se atreve
a nombrar lo que duele.
El camino de regreso
Vuelvo, no sé si al principio o al final, o a esa curva
del alma donde uno entiende que siempre estuvo
yéndose, sólo para encontrar la excusa de regresar.
Vuelvo a un cuarto donde el polvo habla bajo, donde
una risa antigua se cuela por las hendijas, como si
el tiempo siguiera cocinando algo a fuego lento.
El mundo era pequeño y bastaba con abrir los brazos
para abarcarlo; vuelvo a ese olor, a esa tibieza
que quedó suspendida en el aire, cuando la vida
todavía no sabía romperme.
Regreso a vos también, a tu nombre que aprendió
a esperarme, aunque yo me perdiera en veredas rotas,
en amores que eran mapas sin brújula, en noches
que confundían deseo con destino; vuelvo al lugar
donde me quebré, allí donde una parte de mí
se quedó sentada, mirando el horizonte, con ojos
llenos de preguntas, como quien toca una cicatriz
para entender la historia que lo habita.
No importa el tiempo que pase; la luz que me diste
un día, todavía me acompaña.
Vuelvo a tu mirada clara, como quien vuelve a la luz
después de tanto descender al abismo; regreso a mí,
a la que fui antes de los naufragios, a la que guardé
bajo siete llaves, por miedo a que el mundo la lastimara;
me busco, me nombro, me dejo caer, hasta encontrar
en mis manos la luz que no supe ver a tiempo.
No soy la que era, tampoco soy algo nuevo del todo:
en ese extraño lapso, el alma se acomoda como puede.
El sendero sigue donde siempre, pero ahora la piel aprende
el latido de su música nueva.
Camino hacia adelante, y con cada paso siento la caricia
tibia de lo que tuve, de lo que perdí; cada regreso me arma
distinto, me reacomoda, me reinventa con suavidad de aurora.
Los caminos también duelen; uno nunca vuelve igual.
Las piedras siguen en el mismo lugar, tropiece
con ellas o no; vuelvo a la sombra que fui, la abrazo,
le digo que ya no está sola.
Pero en el regreso descubro algo simple, sagrado:
las despedidas se abren como ventanas, y el pasado
ya no es un fantasma, sino una constelación que guía.
Y si vuelvo —siempre vuelvo— es porque en algún rincón
del mundo hay alguien que todavía me nombra.
Donde fui herida, ahora soy raíz, y donde hubo silencio
ahora florece mi voz,
una casa que respira,
una señal que invita,
una versión mía que se yergue, luminosa,
esperando a que yo también regrese.
Anatomía del espejismo
Soy piel antes que nombre,
soy geografía sin coordenadas.
Me recorren con palabras
como si fueran un bisturí,
pero nadie logra extraer
el secreto que guardo.
En mí respiran lenguajes,
tatuajes invisibles,
ciclos de luna y deseo.
Soy la huella de un goce
que nunca se repite igual.
Me miden, me pesan, me juzgan;
creen que mi forma es mi esencia.
No saben que mi silueta
se disuelve como humo
en cuanto cierro los ojos.
¿Quién decide quién soy?
¿El espejo? ¿El otro? ¿La memoria?
Yo sólo sé que en mis costillas
anida un pájaro sin nombre,
que late cada vez
que alguien me llama.
El cuerpo es mi pasaporte
a un mundo que no entiende
que la identidad también se muda,
se exilia,
se rompe y renace
como una cicatriz luminosa.
Y cuando ya no sé si existo,
me toco:
la sangre confirma,
la respiración insiste,
la piel devuelve su verdad.
Soy territorio que sangra
y florece
Este cuerpo es mapa:
cada surco es frontera,
cada cicatriz, camino.
En la memoria de la piel
guardo la infancia,
los juegos, las caídas,
el camino que me abrió el lenguaje,
la primera risa que me encendió la boca,
la primera herida que escribió su huella.
Soy territorio habitado
por voces que no callan,
por recuerdos que duermen
y se anidan en los rincones
que el tiempo no olvida.
Aquí la memoria no es abstracta:
vive en cada aliento, en cada eco
de las marcas que dejaron
todas las manos
que me amaron.