DAYLEN RODRÍGUEZ ALEMAÑY es de Cuba, ama México, reside en Estados Unidos, pero sueña con mudarse a España. La poesía y la escritura la están ayudando a encontrar su lugar en el mundo. Adora los gatos y anhela dedicarse al psicoanálisis. Pueden encontrarla en Instagram como Jardín, en @labiciyelmarr.
ICARIAR
El poeta Jack Gilbert dijo:
“todo el mundo olvida
que Ícaro también voló (…)
y creo que no estaba
fracasando
mientras caía,
sino tan solo llegando
al final de su triunfo”.
Y pienso que serían palabras
que diría mi analista
al final de una sesión.
Y creo que las eternizaría
en algún lugar de mi cuerpo,
para ver si un día cercano
las hago mías o me convenzo.
Y no quedarme atrapada
únicamente
en eso que falla,
o en lo que no logro,
a pesar del esfuerzo.
Y ya no creer que,
porque algo no dura
el tiempo que espero
o termina antes, cuando
todavía lo quiero,
nunca mereció la pena
o nunca su valor fue cierto.
Y no nada más centrarme
en el amargo duelo
que llega con cada final
y derrite, de golpe, la dicha
que sentí
desde que era un anhelo.
Y por fin, aprender a honrar
el día presente, el proceso,
el arrojo en cada despegue,
el triunfo
que ya habita
el intento.
A MI MADRE, EN CUBA
Me cuesta ver
con cada foto que me envía
por WhatsApp,
a mi madre envejecer.
Atestiguar cómo
su cuerpo se reduce,
aún cuando no lo hace su sonrisa.
Hoy son imágenes de ella
con mi padre, junto al mar.
Y siento culpa por vivir lejos,
por no estar,
-como si estar aliviara la desdicha-.
Ahora recuerdo el último verano
allá en Playa del Carmen,
ese instante en que creyó
que se podría ahogar.
Y yo, con el agua
también tapando mi nariz,
yo, la más pequeña de la casa,
sentí que había llegado el día
en que la tenía que salvar.
Veo las fotos y rezo
que mi madre dure mucho, más.
Aún espero que sea
abuela de mis hijos,
que me ayude
a organizar un negocio,
ir juntas al santuario de Montserrat.
Veo las fotos y le reclamo
-para variar-
que no me haya legado:
la gracia de su cuerpo,
su insistencia arrasadora,
su don de gente,
su rara ingobernabilidad,
lo mordaz, a veces,
de sus palabras,
la forma en que logra
hacerse imprescindible,
su magia para construir hogar.
PROMESA
Con toda la devoción del mundo siempre
te voy a odiar un poco: por haberme
visto, por llevarme dentro y no
elegirme de vuelta, por no
haber hecho nada con lo
que un día nombraste
inesperada conexión
-atracción, salvo
negarla y
dejarla
morir.