LAUTARO RIVARA nació en Mar del Plata, Argentina, en 1991. Vivió en Haití entre 2018 y 2020 y desde 2024 reside en México. Es Licenciado en Sociología y Doctor en Historia por la UNLP. Académico, periodista, analista internacional, editor, cronista y poeta. Autor de «Lo feo también ama» (2012), «La sarna de los justos» (Malisia, 2016) y «Ayibobo!» (Abisinia, 2024), libro por el que obtuvo en 2025 el Premio Internacional de Poesía Mahmoud Darwish. Coordina en México el World Poetry Movement.
Donde sueña el Dule
Al pueblo guna de Panamá,
en el centenario de su revolución
Donde el agua se desmorona
Donde el coral apila sus detritos
Donde el viento deja en la playa cicatrices de monte
Donde la selva escupe sus gárgaras de gris y verde
Donde la palma extiende su domo bajo un sol inclemente
Donde el cayuco se basta para recorrer un cosmos
Donde el tiempo se mide en islas
Donde el archipiélago evoca un pasado de montañas
Donde nada el ñeque, vuela la iguana, repta el venado… y todo se engulle
Donde vive el Dule su exilio perpetuo
Donde la sal corta
Donde se oxida el oro
Donde la cruz advierte a los enemigos con sus aspas levógiras
Donde dos brazos fuertes aún sostienen el arco y la flecha
Donde todo es tan rojo que parecen rosas los lamparones de sangre
Donde los neles cuelgan su soberana hamaca, trono blando y lecho inflexible
Donde Baba y Nana recrean un mundo de simetrías imperfectas
Donde la soledad es una enfermedad aún desconocida
Donde el canto vocaliza su medicina en trances guturales
Donde la violencia se confina en ínsulas por lo que dure una vida
Donde la historia se escribe en capas
Donde relampaguea la mola
Donde sueña el sagla, habla el argar y mata el urigan
Donde una vez, hace 100 años, las doce tinajas de la paciencia derramaron sus bravos alcoholes
Donde dijeron basta los que hicieron de su patria el último reborde
Donde la tierra de tan madura se pudrió de sangre
Aquí, precisamente aquí, en Guna Yala.
Comarca Guna Yala, Panamá
Lamento tsotsil
Al Padre Marcelo Pérez, y a su padre
Cuando me muera vendrá mucha gente,
me dijo antes de ir.
Hoy mis penas son de mí.
El triste cometa es de mi boca.
Los ojos se me vencieron, solitos.
Nadie los derrotó.
Ahora están pequeños como frijol comapa.
Mis piernas de guajolote apenas si me sirven ya.
Las sostienen tan solo dos tortillas al día.
Y la sal que vuela, la que no ven,
de a puñaditos.
La ropa me queda tan grande que los pájaros se asustan.
La voz se me rompe como uña larga.
Huérfano soy, pero de hijo.
Ya nadie trabajará la tierra
cómo aquel niño que cuidaba la milpa
con mis manos propias.
Pero el jornal se acaba.
Me duele hasta la última coyunda.
Pronto luz veré.
Algún día, cuando sea visible, luz veré.
Mi hijo Marcelo,
el más querido,
sostendrá el candil.
Chiapas
El triunviro
Hasta que nazca el triunviro,
el pequeño déspota que gobernará sus jornadas con mano de felpa,
los padres disfrutarán aquí de su último remanso.
De la complicidad de a dos,
sin triángulos escalenos
ni terceros en discordia.
No serán ellos, eso es seguro,
quienes resuelvan el viejo problema de los tres cuerpos
y su indescifrable órbita amatoria.
Todavía espejan su risa sin las desmedidas urgencias
con la que clama lo vulnerable.
Se miran en silencio o conversan en personalísimos babeles.
Ven una serie.
Caminan por el parque.
Pelan ristras de ajo.
Cultivan una risa franca y fresca
y bañan su ternura en agua de jamaica.
Y a veces callan.
Callan con el silencio que sólo ofrece la vida aposentada.
La vida cómplice,
dúplice,
amante.
Ciudad de México