34. Año 11 | 2.ª Ed. Quincenal Feb. 2026 | LUCÍA BRAÑA – Fiesta ondulada

LUCÍA BRAÑA (2001) es una poeta originaria de Asturias, España, cuya escritura explora la intimidad y el paisaje emocional con una voz única y honesta. Su obra destaca por la capacidad de transformar lo cotidiano en una experiencia lírica mística y evocadora. La desarrolla principalmente en su espacio digital de Medium (@luciasdiary). También puedes encontrarla en Instagram como @luciialvarez8, donde expande su universo creativo.

 

 

 

Un lecho entre los párpados

 

Voy a contarte

algo hermoso, querido.

 

El ser humano no fue

enunciado como una burla,

o arrojado a la materialidad

arbitrariamente, no.

Fue pensado con una delicadeza

maravillosa,

para un grandílocuo desenlace.

 

No es una forma proyectada

a ser incólume o virginal;

su figura se desgasta,

pero aquello que lo impele

no se marchita.

 

Aunque su cuerpo

sea terrestre y mezquino,

su hálito proviene de otra altura.

 

Cuando llegue la hora,

se desprenderá de sus harapos,

con un temblor patrocinado

por la incertidumbre,

pero también con obediencia

a un designio interior a su concepción.

 

Entonces se abrirá el Jardín.

 

El suelo exhalará azafrán y almizcle.

Cuatro ríos que no surgen

de un deshielo regional,

sino de una voluntad pactada.

 

Uno es de leche que jamás se agria,

clara como el primer pensamiento.

Otro, de miel purificada,

densa y plácida,

como el tiempo cuando deja

de martirizarnos.

El tercero es de vino

que no enturbia ni aturde,

un rubí líquido que celebra el tránsito.

El último es de aguas cristalinas,

tan puro que en su superficie

el alma se reconoce sin velos.

 

No hay asentamientos de alquitrán,

sino alcázares de joyas tan vastas

que guardan dentro climas enteros.

Palacios moldeados con oro y plata

que no oprimen,

que solo reflejan el prestigio

de lo que contienen.

 

No existen portones cerrados,

porque nada acecha.

Las estancias resplandecen

en esmeralda y jacinto;

las moradas flotan sobre seda verde,

como recuerdos sostenidos en paz.

En los patios, los árboles

inclinan sus brazos cargados

y los frutos se enternecen

al simple deseo,

derramando su melosidad

sobre un hambre que ya no atormenta.

 

Me pregunto si paceremos desnudos,

despojados de telas

y de todas nuestras defensas,

porque allí el pudor no tendrá cabida.

Si seremos transparentes

como los muros de los castillos,

sin nada que ocultar

porque ya nada queda

de lo que nos hería.

 

Quiero creer que el olvido

no será el precio de la concordia;

que recordaremos a cada amigo,

y que aquellos que partieron antes

nos recibirán como quien regresa

de algo más que una refriega.

Medito sobre qué será

de los que se queden aquí;

a lo mejor podremos asomarnos

a sus sueños para susurrar

que la espera vale la pena.

 

Se dice que no habrá fauna,

porque es una chispa

que se agota por su propio altruismo.

Pero sé que el Amor

no entiende de exclusiones

y que, si lo suplicamos,

estoy segura de que se nos concederá

una huella, un vestigio.

 

Ignoro si habitaremos la integridad

de los treinta y tres,

o si conservaremos el santiamén

en que la solidez soltó su ancla

y aceptó su disolución.

No sé si rozaremos

la estatura de las acacias

o si mantendremos la medida

que hacía posible que nos besáramos.

 

En esta condición transfigurada,

la ira será polvo disperso

en un viento remoto;

la envidia, un llanto extinguido;

la tristeza, una tempestad que cesó

antes de nuestra llegada.

Sin la loriga del orgullo,

sin la gravedad de la posesión,

seremos anchos cauces,

una explanada sin límites,

y la única tarea factible

será amar.

 

Me pregunto cuál es la senda

para llegar allí.

Si bastará con un pestañeo

para encontrarlo de pronto

frente a mí,

como si siempre hubiera

estado esperándome.

 

Si saldré de una caverna

interminable como una novela

que no supo cómo tocarme,

avanzando a tientas entre páginas

hasta que la refulgencia me ofusque.

Tal vez descienda de una nube

y me incorpore a la estancia

como una pieza exacta

que por fin encuentra su cóncavo.

 

O quizá despierte tendida

sobre un césped desapasionado,

y deba recorrer esa extensión

hasta alcanzar el horizonte.

Un horizonte que no existe,

porque siempre hay más luz

detrás de la luz,

más parterre detrás del parterre,

más comienzo camuflado

en lo que parecía perpetuo.

 

¿Qué harías si allí,

entre resplandores

que no conocen ocaso,

nos divisáramos el uno al otro?

¿Apartarás la mirada,

porque habrás hallado presencias

más radiantes que satisfagan

tus nuevos anhelos,

y yo seré apenas una remembranza

diluida en la abundancia?

 

¿O caminarás hacia mí

mientras yo corro hacia ti?

Y si no me localizaras,

¿me recordarías?

¿Pronunciarías mi comparecencia

ante el Trono que gobierna?

¿Pedirías que me arrancaran del fuego

y me condujeran hasta tu piedad?

¿Tirarías del hilo que nos ata,

derrocando abismos y decretos,

para rescatarme?

 

Yo lo haría por ti.

Porque no hay Paraíso

que mi espíritu pueda codiciar

si en él no respira tu asistencia.

No hay plenitud que me colme

si no te encuentro en ella.

 

Si el fin de la creación

no nos contiene a ambos,

preferiría seguir buscándote

antes que descansar sin ti.

 

Cuando contemplo el campo,

suelo cavilar sobre ese Jardín.

Intento dibujarlo en mi mente,

pero siempre se me deshace

porque mi imaginación

no está capacitada.

Entonces lo dejo en pausa

como una obra inacabada.

 

Pero hoy lo he visto

con mayor claridad.

No sé por qué.

Quizá porque te he vislumbrado dentro.

Dime, querido,

cuando todo esto termine,

cuando el último pétalo se desprenda,

¿crees que existirá ese lugar

para nosotros?

 

Ven.

Cierra los ojos.

Permanece un instante en silencio…

¿También lo ves?

 

 

 

Fiesta ondulada

 

 

Manchas de café hirviendo

que han quedado impregnadas

en el pequeño refugio

de sorbos

con motivos geométricos

grabados a pulso.

 

Ninguna técnica de lavado

ha conseguido borrar

el tacto de tu boca.

 

Recuerdo mi sonrisa tímida,

como una cría

que chismorrea tras una mirilla.

 

Tus carcajadas resonaban

por el aire ondulado.

Te costaba pronunciar

lo que querías expresar;

tu lengua materna

es como un jeroglífico

que no puedo descifrar.

 

Tu pelo, una jungla

de copas de árbol que se pelean;

ni la lluvia de la ducha

es capaz de tumbarlos.

Nunca te diste cuenta,

pero los cafés que te preparabas

hacían juego con el color de tu piel.

 

Imitabas sonidos de animales,

los aprendiste de chaval,

solo con escuchar.

El trompeteo de una grulla

que cumple como patrulla.

Una ardilla furiosa

por la bellota extraviada.

El saludo de un camello,

digno de una escena de David Lean.

El relincho de un caballo,

pleno, con un abanico de posibilidades

sujeto en sus herraduras.

 

Me pregunto si has nacido

de una madre humana,

o si eres una invención abstracta

de este mundo hostil

para enseñarme cómo parar.

 

Antes, el amor me parecía

el último coco de la palmera;

no bebería su jugo

sin antes clavarme las espinas,

hinchadas de infección.

Pero tú me abriste

pequeñas rendijas

hasta la dermis,

para que el oxígeno entrara,

el alma respirara

y no hiciera nido la podredumbre.

 

Hay que ser valiente

para asomarse en ella

cuando no te atreves

a enfrentarte a la suciedad.

 

Me atraías por la espalda hacia ti

y bailábamos sobre la alfombra,

esa que siempre llevas a cuestas

como si fuera tu brújula.

Cuando la canción

comenzaba a adelgazar,

te abrazabas a mí;

aunque me cueste decirlo,

me sentía ladrona de ti.

 

Pero era una fiesta,

ondulada,

como la brisa sofocante

que te vio venir;

y decidí ser curva

hasta que el destino dijese.

Plantabas interrogaciones

en el concepto de alguien como yo

en una ciudad como esta.

Me entendías capaz de más,

capaz de todo.

 

No te apresurabas.

Un toque en el timbre acostumbrado

—más que tú—

a volar en avión

sobre la mesa de la cocina.

Un autobús que no hace parada.

Un ascensor que se asusta al verte.

No encontrabas causa para el nervio.

 

Porque eres un hombre azul.

El hombre azul solo corre

cuando hay borrasca.

 

Me echabas crema solar por las mejillas.

Decías que lo tenemos todo y no nos basta;

que nos encadenamos a un banco,

nos enfadamos por un euro,

nos acomodamos en un atasco

que nos roba el tiempo

y nos lo cambia por un reloj.

 

Me concentraba estudiando.

Tu dedo escarbaba en mi oreja

porque había divisado un gnomo dentro.

Eché al segundo intruso

y se enganchó con un pendiente.

 

Me dolió.

No me quejé.

Me pediste perdón.

 

Si fingías dormir,

contemplaba tu rostro al revés,

lo acunaba.

Pegaba mi ceja a tu oreja

y tu mano se arrastraba hasta mi muslo.

Era una danza extraña,

pero era nuestra.

Ojalá poder haberte perseguido

hasta donde realmente estabas.

 

Te cambiabas de camisa,

desabotonándola lentamente.

Yo hincaba mi barbilla en tu pecho,

usando la prenda como una jaima

sobre mi testa.

Entrabas en la tienda

y buscabas destellos de ternura.

 

“Me encantaría llevarte conmigo

y que todo lo demás

estuviese de más”.

Sabías que estaba intoxicada

por el cemento,

pero fantaseaste

con mi “yo” de fosfato.

 

La calderilla marrón de mi cartera,

la sudadera con bolitas,

la irrelevancia del maquillaje.

Por vez primera,

no me tenían recluida.

Tu imaginación me hacía libre.

 

Me giraba y hurgabas

en mis obras infantiles,

como si tuvieran algo fascinante

que contarte.

Conocías uno de los cuentos;

una vez lo leíste

en el idioma de los aficionados al vino.

Concebirte conversando con uno

es un reto.

Tú no bebes vino.

Eres un niño de leche caliente.

Leche ondulada.

 

Decías no saber nada.

Desconoces la fecha de tu cumpleaños.

No has mentido en la vida.

No tienes motivos para hacerlo.

Te cuento un refrán sobre las patrañas.

Meditas.

Parezco uno de los tuyos.

Me duele.

No lo soy.

Los míos te ven

como una fiera sin modales,

alguien de quien no fiarse.

 

Yo te prestaría mi estómago

para que lo protegieras

y sé que me lo devolverías lleno.

 

Estoy mirando la taza sucia.

Nunca más trataré de fregarla.

Creo que ella no quiere.

Al mediodía abrí el armario de la salita

y me tropecé con la alfombra.

Juraba que te la habías llevado.

 

Riego los cactus.

Parecen disfrutar.

Miro la calle y pienso en ti.

Tu ausencia todavía no me ha devuelto

el hecho de ser miserable.

He aprendido a ver a través del ladrillo,

a kilómetros de aquí.

 

Tarareo en la ventana aquello que cantabas.

Si no desisto,

sé que me corresponderás la melodía

con un silbido aventurero.

 

Te has ido,

pero has dejado la música puesta.

Me has regalado el baile.

Porque estamos en una fiesta.

La mía es recta.

La tuya, ondulada.

 

 

Carta a Sudán

 

Cada atardecer, el mar prepara

su tonalidad más bella

para encandilarme.

El litoral es como una mujer

que se viste de rojo,

una acuarela que se derrite

por la extenuación del ser.

 

Día a día,

vendo tesoros

que el océano esconde

de los mortales.

No quiere compartirlos;

los guarda bajo la lengua,

en pliegues hondos,

como una madre

que protege a sus retoños.

Pero la espuma nunca se ha tragado

los brazos de los locales

que los arrancan

como si fueran muela picada.

Y aunque me duela,

el mar sabe que es por sobrevivir.

 

Aquel fin de semana,

la vi en la orilla.

Se cubría con una tela

naranja y rosada,

como si el sol hubiera decidido

quedarse a vivir en su presencia.

 

Sus labios tenían

el espesor del pomelo,

esa mezcla exacta

de dulzura y amargura

para la perspicacia.

Sus ojos abarcaban

como si el mundo

encontrara ahí su medida.

Sus mejillas parecían modeladas

por un alfarero dedicado y convencido.

 

Me olvidé de que estaba sentado

sobre una tabla que flotaba

en el espejo del paraíso.

Creí estar levitando

entre las nubes;

tan lejos, que los chicos

se rieron de mí.

 

Cuando ella me descubrió,

mirándola,

mi pecho desnudo se exaltó

como un portón aporreado por el viento.

 

Esa muchacha

debía de ser una sirena

que añoraba su hogar.

Siempre volvía a él.

Volvía a mí.

Después de servir té

a manos que no la miraban,

conversaciones que no le interesaban,

regresaba con la mente en vela.

 

Entonces, sacaba un cuaderno

y escribía lo justo.

A veces me leía algo.

No todo.

Solo lo que ya no la castigaba tanto.

Hablaba de su gente,

de calles que no salen en los mapas,

de casas abiertas por la mitad,

de mujeres que recogían diamantes

aunque el mundo ardiera,

aunque no pudieran apaciguar

el incendio.

 

Una noche,

dijo que ya no quería estar aquí.

Estaba harta de esa sandalia rota,

de no ser patrona de su tiempo,

de no poder salvar a otros

con sus relatos.

 

Mientras en tierra

la vida de todos se desmoronaba,

yo me refugiaba en el agua.

Las conchas fueron

mi dinero de niño,

los moluscos, mis confidentes,

las caracolas, mi teléfono,

aunque nunca me conectaban

con quienes decidieron irse.

 

Le rogué a la sábana transparente

que me ayudara a olvidarla.

Ella, rebelde y cruel,

me devolvía su rostro

reflejado en las serenas olas.

 

Los días pasaron.

El océano ya no dejaba tantas perlas.

Empecé a comerciar

con cuentas de plástico,

brillantes, casi perfectas,

que no pesaban nada en la palma,

pero agradaban al turista.

 

Cada vez que desenterraba

una perla verdadera

bajo la arena,

la guardaba para ella,

para cuando pudiera dársela.

Pero en la costa

apenas quedaban redes,

barcos, estelas

u organismos sintientes.

 

Conseguí confeccionar un collar.

Pregunté por ella.

Un pescador, con la sal

incrustada en la voz,

me dijo que se había ido del país.

Había elegido la ruta del Egipto.

Desde allí, con calma,

intentaría saltar al otro continente.

Uno que yo no podía ni imaginar.

 

Le pregunté si había dejado

alguna nota para mí.

El hombre se encogió de hombros,

como quien no quiere cargar

con más naufragios.

Quise morir en los arrecifes.

 

En cuestión de meses,

el aeropuerto cerró.

Algo dentro de mí

aprendió a imitarlo.

 

Dejé de vender falsificaciones de perlas.

Ya no engañaban ni al más ingenuo.

Todos se habían vuelto

tozudos, desconfiados.

Quizá tenían miedo.

 

Las joyas se transformaron en frutas,

pañuelos desteñidos,

objetos de recuerdo.

Recuerdos de un Sudán

que ya no existe,

y de uno presente

que ya nadie quiere rememorar.

 

Ganarse el pan cerca del muelle

se ha vuelto un peligro.

Ya no soy un civil cualquiera.

Soy un punto visible.

Un cuerpo sin límites,

sin edificios que me oculten,

un asequible objetivo

frente al mar abierto.

 

Debería desertar de esta playa.

Pero no todavía.

No mientras pueda aguantar.

 

Arrojé el colgante

al fondo del Mar Rojo.

Un pirata yemení lo estrenará.

No me importó perderlo.

Mi perla ya se había ido.

 

Me ahogaba pensando

dónde viviría, si estaría a salvo.

No la culpo.

Desconozco lo que es ser mujer.

 

A veces, me imagino a mí mismo

paseando por una Jartum libre

y deteniéndome frente a un escaparate.

 

Uno de sus libros.

 

Lo abriría despacio,

y en la contraportada

contemplaría su tez,

ya lejos de la pólvora,

lejos de la metralla.

 

Espero que sea feliz.

Que encuentre su lugar.

 

Quisiera decirle que no olvide

nuestras playas coralinas,

nuestras volcánicas colinas,

nuestros solitarios oasis,

nuestras pirámides nubias,

el Nilo Azul y Nilo Blanco,

la sensación de infinito

que una vez nos perteneció.

 

Que no olvide que por sus venas

corren los sueños

de todas las niñas de Sudán.

 

Y yo sigo aquí,

en una caja de zapatos anticuados

de la que no puedo escapar.

Continúo aferrado a la marea,

como quien envuelve las manos

en una taza de infusión que ama.

 

 

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