LUCÍA BRAÑA (2001) es una poeta originaria de Asturias, España, cuya escritura explora la intimidad y el paisaje emocional con una voz única y honesta. Su obra destaca por la capacidad de transformar lo cotidiano en una experiencia lírica mística y evocadora. La desarrolla principalmente en su espacio digital de Medium (@luciasdiary). También puedes encontrarla en Instagram como @luciialvarez8, donde expande su universo creativo.
Un lecho entre los párpados
Voy a contarte
algo hermoso, querido.
El ser humano no fue
enunciado como una burla,
o arrojado a la materialidad
arbitrariamente, no.
Fue pensado con una delicadeza
maravillosa,
para un grandílocuo desenlace.
No es una forma proyectada
a ser incólume o virginal;
su figura se desgasta,
pero aquello que lo impele
no se marchita.
Aunque su cuerpo
sea terrestre y mezquino,
su hálito proviene de otra altura.
Cuando llegue la hora,
se desprenderá de sus harapos,
con un temblor patrocinado
por la incertidumbre,
pero también con obediencia
a un designio interior a su concepción.
Entonces se abrirá el Jardín.
El suelo exhalará azafrán y almizcle.
Cuatro ríos que no surgen
de un deshielo regional,
sino de una voluntad pactada.
Uno es de leche que jamás se agria,
clara como el primer pensamiento.
Otro, de miel purificada,
densa y plácida,
como el tiempo cuando deja
de martirizarnos.
El tercero es de vino
que no enturbia ni aturde,
un rubí líquido que celebra el tránsito.
El último es de aguas cristalinas,
tan puro que en su superficie
el alma se reconoce sin velos.
No hay asentamientos de alquitrán,
sino alcázares de joyas tan vastas
que guardan dentro climas enteros.
Palacios moldeados con oro y plata
que no oprimen,
que solo reflejan el prestigio
de lo que contienen.
No existen portones cerrados,
porque nada acecha.
Las estancias resplandecen
en esmeralda y jacinto;
las moradas flotan sobre seda verde,
como recuerdos sostenidos en paz.
En los patios, los árboles
inclinan sus brazos cargados
y los frutos se enternecen
al simple deseo,
derramando su melosidad
sobre un hambre que ya no atormenta.
Me pregunto si paceremos desnudos,
despojados de telas
y de todas nuestras defensas,
porque allí el pudor no tendrá cabida.
Si seremos transparentes
como los muros de los castillos,
sin nada que ocultar
porque ya nada queda
de lo que nos hería.
Quiero creer que el olvido
no será el precio de la concordia;
que recordaremos a cada amigo,
y que aquellos que partieron antes
nos recibirán como quien regresa
de algo más que una refriega.
Medito sobre qué será
de los que se queden aquí;
a lo mejor podremos asomarnos
a sus sueños para susurrar
que la espera vale la pena.
Se dice que no habrá fauna,
porque es una chispa
que se agota por su propio altruismo.
Pero sé que el Amor
no entiende de exclusiones
y que, si lo suplicamos,
estoy segura de que se nos concederá
una huella, un vestigio.
Ignoro si habitaremos la integridad
de los treinta y tres,
o si conservaremos el santiamén
en que la solidez soltó su ancla
y aceptó su disolución.
No sé si rozaremos
la estatura de las acacias
o si mantendremos la medida
que hacía posible que nos besáramos.
En esta condición transfigurada,
la ira será polvo disperso
en un viento remoto;
la envidia, un llanto extinguido;
la tristeza, una tempestad que cesó
antes de nuestra llegada.
Sin la loriga del orgullo,
sin la gravedad de la posesión,
seremos anchos cauces,
una explanada sin límites,
y la única tarea factible
será amar.
Me pregunto cuál es la senda
para llegar allí.
Si bastará con un pestañeo
para encontrarlo de pronto
frente a mí,
como si siempre hubiera
estado esperándome.
Si saldré de una caverna
interminable como una novela
que no supo cómo tocarme,
avanzando a tientas entre páginas
hasta que la refulgencia me ofusque.
Tal vez descienda de una nube
y me incorpore a la estancia
como una pieza exacta
que por fin encuentra su cóncavo.
O quizá despierte tendida
sobre un césped desapasionado,
y deba recorrer esa extensión
hasta alcanzar el horizonte.
Un horizonte que no existe,
porque siempre hay más luz
detrás de la luz,
más parterre detrás del parterre,
más comienzo camuflado
en lo que parecía perpetuo.
¿Qué harías si allí,
entre resplandores
que no conocen ocaso,
nos divisáramos el uno al otro?
¿Apartarás la mirada,
porque habrás hallado presencias
más radiantes que satisfagan
tus nuevos anhelos,
y yo seré apenas una remembranza
diluida en la abundancia?
¿O caminarás hacia mí
mientras yo corro hacia ti?
Y si no me localizaras,
¿me recordarías?
¿Pronunciarías mi comparecencia
ante el Trono que gobierna?
¿Pedirías que me arrancaran del fuego
y me condujeran hasta tu piedad?
¿Tirarías del hilo que nos ata,
derrocando abismos y decretos,
para rescatarme?
Yo lo haría por ti.
Porque no hay Paraíso
que mi espíritu pueda codiciar
si en él no respira tu asistencia.
No hay plenitud que me colme
si no te encuentro en ella.
Si el fin de la creación
no nos contiene a ambos,
preferiría seguir buscándote
antes que descansar sin ti.
Cuando contemplo el campo,
suelo cavilar sobre ese Jardín.
Intento dibujarlo en mi mente,
pero siempre se me deshace
porque mi imaginación
no está capacitada.
Entonces lo dejo en pausa
como una obra inacabada.
Pero hoy lo he visto
con mayor claridad.
No sé por qué.
Quizá porque te he vislumbrado dentro.
Dime, querido,
cuando todo esto termine,
cuando el último pétalo se desprenda,
¿crees que existirá ese lugar
para nosotros?
Ven.
Cierra los ojos.
Permanece un instante en silencio…
¿También lo ves?
Fiesta ondulada
Manchas de café hirviendo
que han quedado impregnadas
en el pequeño refugio
de sorbos
con motivos geométricos
grabados a pulso.
Ninguna técnica de lavado
ha conseguido borrar
el tacto de tu boca.
Recuerdo mi sonrisa tímida,
como una cría
que chismorrea tras una mirilla.
Tus carcajadas resonaban
por el aire ondulado.
Te costaba pronunciar
lo que querías expresar;
tu lengua materna
es como un jeroglífico
que no puedo descifrar.
Tu pelo, una jungla
de copas de árbol que se pelean;
ni la lluvia de la ducha
es capaz de tumbarlos.
Nunca te diste cuenta,
pero los cafés que te preparabas
hacían juego con el color de tu piel.
Imitabas sonidos de animales,
los aprendiste de chaval,
solo con escuchar.
El trompeteo de una grulla
que cumple como patrulla.
Una ardilla furiosa
por la bellota extraviada.
El saludo de un camello,
digno de una escena de David Lean.
El relincho de un caballo,
pleno, con un abanico de posibilidades
sujeto en sus herraduras.
Me pregunto si has nacido
de una madre humana,
o si eres una invención abstracta
de este mundo hostil
para enseñarme cómo parar.
Antes, el amor me parecía
el último coco de la palmera;
no bebería su jugo
sin antes clavarme las espinas,
hinchadas de infección.
Pero tú me abriste
pequeñas rendijas
hasta la dermis,
para que el oxígeno entrara,
el alma respirara
y no hiciera nido la podredumbre.
Hay que ser valiente
para asomarse en ella
cuando no te atreves
a enfrentarte a la suciedad.
Me atraías por la espalda hacia ti
y bailábamos sobre la alfombra,
esa que siempre llevas a cuestas
como si fuera tu brújula.
Cuando la canción
comenzaba a adelgazar,
te abrazabas a mí;
aunque me cueste decirlo,
me sentía ladrona de ti.
Pero era una fiesta,
ondulada,
como la brisa sofocante
que te vio venir;
y decidí ser curva
hasta que el destino dijese.
Plantabas interrogaciones
en el concepto de alguien como yo
en una ciudad como esta.
Me entendías capaz de más,
capaz de todo.
No te apresurabas.
Un toque en el timbre acostumbrado
—más que tú—
a volar en avión
sobre la mesa de la cocina.
Un autobús que no hace parada.
Un ascensor que se asusta al verte.
No encontrabas causa para el nervio.
Porque eres un hombre azul.
El hombre azul solo corre
cuando hay borrasca.
Me echabas crema solar por las mejillas.
Decías que lo tenemos todo y no nos basta;
que nos encadenamos a un banco,
nos enfadamos por un euro,
nos acomodamos en un atasco
que nos roba el tiempo
y nos lo cambia por un reloj.
Me concentraba estudiando.
Tu dedo escarbaba en mi oreja
porque había divisado un gnomo dentro.
Eché al segundo intruso
y se enganchó con un pendiente.
Me dolió.
No me quejé.
Me pediste perdón.
Si fingías dormir,
contemplaba tu rostro al revés,
lo acunaba.
Pegaba mi ceja a tu oreja
y tu mano se arrastraba hasta mi muslo.
Era una danza extraña,
pero era nuestra.
Ojalá poder haberte perseguido
hasta donde realmente estabas.
Te cambiabas de camisa,
desabotonándola lentamente.
Yo hincaba mi barbilla en tu pecho,
usando la prenda como una jaima
sobre mi testa.
Entrabas en la tienda
y buscabas destellos de ternura.
“Me encantaría llevarte conmigo
y que todo lo demás
estuviese de más”.
Sabías que estaba intoxicada
por el cemento,
pero fantaseaste
con mi “yo” de fosfato.
La calderilla marrón de mi cartera,
la sudadera con bolitas,
la irrelevancia del maquillaje.
Por vez primera,
no me tenían recluida.
Tu imaginación me hacía libre.
Me giraba y hurgabas
en mis obras infantiles,
como si tuvieran algo fascinante
que contarte.
Conocías uno de los cuentos;
una vez lo leíste
en el idioma de los aficionados al vino.
Concebirte conversando con uno
es un reto.
Tú no bebes vino.
Eres un niño de leche caliente.
Leche ondulada.
Decías no saber nada.
Desconoces la fecha de tu cumpleaños.
No has mentido en la vida.
No tienes motivos para hacerlo.
Te cuento un refrán sobre las patrañas.
Meditas.
Parezco uno de los tuyos.
Me duele.
No lo soy.
Los míos te ven
como una fiera sin modales,
alguien de quien no fiarse.
Yo te prestaría mi estómago
para que lo protegieras
y sé que me lo devolverías lleno.
Estoy mirando la taza sucia.
Nunca más trataré de fregarla.
Creo que ella no quiere.
Al mediodía abrí el armario de la salita
y me tropecé con la alfombra.
Juraba que te la habías llevado.
Riego los cactus.
Parecen disfrutar.
Miro la calle y pienso en ti.
Tu ausencia todavía no me ha devuelto
el hecho de ser miserable.
He aprendido a ver a través del ladrillo,
a kilómetros de aquí.
Tarareo en la ventana aquello que cantabas.
Si no desisto,
sé que me corresponderás la melodía
con un silbido aventurero.
Te has ido,
pero has dejado la música puesta.
Me has regalado el baile.
Porque estamos en una fiesta.
La mía es recta.
La tuya, ondulada.
Carta a Sudán
Cada atardecer, el mar prepara
su tonalidad más bella
para encandilarme.
El litoral es como una mujer
que se viste de rojo,
una acuarela que se derrite
por la extenuación del ser.
Día a día,
vendo tesoros
que el océano esconde
de los mortales.
No quiere compartirlos;
los guarda bajo la lengua,
en pliegues hondos,
como una madre
que protege a sus retoños.
Pero la espuma nunca se ha tragado
los brazos de los locales
que los arrancan
como si fueran muela picada.
Y aunque me duela,
el mar sabe que es por sobrevivir.
Aquel fin de semana,
la vi en la orilla.
Se cubría con una tela
naranja y rosada,
como si el sol hubiera decidido
quedarse a vivir en su presencia.
Sus labios tenían
el espesor del pomelo,
esa mezcla exacta
de dulzura y amargura
para la perspicacia.
Sus ojos abarcaban
como si el mundo
encontrara ahí su medida.
Sus mejillas parecían modeladas
por un alfarero dedicado y convencido.
Me olvidé de que estaba sentado
sobre una tabla que flotaba
en el espejo del paraíso.
Creí estar levitando
entre las nubes;
tan lejos, que los chicos
se rieron de mí.
Cuando ella me descubrió,
mirándola,
mi pecho desnudo se exaltó
como un portón aporreado por el viento.
Esa muchacha
debía de ser una sirena
que añoraba su hogar.
Siempre volvía a él.
Volvía a mí.
Después de servir té
a manos que no la miraban,
conversaciones que no le interesaban,
regresaba con la mente en vela.
Entonces, sacaba un cuaderno
y escribía lo justo.
A veces me leía algo.
No todo.
Solo lo que ya no la castigaba tanto.
Hablaba de su gente,
de calles que no salen en los mapas,
de casas abiertas por la mitad,
de mujeres que recogían diamantes
aunque el mundo ardiera,
aunque no pudieran apaciguar
el incendio.
Una noche,
dijo que ya no quería estar aquí.
Estaba harta de esa sandalia rota,
de no ser patrona de su tiempo,
de no poder salvar a otros
con sus relatos.
Mientras en tierra
la vida de todos se desmoronaba,
yo me refugiaba en el agua.
Las conchas fueron
mi dinero de niño,
los moluscos, mis confidentes,
las caracolas, mi teléfono,
aunque nunca me conectaban
con quienes decidieron irse.
Le rogué a la sábana transparente
que me ayudara a olvidarla.
Ella, rebelde y cruel,
me devolvía su rostro
reflejado en las serenas olas.
Los días pasaron.
El océano ya no dejaba tantas perlas.
Empecé a comerciar
con cuentas de plástico,
brillantes, casi perfectas,
que no pesaban nada en la palma,
pero agradaban al turista.
Cada vez que desenterraba
una perla verdadera
bajo la arena,
la guardaba para ella,
para cuando pudiera dársela.
Pero en la costa
apenas quedaban redes,
barcos, estelas
u organismos sintientes.
Conseguí confeccionar un collar.
Pregunté por ella.
Un pescador, con la sal
incrustada en la voz,
me dijo que se había ido del país.
Había elegido la ruta del Egipto.
Desde allí, con calma,
intentaría saltar al otro continente.
Uno que yo no podía ni imaginar.
Le pregunté si había dejado
alguna nota para mí.
El hombre se encogió de hombros,
como quien no quiere cargar
con más naufragios.
Quise morir en los arrecifes.
En cuestión de meses,
el aeropuerto cerró.
Algo dentro de mí
aprendió a imitarlo.
Dejé de vender falsificaciones de perlas.
Ya no engañaban ni al más ingenuo.
Todos se habían vuelto
tozudos, desconfiados.
Quizá tenían miedo.
Las joyas se transformaron en frutas,
pañuelos desteñidos,
objetos de recuerdo.
Recuerdos de un Sudán
que ya no existe,
y de uno presente
que ya nadie quiere rememorar.
Ganarse el pan cerca del muelle
se ha vuelto un peligro.
Ya no soy un civil cualquiera.
Soy un punto visible.
Un cuerpo sin límites,
sin edificios que me oculten,
un asequible objetivo
frente al mar abierto.
Debería desertar de esta playa.
Pero no todavía.
No mientras pueda aguantar.
Arrojé el colgante
al fondo del Mar Rojo.
Un pirata yemení lo estrenará.
No me importó perderlo.
Mi perla ya se había ido.
Me ahogaba pensando
dónde viviría, si estaría a salvo.
No la culpo.
Desconozco lo que es ser mujer.
A veces, me imagino a mí mismo
paseando por una Jartum libre
y deteniéndome frente a un escaparate.
Uno de sus libros.
Lo abriría despacio,
y en la contraportada
contemplaría su tez,
ya lejos de la pólvora,
lejos de la metralla.
Espero que sea feliz.
Que encuentre su lugar.
Quisiera decirle que no olvide
nuestras playas coralinas,
nuestras volcánicas colinas,
nuestros solitarios oasis,
nuestras pirámides nubias,
el Nilo Azul y Nilo Blanco,
la sensación de infinito
que una vez nos perteneció.
Que no olvide que por sus venas
corren los sueños
de todas las niñas de Sudán.
Y yo sigo aquí,
en una caja de zapatos anticuados
de la que no puedo escapar.
Continúo aferrado a la marea,
como quien envuelve las manos
en una taza de infusión que ama.