158. Año 11 | 1.ª Ed. Quincenal Ago. 2026 | MARÍA EUGENIA CATONI – Mi voz

MARÍA EUGENIA CATONI. (Venezuela, 1953) Ha publicado: Primer mordisco (editorial El Pez soluble, Caracas 2015). Ha formado parte en Antologías de cuento y poesía, (Concurso Internacional Letras con Arte –España, 2018-2020). Finalista en la V edición Internacional de microrrelato de la Fundación César E Serrano, Esp. Colaboró en la revista AWEN, Colabora con la revista digital Cárcava desde 2021. Finalista en el IX certamen Literario Internacional “Amalio Gran” España 2024. Ig: @maegapoesiacuento @maega_arte

 

MI VOZ

Mi voz es una más de esas que andan por el mundo, mundo que a veces no conozco, pero cuando obliga lo oigo y su chirrido escandaloso me fractura y digo no quiero oír, menos ver… no soporto tanta estridencia. Y me encierro en una burbuja de colores, atractivos y de sustancias que deforman el capricho malparido, y por un instante me entrego al placer, efímero por cierto y nada importa tanto, ya soy esclava de la reincidencia y si muero a nadie duele, solo a mí y a ella, “la breve”, importa mi muerte, ella siempre llegará a la hora que quiera, antes o después… ¿Qué importa…?

La tristeza que emana de ese mundo no nace en él, sino en el desencanto de conocer su fantasía y su insignificante aventura de sueños fugaces que sólo dejan un olor en la memoria a café recién colado una mañana cualquiera y a los cuentos de Caperucita, de Aladino y su lámpara maravillosa, junto a los cantos de los bollos de mi cazuela, y del alfeñique estirado por las huesudas manos de mi abuela.

Veo a una madre que llora y me pregunto: ¿Será la mía?, porque ni siquiera la recuerdo. A lo lejos veo una figura lánguida que escapa del colmillo de un lobo hambriento en luna llena y la succiona y ella desmembrada se levanta con el vientre abultado de amargura, amargura que le amarga el camino, amargura que va soltando a sus pasos…

Y otras voces se me unen y las oigo y me entiendo y me entienden y después me odio y digo soy un ventrílocuo, soy una caricatura que salió de la noche oscura de aquella luna, a recorrer el mundo, a buscar un ejército de criminales para derrocar la verdad e incitar a la vergüenza y a la cobardía, sometidas y que no se atreven a caminar con el brillo del sol.

Muchos alaridos, muchas sombras ocultas se orillan, escapan y reagrupan, tratando de enfrentar sus demonios. Se cuentan, son transparentes y a lo lejos muestran sus entrañas, brillan y van sembrando luciérnagas en el sendero. Cada semilla brota sin tiempo…

Y yo, en mi apego me escondo en el dolor, en el llanto, en la risa espasmódica y en la alucinación, me gusta ese sonido, somete a todo mi cuerpo y lo llena de placer, no me importa más nada, qué carajo la vida y los otros, bailo en un solo frenesí al compás del violinista del diablo.

Un día, un sonido suave se trepó por una de mis trenzas que aún conservaba vida y el himno al árbol de mi infancia me saludó, no recordaba su letra, simples y sencillas letras y me vi, cantando, vestida con un guardapolvo blanco, inocente y pura, sí, era yo. Mi voz nítida, ojos luminosos, vivos, me miraron hondo… no me encontró.

Porque mi voz cambió como cambiaron las voces de esos compañeros del cole que cantaban conmigo y ahora me pregunto ¿Qué pasó?, ¿qué no vi?, ¿qué hice?, ¿qué no hice?, ¿por qué mi voz tan dulce se apagó…? Los demonios tuvieron su festín, una cobija amable arropó al miedo, durmió por décadas y marcó su territorio y se expandió a mis generaciones y ahora sólo pregunto: ¿Tengo algún remedio para eso? Mi abuela siempre lo tenía, cada vez que el dolor me acuciaba ella lo untaba en mis piernas, me untaba kerosene con otra cosa, y yo decía: ¿Qué remedio tan raro, abuela…¡¿De dónde lo sacaste…? Ahora quiero sanar mi tristeza y soledad. ¡Por favor, dame un remedio para eso…!

Y mi voz sigue perdida, aislada de este mundo y en su mundo, solitaria de ella misma. ¿Será que aún tengo salvación? Y un susurro amanece: “Nunca es tarde, el remedio es luminoso, está dentro de ti, y no huele a kerosene, la abuela de repente apareció”.  Sus carcajadas claras, esa noche, provocaron mis sueños, no suelo dormir…

Extrañada, al día siguiente desperté con una algarabía, cohetes, tumbarranchos, risas y me asaltó la duda y pregunté: ¿Dónde estoy…? ¡Tranquila, no te afanes, me dijo alguien, esto es apenas una insignificante aventura humanizada de la vida en este mundo, disfruta…!

Pero el llanto de la noche regresó, se colgó en mi yugular y lo besé, abrazada a mí misma, trajo el silencio, quien me vistió con un vestido escandaloso, a la medida perfecta de mi cuerpo, su cara encajaba en la mía y sus dedos ajustados a los míos y así, vestida por completo de la noche más oscura, caminaba y reía como alguien más, era ella… mi voz.

 

GANDY

Lanzo manotazos a la nada, suspendida sobre una línea invisible que rozo de vez en cuando. Habito en una huida constante, aun sabiendo que es tiempo de callar los pasos. Tantas cosas han concluido en mi vida y me resisto al otoño. Hoy me descubro en la encrucijada de múltiples senderos, desorientada, sin saber cuál elegir. Creía conocerme, pero ¿acaso se desvanece todo lo que una vez me otorgó sentido? ¿Qué es este umbral que habito? ¿Será real el peso de este sentir? Me niego a encarar aquello que me asfixia. ¿Qué nombre tiene este naufragio?

Contemplo a Gandy. No es Mahatma, sino un destello Blue que ignora su propia naturaleza; habita, simplemente, en el suspiro del tiempo que le queda. Maúlla arrastrando antojos y me obsequia la misma indiferencia del primer día, como un ser arcano que absorbe mi revuelo de antorcha clandestina. Sabe de elegancia y de silencios. Insisto en buscar sus ojos y le pregunto: «¿Será verdad que puedes salvarme?». Dicen que los gatos escuchan a sus siervos y deshacen entuertos; sutiles, majestuosos, jamás pierden la compostura ni desnudan su amor con descaro, aunque calladamente mueran por uno. Sí, eso me han dicho… Sin embargo, tras su mirada imperturbable, el entorno comienza a distorsionarse, abriendo paso a un espacio inmenso donde hay nada y todo, una línea temporal maliciosa y una vasta oscuridad que flota atravesando una barrera: todo ello resume la naturaleza retorcida de la realidad. Una melodía se desmorona al primer respiro… y, desmenuzadas, aparecen las flores. En medio de ese vacío fragmentado, ellas cobran vida: están aquí y allá al mismo tiempo; su realidad es múltiple. Sus copias me persiguen: se levantan, corren, se bañan, mueren, toman decisiones y no preguntan. A veces no sé quiénes son ni qué son. Hay que diferenciarlas y no sé cómo. Cuando una realidad se hace insoportable, desaparecen y aparece una sombra resistente que enfrenta lo imposible.

Es esa misma sombra la que me arrastra de vuelta a las preguntas esenciales, haciéndome pensar que, si uno supiera de lo que se va a arrepentir más tarde, ¿se podría viajar en el tiempo hacia el olvido y arreglar algunas cosas? Mejor no, tal vez es más lo que pierdes que lo que ganas. Que alguien me diga en un sueño hacia dónde debo dirigirme con seguridad… Solo cambiaría algunos nombres; llamar a los hijos con los nombres de sus padres es quitarles identidad, recordarles que pertenecen a otros, y ahora estoy clara de que no le pertenecemos a nadie. Ni nadie nos pertenece.

¡Háblame, Gandy! Sorpréndeme.

Ayer supe que moriste; ese fue tu mensaje, semejante al que me dejó mi padre…: «Somos prescindibles».

 

ERROR DE FÁBRICA

¿Qué sentido tiene estar aquí si siempre hay alguien —dentro o fuera de mí— observando, impidiéndome alcanzar la libertad de vivir el instante puro? Mi momento se contamina. Solo quiero seguir siendo el animal limpio que nació conmigo, sin el lastre de ser “la hija del pedófilo de la cuadra” o cualquier otra aberración del destino.

¿Por qué despertamos tan pronto del primer sueño de la vida? A veces ni siquiera logramos habitar ese paraíso antes de que la conciencia irrumpa con su boicot. Somos una mutación del animal sagrado; una versión perversa que carga con el fardo de saberse viva. Pepe, mi perro, ignora la gramática de su nombre. El pájaro azul no sabe que carga con el cielo en las plumas —o quizá sí, y por eso elige colores para sus nidos—, pero ellos no saben que existen, ni que un día el hilo se cortará. Nosotros, en cambio, habitamos nuestra propia despedida.

Padecemos la enfermedad de saber, programar y controlar. Nunca dejamos de pensar, ni siquiera en el refugio de nuestras funciones más terrenales. Esta mañana, en la urgencia del cuerpo, me asaltó una visión: me vi en un autobús, frente a una anciana. Nos reconocimos por unos segundos. Supe lo que ella pensaba y, mirándome, sentenció: “Lo sé”. Al volver a mi realidad, me dije en automático: “Soy una más”. En ese instante no entendí el significado, pero ahora lo veo: uno se cree especial, pero el ruido te impide ver quién eres. El dolor y el miedo nos apartan de la esencia. Al despertar, descubrimos que todo lo que amamos es frágil; yo ya era esa anciana de mi imaginación.

No he podido escapar de mí. Siempre he tratado de evitar el silencio porque es peligroso; es un verdugo que me obliga a mirar mis cicatrices: profundas, húmedas y de colores escandalosos, ocultas bajo el ruido. Es humanamente insoportable tanta claridad. Estoy condenada a observar mi existencia atrapada en esta jaula de carne, huesos y órganos que se gobiernan a sí mismos para sobrevivir.

Esa verdad se revela en la espera constante. Al descubrir que somos mortales, no queda más que aguardar. El gato no espera, la mosca no espera. La anciana me lo hizo saber: ella se adelantó. Sabía que lo que ocurría era único y no volvería a suceder; que ignoramos cuándo será la última vez de cada cosa. Deberíamos vivir sin la certeza del fin. ¿Por qué no ser como mi gato? ¿Por qué cargar con este error de fábrica? Tal vez no se suponía que llegáramos a esto.

Miro a muchos y su deseo de ser animales. Sospecho que su disfraz es un refugio contra el horror. Están aterrados de lo que ven frente a ellos y buscan desesperadamente la inconsciencia del perro para no ser humanos. Viven, quizás, avergonzados de nuestra especie; aturdidos por un ruido que no logran descifrar. Sufren por un futuro que aún no nombran, pero que ya intuyen. Sus juegos no son juegos: son trincheras contra el horror de existir.

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