RICARDO LOZANO REYES (1993) Es un artista escénico multidisciplinario originario de la Ciudad de México. Su interés reside en explorar los puentes entre la ciencia y el arte. Su formación como ingeniero en biotecnología y su posterior tránsito hacia las artes escénicas convergen en una búsqueda que reúne danza, creación escénica y escritura. Actualmente cursa el Diplomado de Escritura Creativa en la Escuela de Escritores Ricardo Garibay (Morelos, México). Ig @untalrikii
ALQUIMIA
El planeta rojo se derrama.
No se detiene.
Extraviado, abandona a sus crías
en las baldosas,
incapaz de sostener su calor.
Por las rejillas un remolino
arrastra lo que el hueso no pudo contener.
Detrás del esternón: un horno.
Lugar donde el hierro abandonó su vocación.
Dejó de ser piedra y se volvió sangre.
Se volvió latido.
Y con cada pulso, un rostro
cada vez menos mío
se dibuja en el espejo.
La ambición por el oro
nunca fue el origen de mi ciencia,
sino el idioma de los metales
murmurando entre mis muelas.
Aquellas voces exigían un oficio
y yo les concedí la alquimia.
La bala que regresa al horno
no es suicidio, es medicina.
Paraliza al hierro,
el plomo acelerado.
Coagulado entre sarro y azulejos,
el planeta encontró en este elixir
la quietud del hierro,
al fin rendido.
Termina el tiempo de los experimentos
y en este laboratorio oxidado,
una evidencia inadvertida
comienza a resplandecer.
ANTES DE LOS CINCO
I
El riesgo es mayor
antes de cumplir los cinco años.
Los tumores no escuchan nada.
Pero después de esa edad
la ototoxicidad es más conveniente.
Me amarran para entrar en el túnel.
Si me muevo mucho, él se enoja.
No entiende que me asusta
el eco de los positrones.
La nube que riega mis brazos
lleva el susurro del galio-68.
Detrás del cristal,
un grito traslúcido trepa por tu cuello.
II
El pronóstico siempre es mejor
si se detecta en edad temprana.
Los tumores no escuchan nada.
Ah, como cuando era pequeña
y la abuela te advertía:
—Contadores, ¡no!
Y tú contestaste:
—¡Sí! Acepto.
Como cuando escuché tus brazos romperse
en tu vestido de novia,
y él te dijo:
—Así me gusta.
Ahora escucho los huesos por dentro
quebrándose bajo el peso de sus botas.
III
De hecho su caso clínico es raro:
la hipoacusia por quimioterapia
es más común en varones.
Los tumores no escuchan nada.
Yo también era rara.
Tal vez los tumores me confundieron
por no tener hoyitos en las orejas.
Tal vez por eso él te gritó:
—¡No es normal!
El zumbido óseo de las abejas
se diluye con el cloro y la tinta.
Antes de los cinco
se necesitan ambas firmas.
La de él era redondeada y sin bordes
tumor.
IV
Es importante realizar audiometrías
cada dos meses.
Es probable que sea permanente.
Los tumores no escuchan nada.
Me dijiste que eran sordos,
que no escuchan nada.
Me mentiste.
Escuchan ante todo
palabras redondeadas y sin bordes
divorcio.
Me cansé de escucharlo decir:
—Las niñas bonitas siempre usan aretes.
Me colgaron en el oído dos
de cis-dicloroplatino.
V
La terapia del lenguaje puede ayudar.
Reduciría el impacto en su desarrollo.
Dejé de escuchar a las abejas,
el susurro del galio,
sus botas en mi cuarto,
—Vas a estar bien.
El sonido roto
de los efectos secundarios.
Después de los cinco,
la ototoxicidad es más conveniente.
Ahora soy yo quien no escucha nada.
SUPERNOVA
A tu lado, el silencio es grafeno,
una malla de carbono
más dura que el acero,
más resistente que un anillo.
—¿Alguna vez has escuchado lo que dices?
En el espacio no hay sonido,
no existe un medio para él.
En el espacio solo hay silencio
y en mi silencio, solo hay espacio.
En el cine, tomaste mi mano.
Tomamos café. Hablamos.
Dejaste un cepillo en el baño.
Compraste la secadora.
Compramos audífonos.
Empezamos a repetirnos.
Mis respuestas son un agujero negro
entre tus notas de voz.
Las estrellas pasan millones de años
sosteniendo su propio peso,
y al final se mueren
cuando se les enfrían los pies.
El universo es una sábana
que conserva las arrugas mudas
de los cuerpos que ya no están.
Me quito los zapatos
para no hacer ruido.
Escúchame.
Somos supernovas explotando en silencio.