ANDRÉS ALFONSO ROMERO – Colombia – Poeta, escritor y Licenciado en Literatura y Lengua Castellana. Autor de dos libros de poesía: Sonidos del Atardecer (Breviario de amor y otros poemas) (2023) y La Eternidad de un Instante (2025). Autor de artículos y columnas de opinión que transitan en la reflexión sobre Literatura y Educación. Actualmente tiene una participación activa en redes sociales. En sus páginas sube sus frases y poemas cortos: IG: @noviembreveintidos
LA SOCIEDAD DE LA PALABRA MUERTA
En una habitación se encuentran los integrantes de la sociedad
de la palabra muerta. Las sombras en la pared tienen como
finalidad que pierdan su interés en la luz.
Todos se callan, están atónitos y se hunden dentro de sí.
La razón no se toca y dan vuelta entre sus labores.
Los rumores en las calles no son lentos, se aligeran a la velocidad
del sonido.
¡Qué Ironía!
¡Qué desconsuelo!
La pluma se queda estancada en el tiempo de la
rivalidad y la discordia.
El pincel queda con marcas de sangre sobre el tabique.
Las memorias han perdido los nombres,
al igual que las semillas que nunca se proyectaron en un
ponente árbol.
La palabra está muerta, se convirtió en una intimidad limitada,
tejen y callan, tejen y callan.
La habitación ahuyenta a los enemigos,
mientras ellos divagan en preguntas y se sientan en sus sillas
adoloridos y con la serenidad decapitada.
Intentan dar de comer a las bestias un poco de su expresión,
pero estas se derriten en calumnias.
Se filtra la voz que hace daño, yendo a dar vueltas con el reloj
y mandando al rincón los improperios, conociendo así a los que
son detenidos para que no lancen sus ráfagas y simplemente
queden encandilados con la palabra muerta.
MANICOMIO
En la casa vieja hay varios recuerdos que no quiero
que hagan recorrido por mi mente. Es la casa de las
casas, tan grande y tan profunda que se necesita más
de un ejército para llenarla.
Es una casa bonita, aunque sus paredes están un poco
corroídas, sus pasillos se engalanan con luz propia.
Sus ventanas lanzan oraciones, sintácticamente
perfectas. Es una casa que el tiempo no determina.
Está vieja, algunos la llaman madre, otros le dicen
maestra y ella dichosa sonríe.
Tiene muchos dueños encima, y también muchos
duelos. Tiene todos los colores y a la vez no tiene
ninguno, ningún asedio ha podido desterrarla porque
es una casa muy vigorosa.
Yo estuve viviendo en esa casa y nunca sentí que era
mía, ni de los míos. Sentía atisbos de estar en el
lugar incorrecto. Es una casa muy vieja. Es una casa
muy vieja. ¡Recordé! Es una casa muy vieja. Es una
casa muy vieja. Es una casa muy vieja ¡Recordé!
EL MURMULLO Y LA GRIETA
Las cosas quedaron intactas. Fue un constante
golpe de frío que niveló la quietud.
Un cuerpo que atravesó el aire llenó los espacios,
en muselinas y desbordando mareos se apropia de
una ausencia vertical.
La noche es negra, simplemente negra.
Las cosas breves quedaron intactas.
¿Cuánto podrá durar ese sueño?
Una luz se incrusta en el cuerpo invadiendo
el ámbito.
La noche es blanca, simplemente blanca.
Los crasos errores no detienen los fulgores
del pensamiento,
que suben y que bajan, que bajan y que suben.
El temor nunca se hizo palabra,
quedó vetado por los incautos propósitos de
una noche cuyos espejismos traducen
la quietud en Parkinson.
Un austero momento albugíneo y renegrido
le tiende la trampa a la masa,
las cosas quedaron intactas porque hicieron
caso omiso a la vibración de una
garganta desolada.
¿Habrá despertado?
¿Es el silencio su amuleto?
El equilibrio pone a las cosas en su lugar,
y el frágil desespero del cuerpo se adelanta
para dispersar la noche.