CAROLINE HERNÁNDEZ GONZÁLEZ nació en Puerto Rico. Su poesía explora la memoria, la naturaleza y los paisajes interiores del alma. En sus versos conviven la infancia, la lluvia, la tierra y los pequeños gestos de ternura que revelan lo extraordinario dentro de lo cotidiano. Su escritura nace de una profunda sensibilidad hacia el lenguaje y los sentidos, donde el olor de la lluvia, la textura de los árboles y la música de las palabras se convierten en territorio poético. Ha sido publicada en Santa Rabia Poetry y su obra también aparece en antologías de Ediciones Caleidoscopio y Ediciones Converso. Actualmente reside en Estados Unidos, donde continúa desarrollando su obra. Paisajes del camino es su primer libro.
Tres poemas de Paisajes del camino de Caroline Hernández González
(Colección de Poesía Panhispánica de Santa Rabia Poetry, Perú, 2026)
CARTOGRAFÍA DE TU AUSENCIA
para mamá
Te vi partir y quise detenerte.
Quería que fueras eterna.
Que tu vida indeleble permaneciera constante.
Quería tenerte siempre,
inquebrantablemente mía.
Te busqué en los lugares que habitaste
y solo encontré mis recuerdos correteando
por la casa donde vivimos.
Confundidos, buscaron el refugio de tu esencia
a la que pertenecieron y no estabas.
Te lloré entonces igual que te lloro ahora.
Tu ausencia todavía vive en el lugar que ocupaste.
Tu olor quedó impregnado en tu ropa.
Confundido, voló inquieto en el aire
buscando en cada rincón donde exististe tú.
Cuando moriste, murió contigo
la parte de mí que con tanto amor construiste.
Un vacío habita la existencia a la que pertenecí
cuando ocupabas mi mundo y era completa.
Me rompí en pedazos diminutos
y perdí parte de mi ser.
Mis pedazos cayeron esparcidos en caminos desconocidos,
donde no nacen las flores y mis pies no llegan.
Allí donde la muerte habita.
CANSANCIO
¿Cuándo descanso?
El peso me aplasta.
La esperanza
apagó su luz.
Mis piernas inquietas
no tienen a dónde ir.
Los pasos van lentos,
indecisos,
con miedo de equivocarse.
El camino que conocía
se ha perdido.
Las malezas y enredaderas
lo cubren.
Un día cotidiano
trae la amenaza
de una tristeza escondida
en lo simple:
tus comidas favoritas,
la ropa que olvidaste.
El perfume en el frasco de cristal
pregunta por ti.
La ironía se ríe de mí.
Tus manías y malos hábitos
que antes me molestaban
hoy me hacen extrañarte.
Cada día,
una montaña en tinieblas.
A ciegas
palpo
el aire espeso.
Te busco.
Mis latidos,
lentos y cansados,
hacen llorar al corazón.
Yo también camino lento,
cansada,
con el llanto en la cara.
Mi última esperanza
se ha marchado.
NO ESTOY
Cuando te marchaste,
quedé yo.
No me reconozco
en este espacio
que habita mi cuerpo.
La cara que me mira no es la mía.
Los lugares son los mismos,
pero en cenizas,
llenos de escombros.
Muertos.
Estos lugares vivieron
al ritmo de la risa,
y la canción de un niño,
con el ruido ensordecedor
de la ciudad
que en mis oídos
enmudece.
Deambulo sus calles,
con envidia
de la gente alegre,
sus pasos seguros
y la forma intacta
en que habitan el mundo.
Sonámbula
en una pesadilla.
He dejado de ser.
Me busco en las pequeñeces.
No estoy.
Todo parece extraño,
ajeno.
Mi piel se humedece
con la lluvia de lo que perdí.
Un pedazo de mí escapó al mundo.
Lo busco.
Lo encuentro en el pasado,
temblando,
Le tiendo mi mano,
pero la distancia es mucha
y el tiempo no basta.
En este abismo
somos inalcanzables.
