102. Año 11 | 2.ª Ed. Quincenal May. 2026 | DESIRÉE JIMÉNEZ COLLIE – La gravedad de las cosas pequeñas [Cuento]

La escritura de Desirée Jiménez Collie se sitúa dentro de una poética contemporánea profundamente interesada en la relación entre cuerpo, lenguaje, memoria y percepción. Sus textos construyen un universo donde la experiencia emocional nunca aparece como simple confesión íntima, sino como materia viva capaz de transformarse en imagen, espacio y pensamiento. A través de una voz contenida pero intensa, sus poemas exploran la fragilidad humana, la persistencia de la memoria y las múltiples formas en que el dolor, la ausencia y el amor habitan lo cotidiano. Uno de los rasgos más distintivos de su obra es la capacidad de convertir lo doméstico en territorio simbólico. Habitaciones, zapatos, ventanas, mesas, humedad o silencio adquieren densidad emocional y funcionan como extensiones de la conciencia. Su escritura evita el exceso ornamental y privilegia una respiración precisa, donde cada imagen parece surgir de una observación profundamente humana. Existe además una atención constante al ritmo interno del lenguaje, al peso de las palabras y a aquello que permanece incluso después de ser nombrado. La obra de Jiménez Collie revela una autora con una voz reconocible, capaz de desplazarse entre la poesía breve, la prosa poética y estructuras narrativas de gran intensidad imaginativa. Sus textos dialogan entre sí como parte de una misma exploración: la necesidad de nombrar el mundo antes de que el mundo termine por borrar sus significados. En esa búsqueda, su escritura encuentra una de sus mayores fuerzas: hacer visible aquello que normalmente permanece respirando debajo de las cosas.

 

 

La gravedad de las cosas pequeñas

 

La niña comenzó a subir a las nubes a los siete años.

No literalmente.

Aunque al final nadie pudo asegurarlo.

Todo empezó porque pasaba horas mirando el cielo desde la azotea de la casa. Mientras los otros niños corrían, gritaban o se rompían las rodillas contra el pavimento, ella permanecía inmóvil observando cómo las formas cambiaban lentamente sobre la ciudad.

La madre decía:

—Esa niña vive en otro mundo.

Y quizá tenía razón.

La niña empezó a distraerse durante las conversaciones. Dejaba la comida enfriarse. A veces sonreía sola, como si alguien acabara de contarle un secreto al oído.

—¿En qué piensas tanto? —le preguntaban.

Ella señalaba arriba.

Pero nadie entendía.

Con los años comenzó a pasar más tiempo en las alturas. Subía árboles. Techos. Escaleras de incendio. Cualquier lugar desde donde pudiera mirar las cosas de lejos.

Decía que desde arriba las personas parecían menos crueles.

Más pequeñas.

Más tristes.

A los doce años escribió en una libreta:

“El problema del mundo es que todos lo miran demasiado de cerca.”

La maestra llamó a la madre preocupada.

Dijo que la niña tenía dificultades para “adaptarse a la realidad”.

La llevaron a psicólogos.

Después a iglesias.

Después a médicos.

Todos hicieron la misma pregunta:

—¿Por qué no quieres vivir aquí abajo?

Y la niña respondió algo que nadie olvidó:

—Porque ustedes confunden el suelo con la vida.

Con el tiempo dejó de hablar casi por completo.

Se sentaba junto a la ventana durante horas, observando el cielo como quien espera una señal.

El pueblo comenzó a inventar historias.

Que estaba loca.

Que veía ángeles.

Que un día terminaría arrojándose desde algún edificio.

Pero no ocurrió nada de eso.

La niña simplemente siguió creciendo.

Silenciosa.

Lejana.

Hasta aquella tarde.

Tenía diecisiete años cuando desapareció.

La encontraron al anochecer sobre la azotea de un hospital abandonado. Estaba acostada boca arriba, mirando las nubes con una tranquilidad insoportable.

Parecía dormida.

Pero no respiraba.

No había señales de caída.

Ni sangre.

Ni dolor.

Sólo una expresión extraña en el rostro.

Como si finalmente hubiera entendido algo.

La gente habló durante años de aquella muerte.

Algunos dijeron que fue suicidio.

Otros, un accidente.

La madre nunca aceptó ninguna explicación.

Porque cuando revisó la habitación de su hija encontró una última frase escrita en el vidrio de la ventana.

Decía:

“No quería irme del mundo.”

Y debajo, apenas visible:

“Sólo necesitaba aprender a mirar las cosas desde la distancia correcta.”

 

 

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