101. Año 11 | 2.ª Ed. Quincenal May. 2026 | ABEL SANTOS – El escritor es un fingidor

ABEL SANTOS es un poeta de Barcelona que ha bautizado su poética de Realismo Bastardo, que bebe tanto del mundo real como del mundo poético o más introspectivo, sin un claro movimiento literario como padre definido. Ha publicado 11 poemarios a día de hoy y colabora en numerosas asociaciones, tertulias y revistas y participado en un buen número de antologías. En Instagram se le conoce como @lapoesiacontinua

 

 

 

EL ESCRITOR ES UN FINGIDOR

 

 

 

Si pudiera simplemente escribir

en lugar de ser poeta, tener lo que se dice futuro

—una de esas casas de novelista

con grandes cristaleras que dan a la playa—,

donde teclear y vivir tranquilo

un final abierto para la historia de nuestro corazón roto.

Porque el escritor sólo es escritor cuando escribe,

por mucho que diga, que poetice,

que siempre está pensando en literario.

 

En cambio, ser poeta, a veces cansa, y duele:

 

Soy vertical, pero preferiría ser horizontal.

Yo nací para robar rosas de las avenidas de la muerte.

La articulación más insignificante de mi mano

avergüenza a todas las máquinas.

Es necesario estar siempre ebrio…

Para no sentir la horrible carga del tiempo.

 

Así lo sentían

la suicida Sylvia Plath,

y el incorregible Bukowski,

y el capitán Whitman,

y el insensible Baudelaire.

 

Sé que la poesía, con los años, se deja de escribir.

 

Sin embargo, si pudiera escribir sin más

en lugar de ser poema.

Porque el corazón del poeta no para de sentir,

siente la gloria y su miseria, la poesía y sus sueños,

incluso cuando duerme.

 

Poetas santos o malditos, de la lógica o la experiencia,

sociales o místicos, qué más da.

 

Somos perdedores, pero tenemos esperanza.

Somos un fracaso, pero tenemos la verdad.

Somos ordinarios, pero tenemos la poesía.

Somos fingidores, sí, pero no tenemos cuento.

Todos luchamos para que no seas castigado

sin la luz del pasillo

esta noche cerrada, monstruosa

 

 

 

EL MISIONERO

 

 

 

Me aburres, poeta, me decía la santísima poesía

con el cigarrillo de después entre los dedos,

escribes muy bien, Santos, no lo puedo negar,

ya te habrán dicho más de una vez que escribes como
los ángeles,

te pones encima de mí y me haces el amor,

y te pongo cara de boba

cuando susurras bellas expresiones de luna de miel que
ya nadie usa,

cuando me hablas de la vida y de la muerte,

del amor, de la eternidad, de envejecer juntos,

y me da mucho gusto todo eso.

Me llamaste y he venido otra vez, aquí me tienes,
desnuda,

entre páginas blancas de seda,

pero me canso de estar debajo de ti,

de tus todavía pueriles ganas de cambiar el mundo,

de tus lágrimas asépticas, de que me llames musa,

del poder de la pura palabra y esos espejismos,

porque no abres los ojos, no tienes ni pajolera idea

de lo que pasa a tu alrededor, como muchos poetas,
no eres real,

no me despiertas como un cuchillo,

y hasta San Pablo Neruda iba con un cuchillo verde
por las calles

gritándoles al oído a las monjas.

Estoy cansada de tu estilo, de tu monocorde
solo de bebop para saxo que no se ríe de las normas,

de tus predecibles duros poemas en postura del misionero,

de esta partida de cartas románticas sobre la cama,

de tanta sota, caballo y rey.

Quiero que seas brutalmente sincero conmigo, y contigo,

delante de todo el pueblo y para el pueblo,

quiero que me des una vuelta

de hoja, que me lo hagas por detrás, y de lado, y de pie,

y de rodillas, que termines derramando tu malaleche en
mi cara sonriente

de mimada reina de los premios de poesía concertados.

Estoy cansada, repito, de tu Poesía Postura Misionero,

quiero que termines de una jodida vez

lo que has venido a hacer conmigo,

como solo aquellos elegidos

que conocen su verdadera misión en el mundo

saben beneficiarse a la vida y a la muerte

libres de toda impostura,

sin tocar y retocar tanto la misma parte del poema,

el mismo poema,

de la misma forma, hecho así, cientos, miles de veces,

el mismo poema.

 

Y entonces, y sólo entonces, poeta,

tendré un brillo especial en la mirada

cuando me llames

amor.

 

 

LA TENTACIÓN

 

 

Te bajé la falda y vi entero París,

como dice la canción,

 

y encontré a La Maga en un autobús desangelado,

y me olvidé de llevarle flores a Jim Morrison,

y se hicieron carne los nocturnos de Chopin,

y profundicé en la poesía de Pedro Salinas

que vivió toda su vida casado

amando en secreto a otra mujer,

y me reí de Picasso y de todas sus amantes,

y Mimi ya no me parecía esa mezcla

de inocencia y madurez sexual

en Lunas de Hiel, de Roman Polanski,

y sentí por ti un amor más grande

que el que Scott Fitzgerald tenía

para ese aire jazzeado de su preciosa Zelda,

y ya no quise ser Bartleby o Rimbaud,

y cancelé con estos versos

todos mis viajes al desierto de la literatura,

porque comprendí a Hemingway

cuando lanzó la pregunta

de si había amado tanto a una mujer

como para ver a la muerte frente a mí

mientras le hago el amor.

 

Te bajé la falda y vi entero París, el París

que no acaba nunca, lo recuerdo muy bien,

 

y bajar tus medias y besar tus muslos

era lo mismo que el aroma

tratado con la calefacción

que ahora sale del interior

de las perfumerías y creperías

en mis fríos y muertos paseos invernales.

 

Y aquí me detengo, un instante,

antes de seguir mi camino.

A tantas vidas ya de entrar en tu vida.

Pero no deseando nada más,

nada más que no sea dejar abierto

 

este poema.

 

 

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