JOHN KENNETH GIBSON vive en Carolina del Norte, Estados Unidos. Escribe poesía en español y en inglés. Sus poemas han aparecido en Agradecidas Señas y Poetry Potion. Obtuvo una maestría en español por la Universidad Estatal de Carolina del Norte.
El corpus
De “Procesión del Corpus Christi por el interior de la Catedral de Sevilla (1845)” de Joaquín Domínguez Bécquer.
El olor de incienso llena el aire. Los acólitos,
en rojo y blanco, balancean los incensarios.
Cuatro sacerdotes en capas doradas portan
los varales del palio blanco sobre el Santísimo.
Los feligreses se arrodillan, unos a destiempo.
Las voces del coro suben entre las columnas
envueltas en telas escarlatas y con cintas doradas.
Detrás del desfile se alzan el altar y, a su lado,
la plateada custodia de Arfe. Tinieblas misteriosas
gravitan sobre los devotos como la nube oscura
sobre el Monte Horeb o sobre el Monte Tabor.
Desde lo alto, en la penumbra viva,
una luz cana y carmesí brilla por la galería
mientras la procesión avanza hacia el umbral.
Tu rojo pintalabios
Los pinos que rodean mi casa velan
el cielo. Donde el ramaje cede,
las luces de las farolas y la humedad
lo borran todo.
Escuché que en ciega oscuridad
se podía ascender por la Vía Láctea a abrazarte
pero no lo creí, hasta el día en que pasé
por encima de las nubes en la montaña pintada.
Fijé mis ojos azules en los tuyos oscuros.
Mi cuerpo se estremeció al tocar tu piel morena.
Aspiré tu perfume eléctrico. Una luz roja abrió
la oscuridad—todo brilló como en el parto del universo.
Lancé un grito de ahogado.
Recién nacido.
Los tanques
«Sean raros. Hemos aprendido
está bien ser raro», dice el alumno
en su traje azul con una corbata roja
a sus compañeros de clase
en la escuela media para los superdotados.
La subdirectora, en un vestido verde,
pronuncia el nombre del alumno.
Sus familias y amigos gritan y aplauden
y gritan. La directora, sonriendo, da la mano
y entrega el certificado de promoción.
Tras la ceremonia, todos se reúnen
en la acera frente al edificio recién pintado.
Una madre sostiene globos dorados
en forma de estrella que se mecen
con la brisa fresca. Una chica sopla burbujas.
Las familias conversan mientras avanzan
hacia sus carros junto a una gasolinera
con aleros podridos. Carteles rasgados baten
contra madera contrachapada. Bajo la cubierta,
donde antaño los carros llenaban sus tanques,
hay dos montones de mantas. No se mueven.
En la cabecera de uno se alza un andador
con ropa colgando de sus asas. Un pie humano—
desnudo, manchado e hinchado— sobresale
de las mantas contra el concreto.