ELENA PILES (España, 1987) es escritora y poeta. Ha participado en recitales y encuentros literarios y ha publicado poemas, relatos y ensayos en diversas revistas culturales. Es autora en la obra colectiva El corazón de Akasha y en 2026 publica su primer poemario, Artesanía del Alma (Valparaíso Ediciones). Su obra y trayectoria literaria pueden seguirse en www.elenapiles.com y en Instagram, @elena_piles.
CANTE JONDO
Esta es mi ofrenda al Logos:
un jarrón roto, pero no hueco.
La noche en que cumplí años
también murieron mis deseos.
Los días —lluvias breves—
antes fueron arenales desiertos.
El silencio pesaba más
que un saco de huesos;
la fiebre daba forma
a mi animal secreto.
Madre: los peces ladraban en los sótanos,
la bilis extendía su veneno
por mi tráquea.
Mándame un trueno
que parta las vigas del insomnio;
rodéame, por fin,
con la ternura necesaria.
Fui la que gritó en la avenida,
la que vomitó estrellas negras,
la que rezó
para que un taxi se parara.
Metralla de infancia
estallando escaparates.
Dios electrocutado
en prisiones marginadas.
La luna acabó tragándose
el último de mis gritos
como una ballena
que devora la morralla.
Ahora me alimenta la sopa tibia
de lo cotidiano,
y sorbo el caldo de la experiencia amarga
con lentas cucharadas.
Hago y deshago; me ciño la escafandra.
Repito el gesto aprendido en los espejos.
Esta es mi ofrenda al Logos:
un cante jondo
para recuperar el alma.
FOTOGRAFÍA SEPIA
Y guardé las viejas fotografías
bajo la cama,
sepultadas en una bolsa azul
como si el pasado tuviera un color
diferente, y pensé
que, alguna vez, yo seré
una de esas fotos
que nadie sabrá dónde esconder.
Que seré yo la que mire
desde el papel
con la misma expresión desdibujada
de quienes ya no tienen voz,
con los ojos detenidos en una tarde
que para mí no existirá.
Un día, alguien,
sin conocer mi rostro,
tomará mi imagen y decidirá,
sin culpa,
arrojarme al fuego
como si nunca hubiera estado allí.
Y colgué el traje de mi comunión
en la percha del cuarto de baño,
como si aún pudiera esperar
a la niña que fui;
como si el agua pudiera lavar
las sombras que persisten en la tela,
pero no tuve más remedio que rendirme
porque la sangre salpicaba,
insistente, en la bañera.
¿Me aguarda acaso un porvenir
o es difícil extraer de los sueños la materia?
El alma de los días olvidados
es una ficha en casas de apuestas,
calavera sonriente en el alféizar
burlándose de mí con voz funesta.
Porque, a veces, la vida se reduce
a ciertas fotografías sepias,
olvidadas, a su suerte,
en una bolsa azulada bajo la litera.
LO QUE HEREDA LA SAVIA
Dicen que hay un olivo de cuatro mil años
que aún sostiene aceitunas en el aire.
Pero si plantas el hueso de una sola aceituna,
no vuelve a ti un olivo, sino un acebuche.
Así, también, la sangre: lo que hereda la savia
ya no repite el milagro, lo desordena.
Crees fijar la herencia y abres intemperie:
de tu paciencia antigua brota un mundo perenne.
No hay árbol que prescriba la forma de su fruto,
ni padre que diseñe el esqueje de sus hijos.
La rama que domaste se suelta de tu mano
y aprende de la escarcha su propia negativa.
Quizá talen los campos, los olivares mansos.
Quizá la resina destile su elixir del árbol.
Mas de cada hueso parte un misterio profundo:
volver al monte agreste, desobedecer al surco.
Habrá cuerpos dóciles, doblados por la lluvia,
nombres que se alineen como troncos numerados,
pero en la vieja sangre persistirá una semilla
que soñará con salirse del mapa conquistado.
Al final, cuando talen también nuestro esqueleto,
alguna rama torpe escapará del fuego.
Y en medio de una tierra por nadie administrada,
el acebuche anónimo regresará a su ancestro.