136. Año 10: PEDRO LUIS IBÁÑEZ LÉRIDA | Que en algún entonces

PEDRO LUIS IBÁÑEZ LÉRIDA. Sevilla. España. Poeta, articulista y comentarista crítico y literario en diversos medios de comunicación. Fue miembro del Consejo de redacción de la Revista de Literatura Nueva Grecia y coeditor de Ediciones En Huida. Pertenece al Centro Andaluz de la Letras -CAL-. Miembro fundador y coordinador de la iniciativa ciudadana, literaria y rural Encuentro Letras Celestes, en la que actualmente desarrolla su labor editora y cultural. Su última obra publicada El milagro y la herida.

 

DESANDO LAS PALABRAS. Mi padre me enseña a leer y escribir. Me resisto a sustraerme de mi caligrafía dibujada sobre papel de estraza. Cuido su trazo en punto de honra hacia él. Mi madre con retales de tela vaquera que compra al peso, confecciona pantalones para mí y mis hermanos. La máquina de coser Singer es una trepidante locomotora. El pedal oscila vertiginosamente al ritmo de sus piernas, mientras las manos van disponiendo la prenda que cala la aguja con hilo color cúrcuma. El reflejo de las gafas y su concentración en la labor me punzan observándola desde el pasillo. Me recorren palabras nuevas y empiezo el camino del retorno. Es como una canción infantil que reúne en su sencilla letra y melodía la memoria anónima e íntima del candor que fui.

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QUE EN ALGÚN ENTONCES la renuncia no se vislumbrara como propia, no evitó que finalmente legara el testamento al olvido. Mas la casa sucumbió en el naufragio del tiempo que dejó de nombrarse en aquel. A pesar de la ruina de los muros, el hundimiento del techo y la desolación que le rodea, la aproximación al hogar se presiente. Donde se vivió queda el anónimo vestigio de lo habitado, aunque inmundicias, escombros y naturaleza bravía reposen en su vencimiento. De esta muerte a la intemperie, cadáver insepulto, el renacimiento del lugar donde se atrinchera la decadencia con su exorno de desvalimiento. Y este pase en vigilia que es la existencia y su quehacer interminable, con la sombra a cuestas.

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FRUFRÚ DE TU CORAZÓN envuelto en la seda de mis manos temblorosas. Ese roce me contiene hasta que las tuyas me serenan y liberan con la paz crecida en la penumbra. La llama de la velita sacude su pequeño ojo de fuego. La estancia es una gran pecera claroscura donde se vierten reflejos de peces dorados. Chisporroteo por dentro. Arde la transparencia en este silencio que va de tu alma de la mía. Es un puente en el aire que ninguno atraviesa. Ruge el tigre del deseo, pero no nos inmutamos. Esta quemazón no chamusca las cartas de amor que escribo en tu mirada.

 

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