SILVIA COMPANY DE CASTRO (Valencia, España) es poeta, docente y autora del poemario Todo lo que perdí mientras te buscaba (2023). Su poesía gira en torno a la memoria, el miedo, la identidad y las distintas formas de la ausencia. Actualmente ultima Desde la otra orilla, su segundo libro. Instagram: @silcece
1
Me gustaría
destender recuerdos
como quien recoge la ropa
del tendedero.
Quitarles la pinza
en silencio.
Como si doliera más
cuando uno recuerda en voz alta.
Dejar en la barra un poco más
los que aún gotean.
Porque hay heridas
que no saben secarse a solas
y recuerdos
que si te los pones húmedos
te calan los huesos.
Como el frío
de las calles de Valencia
en noviembre.
Doblarlos despacio,
como se dobla el dolor
cuando no queda sitio
en el pecho.
Y guardarlos
en ese cajón
que lleva tu nombre
pero ya no duele.
O no tanto.
Ese cajón que no abro
desde que entendí
que dejar de doler
también es una forma de quererse.
Dejarlos ahí,
con olor a pasado,
planos, tranquilos,
como si el tiempo supiera
planchar lo que yo no supe dejar de arrugar.
Y tal vez,
cuando la nostalgia ya no me roce,
volver a vestirme de ti
sin morirme de frío.
2
Tengo miedo.
Miedo a todo tipo de arácnidos.
A mirar debajo de la cama
y encontrar un calcetín usado
o algo peor: el vacío.
Miedo a los monstruos de afuera,
los que no tienen garras
pero sí horarios,
corbatas, promesas, excusas.
Miedo a huir tan lejos
que no pueda volver a encontrarme.
A quedarme quieta
y oxidarme en mi propia sombra.
Miedo al nombre
y al hueco que deja.
A la soledad
de estar con alguien.
Miedo a la oscuridad
porque guarda lo que no quiero ver.
A la luz excesiva
que muestra lo que prefiero ocultar.
Miedo a no llegar
al último día del mes,
a hacer cuentas con los dedos
y que no sumen lo suficiente.
Miedo a regresar sola a casa
y a lo que me espera en la puerta.
Miedo a que lo desconocido
me conozca primero.
Miedo a sufrir.
A soportar.
A fingir que no pasa nada.
Miedo a despertarme un día
y no tener miedo,
porque eso significaría
que ya no tengo nada que perder.
3
En el colegio
perdimos años
como quien pierde calcetines
en la lavadora.
Horas y horas
aprendiendo los afluentes del Ebro
que jamás nos invitarán a cenar.
Memorizamos fórmulas,
himnos patrios
y capitales que ya no existen,
pero nadie nos enseñó
a decir que no
sin sentirnos culpables.
Después
nos graduamos
en supervivencia.
Bienvenidos a la adultez:
ese parque temático
donde fingimos ser responsables
mientras nos rompen las ganas
en trozos de 40 horas semanales.
Trabajamos
para pagar alquileres que no pisamos,
para sonreírle a jefes
que no nos hacen gracia,
para socializar con gente
que no tragamos.
Nos repetimos: es temporal.
Como si la vida no lo fuera también.
Nos prometieron que después,
cuando llegara “ese” futuro,
sería distinto.
Y lo fue.
Ahora miramos hacia atrás
como quien abre la nevera
por quinta vez
esperando encontrar algo
que no guardamos nunca.
Y sí,
el presente
se nos escurrió
como jabón entre dedos mojados.
Y nosotros,
limpios, cansados,
y sin haber jugado
lo suficiente.