HILDA HURTADO (México, 1983) es escritora y arquitecta, residente en Luxemburgo. Es Máster en Escritura Creativa por la Universidad Internacional de La Rioja, donde obtuvo matrícula de honor por su TFM El búho en la magnolia. Su obra explora la identidad, la migración, la memoria, el cuerpo y el territorio desde una mirada poética, simbólica y crítica. Ha publicado narrativa en revistas internacionales, participado en encuentros literarios y académicos en España y Luxemburgo, y fue seleccionada para una mentoría de la Cátedra Vargas Llosa. Es autora del blog Le Cri de la Chouette.
No tengo inspiración
No tengo inspiración,
sólo una turba de pensamientos que desborda los márgenes,
que no consiente la disciplina de la hoja.
Son vastos.
Gravitan como planetas enfermos,
lo impregnan todo con una densidad casi litúrgica.
Si descendieran al blanco,
profanarían su pureza con llagas profundas,
de un púrpura oxidado,
como vino coagulándose en la memoria de los muros.
¿De qué color son mis pensamientos?
Hoy me asalta la pregunta
como una lámpara en mitad de la noche,
la del ermitaño.
Ignoro su nombre,
pero sé que arden:
son de un color excesivo,
difícil de tolerar,
de una intensidad que no pide permiso.
A veces hay tanto que decir
que la lengua se rebela y se anuda,
y en la garganta crece un nudo
hecho de sílabas no nacidas,
de verbos aplazados,
de cartas que nunca serán enviadas.
Y ese nudo obtura el mundo,
lo suspende, lo frustra,
lo vuelve inhabitable.
No tengo inspiración.
Y, sin embargo, me sobran ideas:
vuelan como pájaros incendiados en la mañana,
y, al caer la noche,
se vuelven cuervos,
se vuelven lechuzas,
custodios de un saber que no me pertenece aún.
Algunas hieren con su filo lúcido,
otras ríen con una crueldad festiva;
hay las que se abisman en lo complejo
y las que regresan, obstinadas,
con la nostalgia en la boca.
No tengo inspiración.
Pero siento.
Sigo sintiendo con una hondura que me desborda,
aun en cada palabra que rehúso escribir.
No tengo inspiración,
y, sin embargo, late mi corazón
como si ya estuviera trazando
las imágenes que nunca concedo al papel.
Sé el destino de esa hoja:
manchada de mí,
de mis excesos y mis sombras,
terminaría plegada sobre sí misma,
arrojada al olvido doméstico de un cubo de basura,
donde reposan las confesiones que no quise sostener.
Que nadie quiere escuchar.
Ya no envío.
Ya no nombro.
Ya no entrego.
Pero sigo sintiendo.
Hoy no tengo inspiración.
Pero permanezco:
viva,
irremediablemente viva,
sintiendo.