145. Año 11 | 2.ª Ed. Quincenal Jul. 2026 | IVÁN GONZALO RODRÍGUEZ – Oratio de igne

IVÁN GONZALO RODRÍGUEZ (Madrid, España, 1991) es poeta, crítico, prologuista y antólogo. Ha cursado estudios de Comercio internacional, Transporte y Logística. Su obra ha aparecido en diversas antologías y en revistas como Licencia poética, Philobiblion y Casapaís. Como antólogo, preparó Luz Violenta. Antología poética 1998-2021, de Jesús Urceloy, (Reino de Cordelia, 2021). Instagram: @gonzalorodriguezivan

 

 

BADALONA FRENTE AL MAR

 

Look like nothing’s gonna change

Everything still remains the same

Otis Redding, Sittin’ on the Dock of the Bay

 

 

Ella todavía no lo sabe.

Mientras escribo esto, riega las plantas
de una casa que ya es una fotografía.
Ha comprado pan para dos. Ha dejado,
como siempre, la última onza de chocolate
sin comer, por si acaso, por si soy yo.

Nueve años esa onza.

 

Al bodegón lo llaman naturaleza muerta
y, por una vez, tienen razón.
Esto es una naturaleza muerta con nosotros dentro:

dos cepillos de dientes gastados por el mismo lado,
una orquídea de Alcampo con vocación de esqueleto,
tu pelo largo quieto en el desagüe como un delta,
y en el calendario de la nevera, en mayo,
una boda de otros a la que ya sé
que iré solo.

El pintor firmó y salió del estudio
hace tiempo. Nadie ha tocado la fruta.

 

Nadie le ha dicho aún que vive en pasado.
El único que puede decírselo
está en Badalona, mirando el mar,
ensayando en voz baja la frase

como se ensaya un disparo.

Me vine a Badalona

para hacerle la autopsia a un amor que aún respira.
Nueve años ya. El cuerpo está caliente.
Ese es exactamente el problema.

El amor no se muere delante de ti,
se muere en otro cuarto mientras friegas.

 

Bajo Dalt de la Vila la ciudad muerta
le hace la digestión a la ciudad viva:
Baetulo, tripa romana, cardo y decumano,
donde ahora cuelga la ropa interior de los vivos.

Bragas al sol sobre el foro. Así de simple
es todo lo que jura ser eterno.

La ciudad romana bajo esta ciudad
no supo nunca que había caído el imperio.
Siguió un tiempo cobrando, celebrando,
regando sus plantas.

 

Sé de qué me habla.

Nosotros también seguimos celebrando
los aniversarios del imperio,
encendiendo velas sobre una tarta
que hace tiempo que es mármol.

 

Nueve años no se rompen
y llevo todo el sábado palpándome
buscándome la línea de corte, el perforado,
como un sobre de azúcar.

El amor trae instrucciones de montaje
y las seguimos todas:
el idioma privado

de los sobreentendidos y los motes,
que será lengua muerta si me voy.
Yo, su último filólogo,
penado a traducirte para nadie

el resto de mi vida.

 

Nueve años, y no sé si eres mi casa
o mi yacimiento.

No es que no haya amor.

Hay amor y aun así.

Ese aun así que llevo

alojado como una espina de sargo
pequeña, imposible de toser.

Me duele hasta lo bueno. Sobre todo
tu mano en mi nuca como una firma;

tu espalda dormida, esa cordillera
que cruzaba camino al baño a oscuras;

la sopa que me hiciste con fiebre, humeando
como un pequeño dios de andar por casa;

la última vez que hicimos el amor,
tan educados, tan puntuales,
que al terminar casi nos damos las gracias.

Ahí está el cráneo.

Debajo de las gracias.
La quise
y todo lo que tuve no alcanzó.

Nadie tiene la culpa de su altura.

El amor cumplió. No me traicionó.

Hizo lo que los vivos hacen,
que es durar lo que duran,
y nosotros firmamos siempre
en nombre de dos desconocidos
que no pudieron leer el contrato
y que ahora vienen a decir, educadamente,
que ellos no deben esa deuda.

 

Sigo bajando. Todo aquí señala y no agarra.

En la playa queda la mancha del Dimoni.
Cada mayo levantan un demonio de cartón
y lo queman de cara al agua, con aplausos,
y el mar se traga las brasas como pastillas.

Aquí a lo que se acaba le prenden fuego en público.
Lo llaman fiesta. Dicen:
será más grande el año que viene.

Al lado hay una silla de plástico

sola, blanca, de cara al agua,

con las patas hundidas en la arena

como una novia vieja.

Me siento. Qué otra cosa se hace
delante de un cuadro que te está esperando.

 

Estos nueve años tuve las dos manos
ocupadas en quererte
y no tocar la nada.

Temo el hueco que guarda mi figura.

La libertad, ese descampado.

Por el Pont del Petroli entro al Mediterráneo,
por su armazón metálico de insecto.
Un oleoducto viudo, osamenta

que no bombea nada, solo ruido;

jubilados, turistas y gaviotas.
Un muñón industrial, ya mirador.

Camino hasta la punta.

Seiscientos metros mar adentro, mi vida.
El viento me trata a golpes, como a un igual.

Espero la revelación.
El mar se hace y deshace
frente a todos, sin miedo a que lo vean
cambiar de idea. Pero el mar no firma.

No hay puente que cruzar.

 

Llevo todo el día preguntándome si irme
en una ciudad a la que ya me fui.

Lo que queda no es decidir.

Es decirlo.

Elegir matar lo que te dio de comer
para no morirte agradecido.

Sostener el cuchillo con ternura
no le quita al cuchillo ni un gramo.

 

Puedo elegir el día,

el tono, puedo arrodillar la voz.

La onza de chocolate
quedará a medio trecho de la boca
que confiaba en mí.

Los cuadros no se rompen desde fuera,
se rompen si por dentro algo se mueve.

Vi mi mano en la mesa, junto a la fruta intacta,
sin atreverse
a cogerla, no fuera a estropear
la composición.

Cogí la fruta;

salí del marco por el lado del mar.

Detrás quedó la mesa puesta, la luz buena,
la naturaleza muerta más hermosa
que voy a pintar en mi vida,
con todo lo que amé quieto dentro,
perfecta ya,
terminada ya,

y por eso.

 

Y ahora tú,

cuando llegues a casa,
alguien preguntará qué tal el día,
o no habrá nadie,
y eso también es una respuesta.

Fíjate bien en cuánto tardas en contestar.

En ese medio segundo

vive todo lo que este poema sabe.

 

Ahí empieza nuestra Badalona.

Ella está regando las plantas.

Quedan dos frases.

Tú ya conoces la primera.

Perdona que te lo haya hecho saber:

ahora, cuando ella lo sepa,
tú llevabas todo este tiempo sabiéndolo,

como el mar,
como las plantas,
como todo lo que ve venir la ola

y no tiene boca.

 

 

NO SE LO HE CONTADO A NADIE

 

 

¿Estará vacío todo el día

el espejo de tu dormitorio?

Derek Walcott

 

 

Ha pasado esta noche.

Lo escribo con la letra más pequeña que tengo,

por si alguien lee por encima.

 

Estaba en la ventana mirando los murciélagos,

y de repente,

la ventana de la otra casa,

—esa de la cortina que nunca, nunca, nunca—

se encendió.

 

Olvidé respirar. De verdad que lo olvidé.

Y tuve que acordarme,

igual que en la piscina sacas la cabeza

y el aire sabe a susto.

La cortina ya no era una cortina.

La tela estaba viva, naranja por dentro.

Es como cuando pones la mano en la linterna

y se te ve la sangre dormida entre los huesos.

La casa había abierto un ojo,

y me quedé quietísimo

para que no me viera.

 

Y entonces vino la sombra.

 

Yo he visto sombras. Sé hacer el águila y el lobo

en la pared del cuarto con los dedos.

Esta nadie la hacía con las manos.

Esta era una señora, o una chica, no lo sé,

era grande y despacio, ¿se puede ser despacio?

Sí, ella lo era,

y cuando levantó los brazos

para desabrocharse algo,

mi corazón subió hasta las orejas

y latía en mis dientes,

en sitios donde no sabía

que hubiera corazón.

 

Quise mirar y no mirar.

 

Tenía calor en enero.

Pensé que me estaba poniendo malo

de una enfermedad nueva que solo yo tenía.

 

Y no miré. Bueno, sí miré, y cerré los ojos.

No sé explicarlo. Seguí viendo,

lo mío, lo de dentro,

la chica hecha de cosas que me gustan:

del olor a jabón del portal de la Chelo,

de los brazos blanditos de la seño en junio,

del agua de la alberca cuando da el sol y quema bonito.

Y era tan de verdad que me dio vergüenza

ahí solo, en lo oscuro, sin que nadie me viera,

vergüenza y una alegría rarísima,

como si me hubieran dado un regalo

que no se puede abrir delante de la gente.

 

Cuando abrí los ojos ya no había luz.

Y me pasó otra cosa que tampoco sé:

me dio pena. Muchísima pena.

Pero no pena de las malas, era una pena

caliente, como el último día de feria,

cuando apagan las luces y todavía huele a churros.

 

Me fui a la cama andando raro, flotando un poco,

y las sábanas estaban más frías que otras noches

y yo por dentro como cuando tienes

fiebre que no duele,

y me tapé hasta arriba con mi secreto nuevo,

que me asusta y me gusta,

 

y antes de dormirme lo pensé muy fuerte,

por si pensándolo muy fuerte se entendía:

 

hoy me ha empezado algo.

No sé qué es. Solo sé que es mío

y que el mundo es más grande,

por lo menos un cuarto,

que no he visto nunca

y ya no se me olvida.

 

 

 

ORATIO DE IGNE

Nerón ante los padres conscriptos

 

 

¿Ya no os huelen las manos, padres conscriptos?

¿Os calienta bien el fuego que me atribuís?

 

¿Hasta cuándo abusaréis de mi incendio?

 

Oled vuestras togas.

Seis días de brea os perfuman,

seis noches de resina ardida,

de plomo goteando

desde los techos de los pobres

como una lluvia lenta.

 

Yo estaba en Anzio.

El mar me traía sal, no ceniza.

 

Bajad la vista.

Pregunto por el estilo que raspa la cera.

 

No vengo a lavarme.

El agua de Roma no alcanza para tanto.

El remo de aquella nave

aún golpea en mi sueño como contra un casco hueco.

Un hermano brindó conmigo;

el vino siguió siendo dulce en mi lengua.

Soy vanidoso

como un espejo de bronce; canto mal y exijo el triunfo;

he cobrado en sangre

los aplausos que el arte no me daba.

Yo mismo os sujetaré la escalera

mientras cincelan todo eso en mármol.

El fuego devolvédselo a las manos

que aún huelen a brea.

 

Y sin embargo

—dejadme ser artista una vez más—

admiro vuestra obra. Qué escena, padres conscriptos:

el César en la torre, la cítara en las manos,

Troya en los labios mientras Roma se le rinde en pavesas.

Ni yo compuse imagen tan perfecta. Y eso no os lo perdono.

 

Vuestro rumor cruzó el Tíber más veloz que las chispas;

entró en las termas, se desnudó, sudó con los bañistas

y salió por la otra puerta vestido de verdad.

Llegasteis los primeros.

La cera fresca aún guarda, tibia,

la huella de vuestros pulgares.

 

Os veo, siglos.

Os huelo venir como se huele la lluvia.

Un historiador me hará monstruo entero;

pintores me pondrán la lira entre las llamas,

y niños que no sabrán latín

verán mi silueta negra contra un cielo naranja.

 

Apagad, si podéis,

lo que canta un borracho en Subura.

 

Sí, canté. Después, sobre el rescoldo,

un treno por los muertos.

Al alba ya corría por las tabernas otra letra:

la misma voz, la misma cítara,

y Roma ardiendo a compás de mi música.

Vuestros copistas, padres conscriptos, tienen buen oído.

 

Sé agradecer.

Mis maestros me dieron griego y retórica; vosotros

me habéis dado la eternidad, que no se enseña.

Levantad las manos —vamos, alzadlas—: qué blancas.

La cera no mancha como la brea, ¿verdad?

Miraos. La tragedia no recuerda al coro.

Buscad vuestros rostros dentro de cien años:

ni una moneda os llevará, ni un perro ladrará vuestro nombre.

 

Vendrán otros: un hombre sentado, limpio,

aburrido, mojando el cálamo en la tarde;

soplará la tinta y arderá una ciudad

sin que huela a humo.

 

Y cada siglo trae una brazada de leña

al fuego que encendisteis con mi nombre.

 

Roma olía a cerdo asado.

Algunos pedisteis más vino.

 

El Tíber bajó lleno. Nadie pescó.

Los solares se vendieron calientes.

 

Hicisteis las dos cuentas.

 

Yo no quemé Roma.

La próxima vez

cerraré vuestras puertas por fuera.

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