151. Año 10: JUAN JOSÉ DALTON POHL | Régimen de excepción

JUAN JOSÉ DALTON POHL es un poeta salvadoreño de veinticuatro años de edad que actualmente estudia Economía en la Universidad de Colonia, en Alemania. Escribe sobre la nostalgia, la identidad latinoamericana, el amor, el exilio y la memoria histórica. Su poesía nace de las tensiones entre lo político y lo íntimo, con una mirada crítica y contemporánea.

 

 

LATINOAMÉRICA SIN PRONOMBRE

 

Por una extraña razón, no logro reconocerme,

ni como poeta,

ni como salvadoreño.

 

En el exilio de la patria uno suele buscar su ser

más allá de la comunidad a la que pertenecía.

Tramitando la legalidad,

entra -disruptivo—

el sentimiento de ser un criminal sin gracia

—leyendo Poema del Acta.

 

Tal vez, como latinoamericanos,

buscamos tanto quiénes somos

porque nacimos con la idea de que no somos nadie.

Mucho menos en conjunto,

muchísimo menos en discurso.

 

Somos los mejores nadie ni nada que han existido:

honorables pésimos estudiantes de las dictaduras,

terribles maestros de la rebeldía.

 

Somos menos que nada,

y nunca nos lo van a perdonar:

porque seguimos siendo.

 

 

RÉGIMEN DE EXCEPCIÓN

 

Qué peligro sentirse tan vivo.

Cuando la constitución se diluye,

la anarquía alcanza su apogeo,

y el control absoluto

se mezcla con la incertidumbre.

 

Sin promesas de futuro,

pero con un presente arrollador.

 

Vivimos medio vivos,

en una sociedad medio muerta,

donde la muerte,

o su sombra más cercana,

es la única capaz de acercarnos a la vida.

 

POR DECRETO, QUIZÁS

 

Hoy te extraño,

un poco más de lo normal,

un poco más de lo permitido,

bajo las doctrinas de la desesperación.

 

Fluyo, por naturaleza, en esta nueva vida

donde tú no estás,

y tu silueta ya no aparece

más allá de mi libreta roja.

 

Extraño aquella poesía melancólica y torpe,

donde mi declaración de amor al olvido

no rimaba,

ni tampoco era poesía.

 

Ojalá exista algún día un mandamiento

para convertir la nostalgia en textos literarios,

con destinatarios designados por el Ministerio Público,

sin afán de embriagarse

en la burocracia de una excusa.

 

En fin,

que cambien el mundo

para poder escribirte sin culpa – y por decreto–.

 

Casi obligado,

casi poesía.

 

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