CHEY ROJAS (México, 1979) Psicólogo social, filósofo de la ciencia por la UNAM y especialista en antropología social por la UMass Amherst, actualmente radica en la ciudad de Oaxaca donde es bibliotecario. Performancero sonoro derivado del intento de hacer música. Escribe poesía como una necesidad de búsqueda, sin que esto signifique descubrir el hilo negro de nada.
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La muerte no existe, no somos surcos de abandono.
La continuidad, la gracia de lo cotidiano, la vida;
aquella que menospreciamos con nuestros miedos;
la que tomamos por delante vigilando nuestros pasos.
Miedo
Tiempo.
¿Qué augura la existencia a la criatura envuelta en el negro?
Calmando, con su aliento, los demonios de su sien.
Ruega el perdón de su recorrido, clama por un vacío silente.
Pide que las voces sean unísonas, no que se callen.
Las escucha
Las atiende
Surcos de amoniaco penetrante,
clausuran el abandono que de niño
marcó toda la estructura viva de células
funcionantes, a pesar de la desilusión.
Escribir para no morir.
¡Que la muerte no existe!
Rasgar la tela del pensamiento
afanoso, triste, inquieto
pero maravillado del silencio
que surge al aceptar que la espera
no es un alimento, ni un soplo,
ni un gato ronroneando,
ni un billete tirado en el piso,
ni un mensaje de voz no escuchado,
ni un pensamiento que encontró
en la estela de su existencia
cabeza que lo entendiera
o labios de donde emanar;
acciones que lo arrullen con vehemencia.
Callar el afuera, no el adentro.
Pues del plexo viene el sendero
que terminará viéndote
en mi último latido.
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El olvido del tulipán.
La imagen que tengo de tu último poema visto,
aquel que narra la desdicha de un silencio,
la quietud como arma blanca, las heridas
emanadas de un tiempo congelado en el momento,
en el que confundiste amor con quietud.
La quietud no es la circunstancia vivida a tientas;
no es la vigilancia del ovillo, impidiendo la luz;
no es la raíz marchitándose por miedo al agua
ni la sombra quebradiza de un guayabo apenumbrado.
El viento tiene la propiedad de colarse entre los muros,
la gracia de mover y deshacer la piedra con constancia,
erosionando los corazones inquietos, carentes de nombre.
¿Viste caer las hojas del árbol partido a la mitad?
La vida no es como la piensas, la vida es lo que nos pasa.
El silencio se comió tu alma, no fueron mis fauces.
La paz confundida con impotencia acuñada,
no hay error en los pasos el camino no está escrito.
La creación de las visiones, la mentira que justifica.
Las hojas seguirán naciendo del tronco roto,
los frutos serán secos, incomibles, pero son del árbol
No hay error en los frutos, las ramas buscan la luz
pero la luz es un ente indomable, no una decisión.
Devenires de experiencia augurados de principio.
La naturaleza del estanque es dar vida en su sitio,
no ser un cúmulo perenne y violento de quietud.
Aspirar a la libertad del río es asumir el desborde;
asumir: hacerse cargo, tomar lo propio, no lo de otros.
La ceguera que ocasiona la soberbia, sobre el pan caliente,
sobre la sierra transformada en territorio de batallas
ante la petición de olvidar el pasado, manteniendo el propio,
respetar la muerte y no la vida de los sentimientos.
¡Qué fácil es extender la mano y tener un tulipán!
Mientras contienes las palabras que deliran la verdad,
esa que sólo conocían tus entrañas, tus carnes.
Callar fue la mejor forma de no ser la fuente de maldad.
Callar fue la estrategia de culpar mi corazón impropio.
Y ahora el reclamo, en forma de verso libre.
Con estilo de misericordia autoimpuesta por el fallo,
con la condescendencia de quien se sabe como tú,
alejado de sí, pero engreído, envenenado por la envidia.
Se olvidará, todo esto se olvidará en la hierba.
Otras aguas, de ríos, estanques, otras raíces y vientos
permearán la vida —sin ti, sin tu fallo—
pero qué se espera
de quien usa la poesía
para justificarse.
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El aprendiz
Ante mis ojos apareció la verdad…
mis entrañas sacudidas por la sentencia
no pudieron más que caer
aplastando mi dolor estrepitosamente.
No ha existido aprendizaje
que no cargue consigo, en su negro lomo,
el dolor de la transformación,
la muerte de la necia nostalgia perenne.
La madera cruje en cada trapazo
su polvo deja de ser propio para convertirse
en la inhalación de un recuerdo
habitando mis alvéolos etéreos, cósmicos.
Me liberé a una prima muy alta
mi pesar se convirtió en propósito, en hábito
mientras tú, libre y soberana,
dejaste tu miasma plasmado en mi sillón y alma.
Agradezco la vida, el manto, el vino dulce
las frutas que en cada mordisco suspiraban perdón
las gotas de la vergüenza derramada sobre
nuestro lecho propio de contemplación intoxicada.
Agradezco el sabor de la mantequilla
cubriendo los rincones opacos de la habitación
las verdes hidras comestibles matutinas y frescas
bañándose entre ajos y huevos criollos.
Agradezco que me acompañaste,
tu esfuerzo me mantuvo en pausa inquieta.
Nada de lo que sucedió desaparece repentino.
Maestra, me enseñaste lo que nadie: amar.