169. Año 10 | 1ª Ed. Quincenal Ago.2025 | SARA CES – Luz Divina

Sara Ces (España) ha participado en las revistas Ceniza, Montaje, Águila del Cáucaso y Autores. Seleccionada para Cal y Añil: Primera Edición de Antologías, (Téchne e IEHCAM), así como para las revistas Glaziar, Luminaria, Arrebol, y la Antología de poesía de la editorial Komala. Actualmente dirige y colabora en Miedos y Eso, próxima instalación de la artista textil Paz Cano.

 

 

 

Barquita dorada de cuentos

 

Le diría que ese día

me ayudó al destierro

de aquel palacio

con muros de libros

dondenocabíaunalfiler.

Donde el ritual era irme,

despertarme.

Irme.

 

Eso fue lo que pasó:

desperté al lado

de quien guardaba silencio

mientras me retorcía de miedo.

¿Os podéis creer que volví?

Volví.

Volví.

Volví.

A la celda sin llave,

sintiéndome culpable

por haberme convertido en bicho bola

y convivir con la humedad

de sus paredes escarchadas,

de su mirada negra.

Donde todo lo que no era ÉL

era inferior.

Yo, que me quemé para calentarle.

 

Cuando pasas tanto tiempo bajo tierra,

se te olvida quitártela de los ojos.

Porque no puedes,

porque no llegas,

porque no puedes.

Era inferior.

 

Le diría que fue testigo

de cómo salí corriendo

a buscar el río,

de cómo esa noche el cielo

se volvió verde

y ella, hueso.

 

Que pedí ayuda

en su reflejo,

que busqué hueco

entre los bancos del río,

pero yo, dentro del agua, no sé gritar.

 

Que su silencio

se me posaba en la ropa,

que sangré todos los posos

y sus besos.

Como cuando pegan a alguien,

se hace corrillo,

y todos quietos.

Nadie,

nada.

 

Y otra vez el bicho bola.

 

Llegó el árbol.

Árbol altivo,

o lo que yo creí que era árbol,

y me nubló con su humo,

con su sonrisa piraña,

con su tela de seda.

Pero yo, dentro del agua, no sé gritar.

 

Aquel árbol,

o lo que creí que era árbol

se movió del suelo.

Nunca vi un árbol moverse

con tanta fuerza.

Nunca pensé que costase tan poco

arrancarse las raíces

sin sentir nada,

incluso con pose descansada.

 

Aquel árbol

de abrigo largo,

que mientras yo cavaba mi cuna

o lo que creí que era árbol,

desapareció.

Árbol que mata la vida,

árbol veneno.

 

Desapareció esa noche

en la que tú,

luna fría,

me espiabas

por la mirilla más grande

del mundo.

Amarga y cruel serpiente.

Faro,

alúmbrame esta vez.

Bruja,

radiante.

Me vuelvo atleta para alcanzarte.

Barquita dorada de cuentos,

cuna de nidos,

alambre.

 

Gracias por el destierro,

de aquella habitación/barracón,

de tal frío en la carne

que los poros se quedaban muertos,

como los cuerpos de aquellos libros,

de aquellas guerras.

Todo allí: restos.

No quiero tu sombra,

árbol sin agua.

Aparta,

que quitas el sol a mi jardín

donde sobran alfileres

y alfombras.

Aparta,

que ahora soy escorpión.

 

 

 

Luz Divina

 

No todo fueron confetis,

no creas.

 

Que la nostalgia,

a veces,

juega malas pasadas

y nos hace recordar un tacto de terciopelo

cuando, más bien,

era garfio

retorciendo las cuerdas vocales.

 

Pero

la foto del jardín…

esa foto.

me conecta con el  A M O R.

 

Lágrimas en mayúsculas.

Amor MAYÚSCULO.

 

Dolor de niña

atado a tus ojeras

de vieja.

 

Tus ojos no olvidan

tus años quieta,

en esa cama

que te acorraló

como un torero

lleno de brillos

mientras a ti

se te caía la baba.

 

Sin más público

que tus lágrimas.

 

No todo fueron confetis

para ti, tampoco.

 

Mujer.

Anciana.

Muerta.

 

De la casa,

del campo,

de todos

menos de ti.

Como Dios manda.

 

Estoy segura

de que tus últimos pensamientos

fueron para él,

el TODOPODEROSO

mayúsculo

en mayúsculas.

 

Ese a quien rezabas,

al que debías tu penitencia.

Templo de tus rodillas.

 

Te pasaste la vida cuidando.

 

Mujer

del Cállate y silencio.

Del eterno sufrimiento.

Mujer de todos,

menos de ti.

 

Solo viste lo feo del mundo,

y te entiendo.

 

Pero tantas piedras en los zapatos

terminan por amputarte

las ganas de correr.

 

A ti,

que solo te hacía reír

hacer trampas al Monopoly.

 

¿Cómo pudo Dios olvidarte con ese nombre?

 

 

 

Cucharas de plástico

 

En algún momento

descuidé lo imprescindible,

lo valioso.

Lo dejé olvidado

como tortugas en el garaje.

 

La silueta de mamá

tapa justo el rayo que molesta.

 

Suelos pisados por tantas vidas.

Suelos con ojos

mirando piernas.

Vidas deprisa.

 

Qué suerte haberme atrevido

algunas veces,

algunas.

Qué suerte.

 

La vida me pone delante.

                        Y yo

                                                           enfrascada,

                                                                                                                      giro la esquina.

 

Extraña

en mi propio cuarto,

en mi propio cuerpo.

 

La espera a una misma

es la espera más cruda.

 

Estoy hecha de cucharas de plástico

del cumpleaños de alguien que no llega.

 

Hay cosas que no se curan,

y pesa el peso en la piel.

 

Encorvada para siempre,

mi pena.

Buscando eso que descuidé.

 

La última luz:

mi favorita.

 

Dando paso al cuchillo

de lo pendiente.

Los olvidados,

lo otro,

eso.

¿Por qué subimos tan bajo?

 

Hoy el pan está duro.

Hay silencio,

y la miel sabe a castaño.

 

Toda la niebla cubre mi casa,

celosa del verde.

No quiere que salga.

 

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