Sara Ces (España) ha participado en las revistas Ceniza, Montaje, Águila del Cáucaso y Autores. Seleccionada para Cal y Añil: Primera Edición de Antologías, (Téchne e IEHCAM), así como para las revistas Glaziar, Luminaria, Arrebol, y la Antología de poesía de la editorial Komala. Actualmente dirige y colabora en Miedos y Eso, próxima instalación de la artista textil Paz Cano.
Barquita dorada de cuentos
Le diría que ese día
me ayudó al destierro
de aquel palacio
con muros de libros
dondenocabíaunalfiler.
Donde el ritual era irme,
despertarme.
Irme.
Eso fue lo que pasó:
desperté al lado
de quien guardaba silencio
mientras me retorcía de miedo.
¿Os podéis creer que volví?
Volví.
Volví.
Volví.
A la celda sin llave,
sintiéndome culpable
por haberme convertido en bicho bola
y convivir con la humedad
de sus paredes escarchadas,
de su mirada negra.
Donde todo lo que no era ÉL
era inferior.
Yo, que me quemé para calentarle.
Cuando pasas tanto tiempo bajo tierra,
se te olvida quitártela de los ojos.
Porque no puedes,
porque no llegas,
porque no puedes.
Era inferior.
Le diría que fue testigo
de cómo salí corriendo
a buscar el río,
de cómo esa noche el cielo
se volvió verde
y ella, hueso.
Que pedí ayuda
en su reflejo,
que busqué hueco
entre los bancos del río,
pero yo, dentro del agua, no sé gritar.
Que su silencio
se me posaba en la ropa,
que sangré todos los posos
y sus besos.
Como cuando pegan a alguien,
se hace corrillo,
y todos quietos.
Nadie,
nada.
Y otra vez el bicho bola.
Llegó el árbol.
Árbol altivo,
o lo que yo creí que era árbol,
y me nubló con su humo,
con su sonrisa piraña,
con su tela de seda.
Pero yo, dentro del agua, no sé gritar.
Aquel árbol,
o lo que creí que era árbol
se movió del suelo.
Nunca vi un árbol moverse
con tanta fuerza.
Nunca pensé que costase tan poco
arrancarse las raíces
sin sentir nada,
incluso con pose descansada.
Aquel árbol
de abrigo largo,
que mientras yo cavaba mi cuna
o lo que creí que era árbol,
desapareció.
Árbol que mata la vida,
árbol veneno.
Desapareció esa noche
en la que tú,
luna fría,
me espiabas
por la mirilla más grande
del mundo.
Amarga y cruel serpiente.
Faro,
alúmbrame esta vez.
Bruja,
radiante.
Me vuelvo atleta para alcanzarte.
Barquita dorada de cuentos,
cuna de nidos,
alambre.
Gracias por el destierro,
de aquella habitación/barracón,
de tal frío en la carne
que los poros se quedaban muertos,
como los cuerpos de aquellos libros,
de aquellas guerras.
Todo allí: restos.
No quiero tu sombra,
árbol sin agua.
Aparta,
que quitas el sol a mi jardín
donde sobran alfileres
y alfombras.
Aparta,
que ahora soy escorpión.
Luz Divina
No todo fueron confetis,
no creas.
Que la nostalgia,
a veces,
juega malas pasadas
y nos hace recordar un tacto de terciopelo
cuando, más bien,
era garfio
retorciendo las cuerdas vocales.
Pero
la foto del jardín…
esa foto.
me conecta con el A M O R.
Lágrimas en mayúsculas.
Amor MAYÚSCULO.
Dolor de niña
atado a tus ojeras
de vieja.
Tus ojos no olvidan
tus años quieta,
en esa cama
que te acorraló
como un torero
lleno de brillos
mientras a ti
se te caía la baba.
Sin más público
que tus lágrimas.
No todo fueron confetis
para ti, tampoco.
Mujer.
Anciana.
Muerta.
De la casa,
del campo,
de todos
menos de ti.
Como Dios manda.
Estoy segura
de que tus últimos pensamientos
fueron para él,
el TODOPODEROSO
mayúsculo
en mayúsculas.
Ese a quien rezabas,
al que debías tu penitencia.
Templo de tus rodillas.
Te pasaste la vida cuidando.
Mujer
del Cállate y silencio.
Del eterno sufrimiento.
Mujer de todos,
menos de ti.
Solo viste lo feo del mundo,
y te entiendo.
Pero tantas piedras en los zapatos
terminan por amputarte
las ganas de correr.
A ti,
que solo te hacía reír
hacer trampas al Monopoly.
¿Cómo pudo Dios olvidarte con ese nombre?
Cucharas de plástico
En algún momento
descuidé lo imprescindible,
lo valioso.
Lo dejé olvidado
como tortugas en el garaje.
La silueta de mamá
tapa justo el rayo que molesta.
Suelos pisados por tantas vidas.
Suelos con ojos
mirando piernas.
Vidas deprisa.
Qué suerte haberme atrevido
algunas veces,
algunas.
Qué suerte.
La vida me pone delante.
Y yo
enfrascada,
giro la esquina.
Extraña
en mi propio cuarto,
en mi propio cuerpo.
La espera a una misma
es la espera más cruda.
Estoy hecha de cucharas de plástico
del cumpleaños de alguien que no llega.
Hay cosas que no se curan,
y pesa el peso en la piel.
Encorvada para siempre,
mi pena.
Buscando eso que descuidé.
La última luz:
mi favorita.
Dando paso al cuchillo
de lo pendiente.
Los olvidados,
lo otro,
eso.
¿Por qué subimos tan bajo?
Hoy el pan está duro.
Hay silencio,
y la miel sabe a castaño.
Toda la niebla cubre mi casa,
celosa del verde.
No quiere que salga.