BRENDA LIZETH NUÑEZ CABRERA nació y creció en Guadalajara, Jalisco, México. Es la primera hija de siete hermanos. Creció entre muchos primos y domingos familiares de películas y sobremesas. A los ocho años descubrió que disfrutaba leer y escribir para los concursos de la escuela. Esa es la persona que no dejó de ser al crecer. Romántica, solitaria, leyendo todo lo que puede y escribiendo como pasatiempo y catarsis. Su Instagram es @brendalizethn
RESPUESTA ATEMPORAL A UNA NOCHE CUALQUIERA
Amanece.
Más rápido que de costumbre.
La luz dorada entra por mi persiana
y me encuentra con una mano entre su cabello.
Sus labios pasean por mi cuello.
Hemos hablado toda la noche
y nos tocamos sin hacer
aquello en lo que él insiste.
“Hay que follar”, me dice.
“No”, respondo sonriendo.
No será así mi primera vez.
Salimos del antro hace unas horas.
Hablamos de las películas que nos gustan.
Coincidimos en *Casablanca *y Manhattan.
Ignora que para mí eso es más erótico
que sus besos en mi pecho.
Me cuenta que dos de sus hermanos
ya murieron.
Esa vulnerabilidad me seduce
más que sus nalgadas.
Sus ojos cansados por la noche en vela
me miran con ternura.
Vuelve a pedirme sexo.
Me niego,
feliz por lo absurdo del momento.
En mis treinta años de vida
no llegué a dar un beso.
Hasta hoy.
No he sido la novia de nadie.
Ahora estoy con él en mi cama.
Paseo dos dedos por sus labios,
por su cuello.
Me mira decepcionado.
Siento que alcanza mi alma
sin llegar a tocarme por completo.
Dice que no tiene alma.
No le creo.
Hay algo triste en sus ojos.
Yo quiero quedarme en la noche.
Él insiste en llevarla más lejos.
Interrumpe un beso para confesar su edad:
cuarenta y seis años.
Le digo que se ve más joven.
Sonríe.
Caminamos hasta su carro abrazados,
como si fuéramos más que
un encuentro fugaz.
Me besa otra vez.
Me invita a follar en su casa al día siguiente.
La respuesta es no.
Pero me gusta su manera de pedirlo.
Se ríe por la marca roja
que dejó en mi cuello.
Le agradezco por traerme a casa.
Y se va.
El sonido del motor
me hiere al alejarse.
No solo se está yendo un hombre.
También despido a una versión de mí.
La que se preguntaba cómo sería.
Cómo se sentiría.
Con quién pasaría.
Regreso a mi departamento.
Estoy satisfecha.
Sedienta de café
y de respuestas que no llegarán.
La mujer que vuelve
todavía no sabe
que llorará un mes,
recordando las bromas y los besos,
escuchando *Colores Santos *de Cerati
por el resto del verano.
Supongo que aprenderemos por separado
lo que ignorábamos estando juntos.
¿Se puede inmortalizar una noche
que ya ha terminado?
La poesía me dirá que sí.
MEMORIA SUMERGIDA
Escucho un susurro interno
que no sé callar ante lo externo.
He visto la felicidad que he perseguido
cobrar vida en lo que dejo ir.
La vida suena fuerte en el silencio,
el tiempo corre rápido en la pausa;
cuando un recuerdo se vuelve incendio,
las sábanas son papel, bolígrafo y causa.
Desear y extrañar son el lenguaje
con el que grita un corazón desnudo;
mi alma llora en sueños lo perdido
cuando me devuelve lo que ya se ha ido.
No existe mayor crueldad que la nostalgia:
no mata de golpe ni se va,
es como un nombre que nadie responde,
un grito que solo a mí me sacude.
La paz es aquello que creamos
después de fragmentarnos,
cuando aprendemos a recordar lo perdido,
como el barco hundido que no olvido.
Dicen que el amor es presencia,
yo lo aprendí con ausencias que dolían;
si mi esencia ardió como sentencia,
mi distancia será indulgencia.
Sereno es lo que he dicho en palabras,
pero hay más quietud en lo que he callado;
lo que al viento se dice ya no arde:
el fuego no quema lo que fue soltado.
RECUENTO DE LO PERMANENTE
Solía encontrar lo mejor de mí en un barco
que se movía con el viento.
Han pasado diez meses desde su hundimiento,
ciertos sueños mueren en un movimiento.
Mi abuelita sonreía con cariño;
hoy su ausencia es algo dañino,
hace tres meses vi su rostro por última vez
cuando el cielo reclamó su calidez.
Unos ojos me miraron,
los mismos que al tiempo me olvidaron.
Creí que el verano traería respuestas,
pero sentí asfixia en cada respiro.
Entonces no vi venir
la mirada que iba a encontrarme,
ni aquellos labios que por un instante
besaron mi piel y despertaron mi alma.
Lo que permanece en mí ha encontrado un hogar,
sin mi holograma feliz sumergido en el mar.
Aquí la luz cálida me permite respirar
mientras las plantas crecen y me ven llorar.
Mi hermana también me observa,
desde la habitación contigua
en donde su alegría resuena.
No hay barreras entre nosotras
si compartimos la sangre, las risas y el café.
Esta noche la casa se siente vacía,
ella ha viajado a un castillo en Alemania,
quizás ahí repare su corazón roto,
renovando su natural audacia.
Hoy solo estamos las rosas, la lluvia y yo.
“Y es suficiente”, me susurra el café.
Lo incierto también se contempla de frente.
Es un efecto permanente
cuando lo imperfecto aún es un sueño correcto,
como mi departamento solitario
o las derrotas que van dejando de doler.
Ciertos sueños mueren en un movimiento
para que otros anhelos encuentren su nacimiento.