RODRIGO AHUMADA (Perú, 1990) es periodista cultural y consultor de comunicación estratégica. Licenciado en periodismo y actualmente cursando la maestría en Estudios Culturales. Director y editor jefe de la plataforma de difusión y crítica EnLima Agenda Cultural. Amante del mar, el jazz, el amor y la salsa. Está escribiendo su primera obra de teatro. Instagram: @abelardo_ubertino
Carta para mi silencio
Hay momentos en los que me siento libre
gajos donde germinan cielos en mis pupilas
que escriben en un lenguaje donde
mis profecías: estos mares de vidrios y espejos
olfatean tus lagrimales con miedo
Entonces recuerdo que he sido
que soy
que he estado roto
que soy
que salvado de mí mismo
que soy
del deseo
que soy
del miedo
que soy
del mañana
Esta sensación de libertad
cuando me acerco a ventanas
donde el color de los arboles
no está
donde debe estar
cuando me alejo del corazón
que me busca
donde debo estar
Entonces recuerdo que ser libre es tenerme
no tenerte
buscarme
no buscarte
hablarme
no hablarte
Y no queda más que lamerse en un idioma
violento cercano azul
y la promesa de un sueño acunado en los brazos de nadie
es realmente ser libre
No es que esté atrapado
es una palabra que sacas de mi rostro
cuando quiero dormir
y el vino se seca en mis manos
antes de llegar a tu boca
cuando el cuerpo más triste de este mundo
solo quiere abismarse esta noche
es momento en los que me siento libre.
Diálogo con la enfermedad
Abro los ojos y todas
las ruinas
envueltas en carne y pellejo,
en cuarentena el hambre
de los deseos que nadie puede orinar.
Todo lo ha contaminado
hasta tus ojos perdidos en mis ojos
esa silueta inabarcable que no cae
en ningún punto fijo de mi ser
porque todo dentro mío es noche.
Las infinitas ganas de vivir, coger,
beber, morir: se arrastran
en la sombra de este cuerpo condenado
por ese espíritu enfermo escondido en los genes.
Hasta que llegue el día de mudar
y enfermaré los bosques, el viento, los rayos
de un sol malagradecido y agotable.
Se enfermará el verde, el cerúleo, el brillo
de mi sexo penetrando tu locura
también enferma e indomable.
Si tan solo un estornudo hubiera sido indicio
pero su silencio perfecto de nacimiento
me abrazó hasta el delirio
deformando los significados para justificar
su lenguaje de diamante y espejo.
Ya no hay vuelta atrás,
la mente se quiere perder en el hocico
del amor o del vacío, ya no importa
con tal de evitar el martirio
harto del olor y su rutina.
Ya no hay vuelta atrás,
no, cuando
la enfermedad es el pensamiento.
No está
No está. No estaba. No estuvo.
Solo escucharla y ver cómo abrazaba la almohada era una comunión salvaje, como si de repente mi cuerpo se santiguara por la ventana. No hubo señal alguna. Solo mocos lloviendo. Y dos brazos que se ahogaban.
No estaba. No estuvo. No está.
Ninguna idea amanecida. Sensatez inexacta de las partículas inhumanas y perdidas. ¿Si no hay señal de algún dios es que yo soy el mío? Soy el otro que espera verte asolar la noche. Escuchar tu silencio amoroso. El dios humano capaz de templar la voluntad del hambre de la sed del deseo.
No estuvo. No está. No estaba.
Un arrepentimiento de espuma, de lastre dulce y color amargo. La sensación de caer del abismo de una cama. De tu cama. De tus ojos. De tus mocos. De tus brazos. De tu amor ahogado. Y la palabra que no alcanza, el verbo que se pudre y la carne que se miente.
No está. Nunca estuvo. Jamás estará.