ANDREA TUTISTAR (Cali, Colombia) es artista visual y poeta. La experiencia de la migración la condujo al territorio de la escritura, donde entrelaza dibujo y palabra como una forma de desbordar la imaginación, volver visible la memoria, el exilio y las fisuras de lo femenino. Ha publicado poesía e ilustración en fanzines y revistas. Actualmente reside en Chile.
MI CASA ROMPIÓ LA ALTURA
Era rosa mi casa
y de ella brotaba un jardín
con un pino y muchas veraneras.
Yo comía flores
que parecían un corazón rojo diminuto.
Las saboreaba a espaldas de mi madre,
y mis labios revelaban toda su sangre.
Era rosa mi casa
y había un Renault 6,
zapote o naranjado,
durmiendo al lado del jardín.
Cabía toda la familia
en el pequeño de cuatro ruedas
y hasta Pasto fuimos a rodar.
Era rosa mi casa
y sobre el suelo
pisaba el caucho de las chanclas de mi madre.
Olía a jabón azul y a sopa de arroz.
Los pasos de mi padre, envueltos en cuero brilloso,
relucían y desaparecían
con el sonido del Renault 6.
Era rosa mi casa
y se extinguió el jardín
y mi dieta de flores corazonadas,
porque la casa quiso subir sus brazos
más cerca del cielo
y volverse apartamento.
NÉCTAR
Una mariposa
acaricia
mi mejilla;
me abruman
sus patas
y su lengua enroscada
me lame
el glóbulo
del ojo.
Sale volando,
sin regreso…
Una mariposa
saboreó
mi ojo,
abrió el abanico
de sus alas
y llenó el néctar
de las flores
con líquido
de ojo humano.
Después
alguien
corta las flores
de un machetazo,
y el néctar
de mi ojo
se diluye
por el río.
Tomo bocanadas
de agua
del grifo;
tal vez
todo vuelva
a su origen,
y la lengua
de la mariposa
beba de mi otro ojo.
EL SUEÑO DE LA BARBIE
La sonrisa de la Barbie es eterna: labios pintados,
la línea blanca de los dientes enmarcada en pelos que brillan;
el cutis de caucho templado, dos almendras pintadas como ojos.
La niña hacía volar a la muñeca con sus manos, despacio,
como si quisiera hacer volar a un pájaro recién nacido.
Iba y venía paseando el olor a nuevo;
acostada con ella olía el plástico del cuerpo
de pies a cabeza y se dormía en un abrazo fecundo y hermoso.
Busca el zapatito rojo de tacón.
¿Lo has visto? Se ha caído mientras la niña dormía.
¿Estará enredado en el cabello sucio, atrapado en el ombligo,
revuelto en las olas de las sábanas o tirado en el infinito piso de cemento?
Con plastilina parda imitó al zapatito.
El olor a nuevo se consumió desde la noche dormilona.
El vestidito inauguró una mancha
polvorienta y grasosa.
Los pelos que brillan agonizan
en las manos de la niña; la Barbie, calva,
tirada debajo de la cama.
Y la niña se baña, se perfuma con loción de Avon
y se lustra la cabeza: es otra Barbie.
Se mira y se mira
en el espejo de bolsillo: labios anchos,
cabellos oscuros y caderas pronunciadas.
Pestañea y abre grande el ojo,
usa rímel barato, labial mágico
y magias en el pelo
para ser rubia como la Barbie.
Y cada vez que sale, todos le dicen:
“La negra”.