JAIME HIDALGO GONZÁLEZ (Tuxtla Gutiérrez, México), es coautor de Pulso Permanente (Valparaíso Ediciones) y Rastros de un comienzo (Alcorce Ediciones). En 2024 creó Onírica Colección Poética, podcast en el que ha entrevistado a más de una decena de autores de México, España y Latinoamérica. Onírica Punición, su más reciente libro, fue finalista en el VII Premio de Poesía Hispanoamericana Francisco Ruiz Udiel.
EL HOMBRE QUE SIGUE
Tomo las curvas con precaución.
Ya no acelero como cuando tenía veintitrés.
La vida de mis padres,
de mi hermana y los tres perros
depende de mi decisión.
Lo sé porque duermen.
Una hora ocurre después de otra.
Casi doce continuas.
Hay muertos anónimos en el asfalto.
Al llegar, paso días
pintando la casa donde crecí.
El calor del sur tuesta la piel,
reseca los labios.
Papá está cansado.
Cansado como sólo pueden estarlo
los hombres que han hecho
todo lo humano por su familia
durante décadas.
Cubro los muros con una gama
que elegí con mamá.
Pienso en las feminidades,
en las treguas y las derrotas.
En la mujer que es herida en el deseo:
en quien quise, de verdad,
que fuera ella.
Cargo con esto,
pero muy adentro,
con cierta nostalgia, tengo diez años:
en la escuela me eligen al último
para jugar futbol.
Y nadie explica cómo ocurre el resto.
HÉROE VENCIDO
a Gil y Margarita
Tenías catorce y ya consumías la sombra,
dibujaste líneas y entre gramo en gramo,
supiste que en el humo podías esconderte,
potro errado.
El mundo te vestía en una piel equivocada,
tus ojos ardían más lúcidos que los de cualquiera,
pero esa claridad también condena.
Papá era lo que un hueco es sobre la mesa:
la comida fría, el óxido en la sopa,
un lugar que nadie ocupa,
una pregunta que no se responde.
Feroz inteligencia:
decías que no eras de este mundo
y en tu voz había galaxias apagadas,
puertas que debieron nunca abrirse.
A los veintiuno, la casa de mamá
se volvió un río oscuro:
allí tu cuerpo,
allí, héroe vencido,
la derrota abrazó tu cuello.
Pero no, Fernando,
no eres sólo la sombra de un final.
Tu nombre arde en la advertencia:
nadie está hecho para cargar solo con la noche
y que otros, en tu mutismo, escuchen
que las voces aún llaman desde la orilla.
Tu caída nos grita:
quédate, aún hay sitio en esta tierra para ti.
MÁS ALLÁ DE LAS PALABRAS
No pasa nada más allá de las palabras,
decía para tranquilizar mi hipervigilancia.
Y era, en realidad,
cerrar una puerta sin nombrarlo.
Una forma de decirme:
no mires más hondo,
no sigas,
no cruces.
Las palabras sí pasan.
Persisten como una memoria viva.
La frase no borra el deseo
ni la historia compartida.
Niega algo más preciso:
el derecho a la consecuencia.
Aceptar que algo ocurre
implica renunciar
—conscientemente—
a otra posibilidad.
Las palabras, cuando hay historia,
nunca son solo palabras:
le permitieron irse
sin mirarme a los ojos
del todo.