VERÓNICA OSORIO CARDONA (Medellín, Colombia). Escritora, contadora de cuentos y collagista. Es Licenciada en Literatura y Lengua Castellana y Filóloga Hispanista. Se ha desempeñado como profesora, correctora de estilo y promotora de lectura y escritura. Sus poemas y collages han sido publicados en Mekato atómico (Revistilla gráfica, 2023), TijeristaTOP (La Tijera Colectiva, 2023).
Rostro de mujer
Me palpo, inquieta y extenuada,
con palabras como nudos
y ausencias en la garganta.
Muda y frágil
incongruente, insensata,
fuerte
como aquella mujer
que toma los dientes de la bestia
y con suavidad la doma, la ama.
Me miro al espejo empañado
una mirada inquietante
huye de mis manos.
Sedienta, observa un lento crujir,
cuerpo innocuo
y difícil de sentir.
¿Quién me puso allí?
¿Qué orden del universo me hizo sentir así?
Vuelvo a observar.
Es un rostro de mujer.
Jadeante, tranquilo, fácil de reconocer.
Amoroso, aventado, fuerte, cansado.
Un rostro que tiene marcas,
alegrías en todos lados.
Poro a poro ha amado.
Todo aquello que el mundo de vuelta
ha entregado.
Llorar
Quiero ir a llorar a todos los rincones del mundo
decir en cada esquina
que este manantial que llevo dentro
necesita un cauce,
una línea recta,
un lugar
donde desembocar tranquilo,
sin miedos.
Quiero llorar en una esquina del barrio chino
de cualquier país
sobre el piso rojo
sembrar flores
que crezca un jardín.
Llorar inútil y exhaustivamente
regalarme momentos
correrle a la muerte
decir que no importa
que no quiero que me abracen
que antes prefiero
tranquilamente
ahogarme.
Quiero llorar en un rincón de la casa de Kelly,
en la sala colorida de Esteban,
en el increíble balcón de Diego,
frente a los espejos de Yami,
en el comedor de Eduar,
en las escaleras de Laura
o bajo el colchón de la casa
de cualquier amante.
Decirle buenos días al reflejo en el espejo,
conjugar verbos tristes en pasado
y mentirme, tranquilamente.
Esperar un poco,
arropada en mis lágrimas.
Y sin afanes
seguir llorando
volverme agua.
La palabra posterior al orgasmo
Extraño,
extraño la extrañeza de mirar unos ojos despacio
al borde del abismo, íntimos, abiertos, cercanos,
vulnerables, humanos.
Extraño el cuerpo,
la piel, los huesos, la saliva,
pero más que nada
el interior latiendo, el alma, la vida.
Extraño las manos que se entrelazan en el tiempo,
las miradas cómplices que se construyen en el cotidiano,
las charlas internas aprendidas con los días,
los gestos de amor imperceptibles hacia afuera.
Extraño las rutinas tiernas
construidas en el reflexivo
y compartidas por dos:
acostarse,
levantarse,
cocinarse,
esperarse,
bañarse,
despertarse,
abrazarse,
amarse.
Extraño lo que hay después
de revolcar las ropas en el piso
lamerse los labios hasta enrojecer
gemir inundando el aire de sonido
mirarse con placer
lo que hay después
la intimidad que se teje desde la palabra
posterior al orgasmo.
Extraño hablar una lengua
que solos dos conocen y dominan.
Extraño perderme en un cuerpo
que llena de palabras la vida.
Maravillosa!