HELENA BARBAGELATA (Genova, Italia, 1991), modelo de alta costura, artista multidisciplinaria, cineasta, escritora, investigadora y activista, premiada en distintos ámbitos de la creación y la innovación. Doctora en Filosofía, Matemáticas y Ciencias Cognitivas por la Universidad de Atenas. Recibió varios premios artísticos de la Fundación Onassis, Academia de Bellas Artes de San Petersburgo, Universitat Autònoma de Barcelona, entre otras. Miembro de la Israeli Artist Network, America-Israel Cultural Foundation, Sociedad de Artistas Judíos (SoJa), Associazione per il Circuito dei Giovani Artisti Italiani (GAI) y de la Organización para la Democratización de las Artes Visuales (OBDK). Sus obras combinan técnica mixta, escultura, pintura, video, arte sonoro y técnicas de grabado. Ha realizado numerosas exposiciones individuales y colectivas a nivel internacional. Es autora de varios poemarios, cuentos, ensayos y obras de teatro, y ha publicado artículos en diversas revistas, publicaciones y antologías.
El aire sabe demasiado de nosotros:
lleva el hielo de un estanque que nunca se agota,
la voz de quienes nos enseñaron a doblar la luz
como si fuera un pañuelo raído.
Como un filo que corta la memoria en dos,
cada estrella sobre la estepa
pende un veredicto en la sal
de los lagos, en los pantanos del norte,
en los suelos negros que alimentan el trigo y la remolacha.
Cada raíz recuerda la paciencia de los siglos,
Osos, óseos, fósiles,
lanudos de taiga y suelo.
El Salair se yergue, sereno
y sobre su cresta las águilas doradas vigilan
los espejos que se expanden y se retraen,
En un encaje de mundos diminutos,
como si la eternidad pudiera caber
en una hebra de ciervos, en sus ojos de escarcha,
aves de humo aguardando la nieve
en pasos inaudibles sobre el lienzo frío del bosque.
El río se curva como una cinta retorcida;
el verano es pringoso de fuego y savia,
el invierno corta el viento en las colinas bajas,
la hierba se inclina hacia el mudo,
Trumpeldor caminando hacia Tel Jai,
hacia el silencio de la absoluta ausencia.
Pájaros de celuloide desplomándose
desde el cielo de plata fría,
en palabras grumosas sobre shtetls
que no sabían si reír o llorar
en el cine
de los pucheros gimiendo
sobre el ascua de la carne.
Sus ojos desconfiadas
obsidianas, frunciendo el
ceño en la butaca, pies enterrados
en el helor, desestimado
pestañeo de la retahíla
del proyector, los buscadores
de la felicidad, folletos,
carteles, el chasquido
de los huesos hundidos,
polvo de magnesio
rostros de ceniza.
Con tal de cortar el barro, en el corazón
sinuoso del Amur,
en el absurdo tangible de su curva desangrada,
que presiona el cuerpo contra la tierra
y la tierra contra el cuerpo.
Cuando la última helada se quiebra,
me descubro fuera de tu pelaje de sobol;
el Sayan se estrecha más allá de los ojos
meciendo una roca sobre la nada
que se cuela entre mis hombros.
un cristal que estalla y escurre
por la linfa verde de una hoja
el mundo que se derrite sobre mi piel.