231. Año 11 | 2.ª Ed. Quincenal Oct. 2026 | JAZMIN MARTÍNEZ – Arriba

JAZMIN MARTÍNEZ (@jzzmartz) nació y creció en México, a los 26 años migra a Alemania siguiendo sus ansias de vuelo. Actualmente vive en Berlín. Escribe para escucharse a sí misma, así como, para nombras las injusticias y el poder de la resistencia. Sus poemas abordan temas sociales como la migración, el racismo estructural y la precariedad en la infancia mexicana. Los poemas, piensa, tienen que hablar el idioma de abajo, uno que no toque el alma, sino las tripas.

 

 

 

 

Arriba

 

Manto metálico procura a sus hijos despojados

una tierra seca,

frescura en sus primeras horas,

las patas del zanate rasgan sus hileras,

cada garra es descifrable en su andar.

La parvada llega, concierto de rasposas voces.

 

Inclemencia en el sol elevado:

Calor evaporizado hace insoportable lo cotidiano, adentro aire ralo.

Los árboles de primavera un oasis en los rayos dorados.

En noches quietas el manto es un consuelo,

pero en la tormenta llama a las culebras eléctricas,

miles de tambores incesantes

rompen las palabras en el viento.

 

Cada gota retumba en los cerebros,

se acumulan y desembocan abriendo el suelo,

las cascadas crecen con el miedo

y aunque lo intentan, nadie duerme.

El cansancio más profundo vence a los atormentados odios.

Los nadie desean siempre,

debajo de esa línea entre la vida y un rayo,

un techo de cemento.

 

 

Perfumes del hogar

 

Ningún secreto es la evidencia de la pobreza ante el salto a la vista,

en las paredes sin repellar, agrietadas por los temblores,

sostenidas por horcones carcomidos,

hogar continuo de la frialdad blanca en agosto.

 

En los cielos metálicos con piedras sobrepuestas para negarles el vuelo,

en las instalaciones con cables curados de otros tiempos más agradecidos,

en los pisos de tierra regados y barridos con fuerza tantas veces

hasta dejarlos compactos.

 

En las divisiones artificiales de cortinas ennegrecidas por el viento,

en el caprichoso rompecabezas de muebles resanados,

en el no dejar morir las cosas y darles otra vida, incluso si esta misma se niega,

en la tortilla que más que complemento, es el alimento.

en la necesidad y obligación de compartir,

haciendo de ello, un acto de amor profundo.

 

Ningún secreto es la evidencia de la pobreza,

su omnipresencia se muestra en su tosca estética,

en todo lo material y en su inexistencia,

destino mismo que deja como marca de nacimiento y de velatorio.

 

Lo visto tiende al olvido, pero en mí, se impregnaron

todas las canciones olfativas dejadas por el agua a su paso:

El vapor perfumado desprendido del techo laminado durante la lluvia diurna,

en la mancha húmeda sobre las paredes durante los meses huracanados

avanzando imperceptible, crujiendo lento

y dejando una serpiente blanca

que abraza cada grano del block desnudo.

El tufo ácido de la vieja escoba

luego de barrer con ira el agua que se escabulle

debajo de la cama una vez pasada la tormenta,

perfume de esporas desplegadas debajo del colchón fermentado.

 

En la penetrante marca que traen consigo las primeras aguas oscuras

rociados por la manguera después de semanas enteras de su ausencia,

trasmutando su tono negro a todas las escalas del verde y el cacao,

—emanación del río y de todas sus indeseables criaturas—.

 

En el olor de las fotos pegadas unas con otras,

tinta deshecha, extracto de la humedad y las olas de calor,

recuerdos perdidos.

En el aroma de las cosas viejas y de la ropa nueva pudriéndose lento en un cartón,

carcomidas por los grillos negros,

esperando una ocasión especial para ser vestidas, una vez más.

 

Mi registro olfativo los reconoce,

no podrían ser traicionados por los juegos de la memoria,

se hicieron conscientes al mismo tiempo

que aprendía las letras de mi nombre

a la sombra del almendro.

 

 

Bastados del sistema

 

Pobres, nacos, putas y rateros,

mucho de ello no lo niego,

otro tanto es solo miedo de verse en el espejo

y descubrirse más cerca de nosotros

que del patrón y vivir del arriendo.

¿Avergonzarme de aquella no-familia

que compensó el abandono del Estado?

Somos los bastados del sistema,

herederos del despojo y de la histórica deuda.

 

La mía es con mi barrio:

con vecino sustituyendo al padre ausente,

con la vecina saciándonos la sed y el hambre,

curándonos el cuerpo y la nostalgia;

con quienes me dieron esperanza de un amor bonito,

uno sin nebulosas en el ojo derecho;

con quienes me enseñaron que perro no come perro.

 

La sociedad me mostró la vergüenza

y me dijo que era yo quién debía sentirla.

De niña entendí la maldición de la carencia,

en mi primera menstruación, la de mi sexo.

Niña y empobrecida.

Adolescente, empobrecida y ladrona.

Mujer, ladrona y con deseos de volar.

¡Vaya insolencia la de soñar!

 

Yo no puedo avergonzarme de mi gente,

sí la boca mía me delata al cantar sus sones floridos,

sí soy más lengua de esa tierra que incluso de mí misma,

sí mi piel es del mismo color que los muros de nuestros hogares,

sí soy tan hija de mi madre como de mi barrio,

todo lo que soy viene de mi calle

de pobres, nacos, putas y rateros

¡Vergüenza ustedes!  Mi barrio soy yo.

 

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