237. Año 11 | 2.ª Ed. Quincenal Oct. 2026 | ÁNGELES MOHEDO-PÉREZ (Alas de Funámbula) – Mirar la mirada. La ajena. La propia.

ÁNGELES MOHEDO-PÉREZ, Cordobesa (de España),  publica poesía para corazonar a través de los versos. “La raíz de mis saudades” apareció en 2015, como su primer poemario público (Editorial Utopía). Desde entonces, comparte poesía en Festivales Internacionales (México, Cuba, Guatemala), revistas, antologías, y a través de su canal de Youtube e Instagram “Alas de Funámbula”, en abierto y sin fines comerciales.

 

 

 

 

 

Mirar la mirada. La ajena. La propia.

He mirado en un ojo…

el del párpado caído.

He visto tristeza.

Ahí duele la mirada.

 

Pestañas en aspas, como cruces,

Que el tiempo va expulsando. Certero.

 

Remontadas contra marea

y repliegues de alas.

Con ternura, recoser jirones.

Dedos sin dedales.

 

He mirado en un ojo

que una vez estuvo roto, y rojo…

Y he sonreído.

La esclera, blanca.

Blanco que parpadea

que eleva anclas

de puertos inhóspitos.

 

Mirar la mirada.

 

He mirado en otro ojo…

El más abierto

El que sigue tan ingenuo.

Iris verde marrón

Y negro volcánico. TIERRA.

Nudos en el azul del mar. AGUA.

Evaporarse hasta el cielo. AIRE.

Calor intrínseco en la entraña. FUEGO.

En medio de océanos.

Sin tierra a la vista.

Pero flotando.

Mirar la mirada.

Que sigue, que vive, que vuela, que sueña.

Mirar la mirada.

Comprender.

 

 

 

El anzuelo en el corazón de mi mano[1]

 

Ola histórica.                                                                                              Ola emocional.

 

El corazón de mi dedo

se paralizó con una estaca mortuoria

en un segundo perdido en el mar.

El corazón de mi alma

se paraliza cada vez que naufrago,

 cada día.

 

Ahorcando el puñal que caía infinito

miré mi corazón rasgado de dolor

en la palma de mi mano que huía.

 

Estaca de cobre clavada

y enterrada con raíces.

 

Hay un gran silencio.

 

Las olas se vuelven respetuosas con el dolor.

Por más que arrastre

el anzuelo quedó cosido al corazón de mi dedo.

 

Sola no puedo.

En esta vida, sola no puedo.

Las lágrimas

 siempre necesitan unos segundos

 para erupcionar como volcán.

Siempre espero.

Siempre tengo un segundo.

El tiempo es un polizón

 de este preciso momento.

El dolor siempre pasa.

 

Con la elegancia que anida

en las manos rasgadas de un pescador

supliqué ayuda volando

hacia el fondo del mar (siempre suplico ternura).

 

Me dijo una melodía lejana:

Te va a doler.

 

 Sé que duele

Vivir duele.

Pero el dolor siempre pasa.

 

Dos segundos

y ya todo pasa.

 

Cuando la sangre empieza a brotar

 el corazón de mi dedo vuelve a latir.

Dos segundos

 y se hace el silencio del llanto que sana.

En dos segundos ya no tengo miedo.

El dolor siempre pasa.

 

La palma de mi mano

vuelve a sonreírme.

Las teclas blancas

acarician de nuevo mis dedos.

 

De nuevo soy libre.

El corazón del dedo late.

El corazón de mi alma late.

La síncopa de esta vida recupera su no ritmo.

El dolor siempre pasa.

El dolor siempre pasa.

El recuerdo del dolor nunca se acaba.

 

 

 

Tupidos velos[2]

 

Correr tupidos velos

sana el momento

pero no los tiempos.

 

Correr tupidos velos

aparca el volcán de la emoción

pero deja intacta

la lava en los sentimientos.

 

Correr tupidos velos

apaga el fuego que desborda

pero deja incandescente

la llama que enciende.

 

Correr tupidos velos

sana el momento…

pero no los tiempos.

 

[1] Poema publicado en “La raíz de mis saudades”, Editorial Utopia Libros, 2015.

[2] Poema “Ala centrípeta”, del poemario “Alas de funámbula”, íntegramente publicado en video poesía en Youtube ( Canal Alas de funámbula).

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