CAROLINA MORA escribe poesía bajo el nombre de Adétòkunbọ̀. Poeta travesti, afrocolombiana y de origen campesino. Su obra aborda el cuerpo, el territorio, la memoria y las experiencias trans desde una perspectiva situada. Es colombiana, actualmente vive en Bogotá y trabaja una escritura de carácter contemporáneo, político y anticolonial. Cuenta de Instagram: @lamismisimacaro
DEJA QUE TOME TU MANO
Deja que tome tu mano
y te baje la calle
hasta la cocina,
donde las preguntas se hacen
al ras del vapor y se responden en voz baja.
Solo hasta que se te encienda la cara,
o hasta que las respuestas se te atoren entre dientes.
Ven.
Caminemos.
Tomadas de la mano, o no.
Salgamos del teatro en el que apagan la luz
y cien abrigos dejan de crujir.
Afuera, el zinc recibe la tormenta a puñados.
Que el aguacero nos encuentre
sin paraguas, sin escampadero.
Podemos las espinas:
ojos que ordenan,
risa corta, de tijera,
murmullo que se enciende cuando entramos.
Te juro por Obá:
alzaré un templo
donde cae la piedra,
y a cada marca en la piel
le pondré una puerta.
LA PERRA
Una más
Una menos
Bella a la hora en que el barrio
cierra las cortinas metálicas
Cabello de hilo hasta la cintura
caderas balanceándose al paso
la cabeza por encima de los cables
Tacones
minifalda
transparencias
Bajo las tangas
una navaja
tan larga como su verga
Perra del barrio
Fuma
El humo le pasa por la cara
y sigue
Ochenta mil pesos
Ocho bocas
Cuatro cuerpos llenos de pecado
Los billetes doblados
en el fondo del bolso
Una parte viaja
otra se queda
Si hay hambre
abre el bolso
Si hay fiebre
se queda
El filo duerme con ella
Esta mañana
los tacones siguen junto a la cama
La calle amanece
Sin nombre
sin firma
En el aire
Chanel
y alcantarilla
Tacones
minifalda
transparencias
La calle sigue ahí
sin pena
CARMEN
Subí. El vidrio guardaba el frío de la madrugada. Mi chaqueta de parches rozó la ventana mientras Carmen ajustaba el retrovisor. En las uñas, el esmalte carmesí se abría en pequeñas grietas. Anunció la siguiente parada. El diésel entró por las ventanas.
Antes de arrancar, dio dos golpes en el tablero. Un mechón se había soltado del peinado. Junto al maquillaje, la sombra azul de la barba.
Una señora pasó las cuentas del rosario entre los dedos.
Un muchacho dormía contra la ventana. Al fondo, un hombre contaba monedas. La avenida arrastraba buses, vendedores de tinto, agua de lluvia.
Carmen esperó al último pie.
Subieron una estudiante con un cuaderno enorme y un hombre cuyo overol llevaba yeso hasta los pliegues. Tres muchachas interrumpieron la conversación. En el espejo, siguieron la mandíbula de Carmen. Una risa salió desde el fondo.
Carmen puso la direccional.
Abrió la curva para dejar pasar a un ciclista. Antes del semáforo, frenó para que un anciano alcanzara el tubo.
—Gracias.
Carmen asintió.
Una mujer subió con un niño contra el pecho. Carmen esperó a que la pañalera dejara libre la puerta. Sus uñas marcaron el volante: dos golpes, una pausa, otro golpe.
—Eso es un hombre.
Las cuentas del rosario siguieron sonando.
El motor vibró bajo los pies.
Carmen miró el retrovisor.
Volvió al carril.
Sonó el timbre. Bajaron unos. Subieron otros. Un muchacho la llamó por su nombre. Carmen alzó dos dedos del volante.
Sonrió.
Yo llevaba las botas húmedas de la noche anterior. Cuando Carmen golpeó el tablero antes de la siguiente salida, mis dedos repitieron el gesto en el borde de la silla.
Miré el retrovisor.
Carmen cambió de marcha.
Al bajar, otras piernas ocuparon el pasillo.
La puerta se cerró.