ELIAS LILIENFELD QUEVEDO (La Paz, 1997) es escritor y periodista boliviano. Graduado en Periodismo por la Universidad de Houston, actualmente cursa la Maestría en Escritura Creativa en Español en la Universidad de Iowa como becario del Iowa Arts Fellowship. Su obra explora la memoria, diáspora, identidad y herencia. Es autor del poemario Poemas de Amor y Sal (Editorial La Glorieta 2024).
Herencia entre dedos
Sigo persiguiendo manos,
esas manos arrugadas y rotas,
portan anillos plateados
de amaneceres sobre los Andes,
adornadas de cumbres
que rigen aún en mi mente,
ahorcándome en las noches,
llamando,
rogando mi retorno.
Puedo oler wira wira hirviendo
para paliar esta enfermedad
producida por la lejanía,
pecado que sufro
por burlarme
de los kusillos del pasado,
sabios que predijeron mi verdad
antes aún de haber llegado
a mi seno.
Escucho los timbales,
petardos de marchas
violines y zampoñas,
anunciando el lamento
por el que se nos conoce,
seduciendo a los gringos
con pomposos colores,
aromas y sensaciones
místicas,
elementales.
Sin embargo,
me persigue la sospecha,
la indudable duda de que
algo aún me espera.
Camino y me muerden
las puntas de los pies,
herencia de mi padre,
vestigios de diablos danzantes
que rompen mi silencio,
delicado tormento el ser legado
lo que no soy y debo ser,
alcanzando la cima de cerros
derrotado y vencido.
He vivido de ritos,
instrucciones de voces
inmensas pero ausentes
donde primaban los carnés
antes que lo merecido
y mucho antes que
un mísero cariño.
Debo rasparme contra la arena,
absorber este líquido ígneo
para inmolar mis sueños,
deseos que respiran solos
sin permiso,
y me han llevado
a costas, ciudades y granjas
en un suspiro.
Sin embargo
me persigue la sospecha,
la indudable duda
de que algo aún me espera…
Los zapatos
No sé qué zapatos ponerme hoy,
si las botas, esas de cuero viejo
que me regaló mi padre
aquella tarde azul,
antes de irse a la mina
por diez y pico años,
mientras me decía,
ahora eres
el hombre de la casa,
debes cuidar
a mamá y
los hermanos,
mientras yo solo
quería permiso
para ir afuera
a jugar
con mis primos
No sé qué zapatos ponerme hoy,
si esos que robé
una noche con amigos,
entre risas, ron y cerros,
esquivando las realidades,
responsabilidades impuestas,
sometidos al sistema
de querer y no poder nunca,
armando pandillas
vistiendo La Paz
de aerosoles,
mientras escapaba de
los humos
de la ley
y el orden.
No sé qué zapatos ponerme hoy,
si los elegantes del abuelo,
(que parecen eternos)
guardan aún la arena del recuerdo,
cenas de Shabbat en el templo
hablando de un pueblo lejano
que decía,
pertenezco
y en las madrugadas
de silencio
él caminaba Santa Cruz
perdido,
en las calles empedradas
del centro.
No sé qué zapatos ponerme hoy,
si esos tenis que me compró mamá
el día antes de viajar solo
al norte,
en el que me recomendó olvidar
la herencia del rencor,
para poder mudar de piel,
alejarme de la persecución,
del profundo martirio,
y con lágrimas
seguir
seguir por más
duro que sea
el adiós.
Ajayu
Se me ha escondido
detrás de las rocas
se lo ha robado el viento
se me ha quedado atrás
de todo lo que he vivido
en la piedra tibia
en la tierra seca
debajo de la thola
se me ha escapado
dejándome en huesos
envuelto en un nombre
se me ha perdido
en los cerros
lo busco
lo quiero
por un minuto lo tengo
en el silencio naufraga
en la memoria me llama
se me ha extraviado
se esconde en la sombra