258. Año 10 | 2.ª Ed. Quincenal Dic. 2025 | RUBÉN DÉCRIT – Trashumancia

RUBÉN DÉCRIT (España, 1993) es poeta y filólogo. Su trabajo literario se caracteriza por una búsqueda constante de nuevas formas expresivas, donde el lenguaje funciona como un territorio vivo desde el que explorar la experiencia y la memoria. En la actualidad, reside en Madrid y comparte su obra a través de Instagram en @rubendecrit.

 

TRASHUMANCIA

 

Alguien pone a merced del viento

—no sé si una carne o una sombra—,

como dios arroja el barro sobrante al amable mar

nuestras almas. Y mientras caen y tiñen

las aguas de algún lamento, trágicamente

se configura la raíz que acaso nos sostiene.

 

Yo he pensado en mi alma como un ancla,

idónea, conveniente,

que me guarda de las tempestades comunes del agua,

de la asombrosa furia que magnetiza y arrastra al mundo.

Quiero pensar que la he visto: colosal, inalterada,

construida o recubierta de una verdad más pesada

que la verdad que alimento.

Y si lo que contengo es un ancla

cómo pueden mis ojos saber cosas, conocer

escasamente el mundo…

 

Solo cuando alguien pone mi alma a merced del viento,

siento un rumor como de golpes,

percibo un ahogo en el aire mientras me dirijo

y desciendo hacia otros fondos que habitar.

 

El latido de la Tierra,

como una telaraña de siglos,

me trae noticias del más acá.

 

 

YO ME SÉ POR LA HONDURA

 

Yo me sé por la hondura,

aunque me niegue a lo oscuro y me diga,

azorado,

ay, luz encontrada del día,

ay, pequeño sol sin lanza en la azotea,

ay, momento único, luciente,

blanco asombro del hombre.

 

Se me fue llorando arriba la tierra,

se me fue una mañana el joven tallo,

el nenúfar ignorante, la hormiga sola.

 

Los cauces se ajustaron

a la envergadura de los fondos,

se cernió un cielo de plomo

sobre el sueño,

un hábito anciano vistió

de negro los pálpitos

y se fue colmando

la nada de palabras y dioses

donde el río merma y se angustia.

 

Lo oscuro era entonces donde hollar sin reposo,

lo oscuro era un pulgar de ausencia,

lo oscuro se extendía como un saber nuevo,

como un imperio imbatible.

 

Como una larga torre ­—inmenso rostro—

yo me sé por la hondura.

 

 

HACIAS

 

Lo que yo siento lo saben el río y los árboles:

los ancianos glaciares, el azul que fue vivir,

el tiempo absorto y desmedido, descender,

tenerse a las crines.

 

Una voz terrible y nueva agitaba los bosques

mientras caía el agua y el mundo se llegaba a sí mismo,

esférico, furioso,

demudado por espurias costas y amañados vientos.

 

Pero yo no sabía entonces… —¡Yo no sabía!—

que mi pulso era un sustento a martillo

sobre el látigo de las calles y su negro atroz,

nunca supe que cruzaba las llanuras

mientras me pesaba y dolía recorrer

su distancia humana.

 

He sabido tan pocamente…

 

El reflejo del agua exhausta,

la rendida copa de un árbol que se vence;

 

sólo cuanto queda:

 

este mal intérprete,

esta línea obtusa,

estas petequias.

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