264. Año 10 | 2.ª Ed. Quincenal Dic. 2025 | LISBETH SAMANIEGO GALLARDO – Encender-me

LISBETH SAMANIEGO GALLARDO es una escritora ecuatoriana radicada en Minnesota, Estados Unidos. Su trabajo se centra en el empoderamiento corporal, el deseo como lenguaje político y la escritura como práctica de resistencia. Su obra combina poesía íntima y conciencia social, explorando la relación entre cuerpo, voz y libertad. Escribe para transformar la experiencia personal en un diálogo colectivo y contemporáneo.

 

Tal vez

 

Tal vez sentir es peligroso.
Y tal vez sentirnos nuevamente es caótico:
esa capa que empezó con palabras,
olvidando el caos que creábamos
con nuestros cuerpos al rozarnos.

Tal vez amar se ha vuelto un vidrio delicado;
amar con guantes,
con temor a ser reales.

Tal vez sentirnos
es volver a armar ese set de legos pendientes,
pero cuando una pieza cae,

me pregunto,
y te pregunto…

¿Lo dejamos ahí
o volvemos a construir nuestro set?

Porque
tú sigues en mi alma
y ahí te siento,
sin el disfraz.

Te siento nuevamente:
bajándote de ese taxi con una maleta,
tus botas negras favoritas, la chaqueta negra
combinando con tus ojos a la perfección.

Bailando con una gran camisa rosa y azul,
sirviendo una copa de vino
para ti y para mí.

Sonriendo…
teníamos solo cuatro días,
pero, querida, los convertí en años
y no pienso decir lo siento.

¿Por qué?

Porque aunque te vayas caminando,
con esa misma camisa,
y me des la espalda por sentir demasiado,

aunque lo hagas,
serás eterna en mi piel.

Y mi piel…
¡ah!,
mi piel
está plasmada en poemas.

Por eso, cuando dices que me amas,
creo historias,
canciones,
poesía:
todo el arte que aún no se ha inventado.

Y admito que cuando me congelo ante ti,
cuando no me dejas mentir,
cuando no me dejas decir cuánto deseo
que te derrames en mí,
caigo;
caigo más de lo que la vida
me tenía planeado permitirme.

Y sí, caer no significa perder,
al menos para mí,
y sonríes porque lo sabes.

Y tal vez sentirnos
no sea el riesgo,
sino el acto más honesto
de volver a poner la piel
donde antes hubo frío.

 

Nota de autora:

Este poema explora el deseo como un acto de honestidad radical: sentir no como riesgo, sino como regreso a la piel.

 

 

Yo puedo matarte sin tocarte

 

Lo cumplió.

La primera noche era fría.
Era su primera noche como esposos
y, aun así, helaba en la cama.

—Lo siento tanto, no sé qué me pasó.
No fue mi intención lastimarte,
te prometo que no volveré a hacerlo.
Ven, déjame abrazarte.

Con lágrimas en el rostro
y un dolor hondo en el alma,
sin comprender lo sucedido,
ella se dejó abrazar
por quien antes la había golpeado.

Así continuaron los días.
Los golpes.
Las palabras.
Las miradas de odio.
Todo se volvió rutina.

—Esta vez fue tu culpa.
Mira cómo te portas,
te lo tienes merecido.

Sus lágrimas comenzaron a agotarse
y en su cabeza se acumulaban culpas,
sentimientos,
una inutilidad persistente.

Qué clase de esposa era.
Por qué tenía la culpa.
Qué había hecho.
La próxima vez pensaría mejor sus palabras,
no quería herirlo.

 

—Mi amor, ¿vienes a comer?
Ya está servida tu comida.

—No quiero.
¿Acaso no escuchaste?
Estoy cansado, déjame en paz.

Algo había hecho otra vez.
Era una mala esposa.
Algún día aprendería.
La próxima vez cocinaría algo que a él le gustara.

Vivía cada día
rodeada de preguntas
sin respuestas.

El problema no era ella,
pero su amor sin condiciones
nublaba su realidad.

Los golpes eran cada vez más visibles
y ella cargaba culpa
en cada impacto
sobre su piel.

Una noche sonaron sirenas afuera de la casa.
Se lo llevaron…

Pero regresó.

Ya no con golpes.
Esta vez, con palabras.

—¿Por qué miras así a mi familia?
Deja que mi madre se meta
en el matrimonio.
Tu familia no es buena para ti.
Te hacen daño.
Debes quedarte en casa.
Solo nos tienes a nosotros.
Solo nosotros somos tu familia
y sabemos lo que ocurre aquí dentro.
No escuches a los demás.

YO TE AMO.
Sí, YO TE AMO.

Todo lo que han vivido,
todas las familias lo viven.
Es por su bien.

Mírate, estás fea.
Hacerlo con una prostituta
sería mejor que hacerlo contigo.
Estás gorda.
Maquíllate más.
Arréglate más.

¿Por qué hablas con él?
¿Acaso lo engañas?

No sabe cómo puede dormir a su lado.
Nadie la soportaría.
Nadie la quiere.

¡Le da asco!
¡Le da asco!
¡Le da asco!

 

Él decía ser un buen esposo.
Nadie soportaría
lo que él soportaba.

Ella estaba enferma.
Su familia estaba loca.
Era igual a ellos.

Podía matarla sin tocarla.
Y ella lo sabía.

YO TE AMO.

Al día siguiente vendría su familia.
Quería que ella sonriera.
No quería ver esa cara de amargura,
como si algo le pasara.

Ella se fue haciendo pequeña.
Su felicidad moría
poco a poco.

Se sentía culpable
por la vida que llevaba
dentro del matrimonio.

Pero no era su culpa.

 

Cuando el teléfono sonaba,
ella temblaba.

—¿Dónde estás?

—Ya voy llegando —respondía temblando—,
espérame…

La llamada se cortaba.

—En esta casa nadie hace nada.
Cuando salgas del trabajo
deberías arreglarla.

Cansada miraba el reloj:
eran las diez de la noche cuando llegaba.
A él no le importaba.

Cuando por fin decidió irse,
él se marchó,
dejando a su familia.

Pero las llamadas continuaron.

“Qué suerte tu vida,
ya quisiera tenerla.”

“Qué feliz eres sin mí,
se nota que nunca me quisiste.”

“Vuelve.
YO TE AMO.

 

Ella pensaba que era su culpa.
No sabía qué hacer.
Dudaba de sí misma.

Quizá todos estarían mejor sin ella.
Él tenía razón: el problema era ella.
Quería que la amara.
Pero no servía para nada.
No era nadie.
Nadie la quería.

El llanto fue tan fuerte
que el cielo lloró con ella.
Las paredes de las casas se helaron.

—Otra vez llora —decían los vecinos—.
Ya, por favor, silencio.

Lo decían desde sus casas
mientras compartían artículos
en contra del maltrato a la mujer.

Ella paró.
Se detuvo.
Dejó de llorar.

Le hizo caso.

Cerró los ojos.

 

Y la mató.
Con golpes acumulados
que sanaban por fuera
pero dolían por dentro.

Y la mató
con palabras de odio
que dolían más que los golpes.

La llevó al suicidio.

Confundida,
creyó que él
tenía razón.

Y la mató
sin tocarla.

La mató.

 

Nota de autora:

Este poema nombra una violencia que no siempre deja marcas visibles: la que destruye desde la palabra y convence a la víctima de que amar es morir lentamente.

 

 

 

Encender-me

 

Siento el palpitar de la lavanda en mis venas.
Como si cada letra sembrada en mi piel
fuera regada por nuevos pétalos,
y mi cuerpo —este territorio—
aprendiera a florecer sin permiso.

Y entonces me pregunto.

—¿Y cuando algo te duele,
a dónde vas?

Solía ir a mi librería favorita.
A ese espacio donde el silencio
no juzga,
donde las palabras no imponen
ni obedecen,
solo esperan.

Y cuando no,
me escribo.

Sí.
Voy a las letras cuando algo me duele,
porque mi cuerpo recuerda
lo que el mundo intenta callar.

Voy para comprender
mi dolor,
mi deseo,
mi mente indócil.

—¿Para sanarte?

Quizás.
Pero la sanación no es dócil,
ni rápida,
ni limpia.

La sanación es política.
Es un proceso largo,
irregular,
una desobediencia constante
a todo lo que me quiso rota.

Voy y escribo poesía
porque la poesía
no me pide que baje la voz.

Me salva de un corazón roto,
de una desilusión,
de una mentira,
de la injusticia que habita
en los cuerpos que aman demasiado
y en los cuerpos que el poder quiere disciplinar.

—¿Por qué la poesía?

Porque la poesía no miente.
Porque es verdad
aunque duela.
Porque la poesía grita
cuando nos enseñaron a susurrar.

Porque es caóticamente hermosa,
como un cuerpo que se reconoce
sin culpa.
Caóticamente fuerte,
como una mujer que nombra su deseo
sin pedir perdón.

Porque es esa fuerza
que me recorre la piel,
que enciende mis letras,
que me lleva a otro estado de vida
donde sentir
no es peligro,
sino resistencia.

—¿Y ahí te quedas?

No.
Ahí respiro.

Ahí me sostengo
cuando el mundo pesa demasiado
sobre mis hombros
y el alma se fragmenta.

Ahí no tengo que explicar
por qué duele,
ni justificar mis silencios,
ni negociar mi placer,
ni mi rabia,
ni mi ternura.

Ahí mi cuerpo habla.
Ahí mi voz se vuelve carne.

Solo escribo.

Y a veces,
eso no solo basta:
eso me salva.

 

Nota de autora: Encender-me nace del cuerpo como primer territorio de resistencia como un acto de presencia, de placer consciente y de memoria encarnada. Nombrar el cuerpo es, en este sentido, una forma de empoderamiento y de libertad.

 

 

4 Comments

  1. Yo puedo matarte sin tocarte😔
    Se porqué existieron esas palabras hechas poema y q difícil es leerlo sin llorar.
    Mi hermanita,la q se fue sin querer irse y nos dejó en esta eterna soledad.Es imposible olvidar lo q tanto daño nos causó.
    Vivo esperando despertar de esta pesadilla 😔

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