MICOL ARIANA GONZÁLEZ es escritora residente en Argentina. Comenzó a publicar su obra en 2021 y desde entonces construyó una comunidad de lectoras y lectores en torno a la escritura como forma de estar en el mundo. Su poesía explora la intimidad, el dolor, la fe y la transformación de la experiencia emocional en lenguaje. Publica su obra en Instagram como @arianna.doblenne.
Este poema huele a moscas.
Siempre me digo a mí misma que no escribo porque no tengo nada que decir.
No tengo nada que escribir.
Pero en realidad es que lo que tengo para decir puede no gustarte,
puede no gustarme tampoco.
Uno espera que la poesía sea bonita,
que leas el verso que te dé la esperanza
para levantar la cabeza,
para salir a un mundo
que nada tiene que ofrecerte más que a sí mismo.
Pero muchas veces no tengo nada bonito que decir
e igual podría cambiarte la vida,
porque levantas la cabeza con más orgullo
después del golpe que de la caricia.
No tengo nada bonito para decirte.
A veces soy mi peor enemigo, y me aterra seguir viviendo en este cuerpo
que siente tantas cosas y no puede explicarlas,
que está solo en medio de tanta gente
porque sientes lo mismo que yo,
pero no de la misma forma, y solo por eso
nos separa un océano.
Otras veces pienso en los finales,
los míos y los ajenos.
¿Cuál es el sentido de seguir
en un mundo que gira
mientras todos se bajan?
Las personas que me han enseñado
lo que significa la fe
ya no existen.
Yo creía que algunas cosas eran para siempre.
Cuando se fueron,
dejé de creer.
Siento mucho si esperabas poesía
llena de cosas bonitas:
este poema huele a moscas.
Finalmente sí tenía algo para decir,
solo que, francamente,
no quería escucharlo,
no quería llenarme las manos
del dolor que evito
mirar en el espejo.
Recordar a todas esas personas que se fueron
y dejaron un hueco
que huele a nostalgia
y por dentro no tiene nada.
Aceptar que el mundo gira
y seguirá girando
mientras las cosas que esperamos
que duren para siempre
se bajan.
Pero yo estoy arriba y, mientras tanto,
no tengo nada para escribir,
pero escribo,
y esa es mi manera
de construirme
la esperanza.
Gracias por todo, por favor no te quedes.
Cuando dices:
“Gracias por todo
lo que has hecho por mí,
pero no quiero
que te quedes”.
Por ti
me llenaría
la boca de pájaros
para darte las alas
que el miedo te saca,
y sería el lugar
donde vienen a estallar
todas tus tormentas.
Por ti
dejaría la manía
de mirar al pasado
y rascar la herida
solo para curar
tu propio desastre.
Y cuando el fuego suba,
sería
trinchera;
que, si pudiera,
me volvería
tu casa
y las manos
que salven
del dolor
y la rutina.
Por ti,
la ciudad entera,
y, sin embargo:
“Gracias por todo,
lo que has hecho por mí,
pero no quiero que te quedes”.
Milagros
Los ateos miran el cielo
y afirman que los milagros
no existen.
Ingenuos aquellos
que miran arriba,
buscando
lo que está en la tierra.
¿Cómo no van a existir
los milagros
si alguien creyó en mí
cuando yo no creía en mí misma?
— Ingenuos los que creen
que la fe
se construye
en las iglesias —
Milagro es permitir que el amor sea la enfermedad y la cura,
una madre que espera,
una risa que insiste;
milagro es que recuerdes y que el recuerdo te abrace,
milagro a veces también
es que olvides.
Que el mundo deposite
sobre ti
su cicatriz
y que decidas hacer
de ella un amuleto.
Los ateos miran el cielo
y a las iglesias,
convencidos
de que el milagro no existe.
Pero tú lees,
y yo escribo.
Y cuando escribo, quizás sanes.
Y mientras sanas, yo recupero la fe.
Y a veces,
ese es el único milagro.