28. Año 11 | 1.ª Ed. Quincenal Feb. 2026 | ALEXANDRA DE LA CADENA – Los días de Pablo [Cuento]

ALEXANDRA DE LA CADENA es escritora y creadora audiovisual de Lima, Perú. Formada en cine, su escritura está atravesada por la imagen, el ritmo y las atmósferas emocionales. Escribe desde un lugar visceral y honesto, explorando el cuerpo, la intimidad, la soledad y la memoria. Concibe la palabra como un acto de búsqueda personal y resistencia. Su obra dialoga con el cine, el silencio y la observación de lo cotidiano. ig: @alexandradelacadenar

 

 

 

LOS DÍAS DE PABLO

 

 

Era el año 97, el cielo empezó a nublarse, iba a llover otra vez, algo típico en Arequipa. Me sentía cojudo y triste, no había vendido nada de los vasitos de queso helado que preparaba mi abuela Martha. Le salían riquísimos pero a los gringos no les da buena espina comprar de la calle, a regresar con la cabeza en alto nomás, para que luego mi papá me saque la mugre a patadas y puñetes. A veces siento que se alucinaba que mi cuerpo era su saco de box, viejo tarado. A pasar saliva y poner en práctica mi plan b nomás, ir a que me toquen viejos verdes, las noches de Arequipa eran sabrosas y casi siempre en bares de mala muerte te encontrabas turistas viejos cabros que estaban urgidos de encontrar a algún chibolo provinciano que se dejara tocar sus partes nobles, daban buena propina y yo no le iba a fallar a mi abuelita, ay mi linda abuelita que tanto hace por mí, me lava mi ropita, me cocina, me tiende mi camita, aunque ya estoy viejonazo, con 17 años, pero mi abuelita me adora, siempre serás mi niño, mi Pablito, me dice antes de que me salga a vender sus heladitos.

El bar a apestaba a pura chela y sexo, ahí te dejaban tirar en los baños, por eso los viejos aprovechaban y se metían a los chibolos y chibolas también. Entré con la mente en llevarme al menos unas 100 luquitas, todo bien, un viejo ya me había echado el ojo, vamos pa dentro nomás, donde no llega la luz, era gringo, estos soltaban en dólares. Después de una buena tocada, de haberme sacado todo el jugo, ese viejo estaba con unas ganas, salgo con mis 80 solcitos. Yo soy gay, me gusta que me toquen hombres y no me cuesta admitirlo, no como otros, especialmente mi amigo el Daniel, ese es más cabro que yo, pero lo niega a muerte, ah, pero cuando nadie lo ve se viene acá al bar también a ganar sus monedas y disfrutar un poquito con las tocaditas de los viejos. Yo tengo mi noviecito, se llama Enrique, todos le decimos Quique, ya llevamos medio año juntos pero nos conocemos desde chibolitos, lo quiero bastante, pero él aún no sale del closet, no acepta que es cabro, dice que está confundido, pero yo lo quiero así de confundido, aunque luego me deje por una flaquita más rica que yo, porque yo tengo lo mío, cuerpito atlético, de lo que siempre paro caminando para vender los heladitos de mi abuela, me doy mis buenas lateadas y eso me mantiene en forma.

Mi abuelita estaba durmiendo cuando llegué, le di su beso de las buenas noches y me fui para mi cuarto, que solo estaba separado por una cortina de baño, no podía dormir, estaba pensando en el Quique, y al parecer lo llamé con el pensamiento, en eso siento que me empiezan a silbar desde afuera, ese era mi hombre, venía a buscarme para darle sus buenas noches también. Oye, qué haces acá, estabas chupando, ¿no? Borracho vienes a verme, maldito. Nos empezamos a dar un chape maldito, y a tocarnos un poquito. Cuidado que vaya a llegar mi viejo, oye, Quique, contrólate, estás como bestia. Para que sepan, yo era virgen, bien inmaculada, claro, me dejaba tocar por viejos, pero nada más tocar, ni el Quique me había hecho suyo, puro hasta el matrimonio, diría mi abuelita si yo fuera mujercita. ¡Condenado! ¡Cabro de mierda! Escuché gritar a mi viejo, había llegado, nos había pescado, sentí que me moría, se acercó corriendo y me agarró del pelo, me tumbó al piso y al Quique lo agarró a puñetes, hasta que salió corriendo para su casa, yo tirado en el piso viendo cómo mi viejo se sacaba la correa y empezó a darme uno, dos, tres, cuatro correazos, mientras me gritaba que la vida lo había maldecido con un hijo cabro, que qué es lo que estaba pagando, que me iba a matar. Te largas de mi casa, maricón de mierda, mi abuelita se despertó asustada por tanto grito, la gente de las casitas de esteras de al costado también salió a sapear, porque yo vivía en un barrio bien pobre, a las justas teníamos agua cuando venía la cisterna, pueblo chico infierno grande, dirían. Me metí a mi cuarto corriendo y mi viejo ya estaba recogiendo mis pocos trapos, qué pasa, qué pasa, Pablito, gritaba mi abuelita, pobrecita. Mi viejo me va a botar por cabro, abuelita, perdóname, perdóname por haber nacido así. Mi viejo me agarró a palazos y así me sacó de la casa, me botó como un apestado, como si no fuera su hijo, para él ya había muerto, así fue lo último que me dijo. Ahora qué iba a ser de mí, sin curarme los golpes fui corriendo a buscar a Quique, le tiré un par de piedras en la ventana de su cuarto, él salió todo molesto. En qué problema me has metido, Pablo, yo no soy cabro, te dije que estaba confundido, era solo para probar. Quique, me han botado de mi casa, no sé qué hacer, se me salían las lágrimas pero el muy desgraciado lo único que hizo fue decirme lo siento, hermanito, ese es tu problema, zafa nomás, ya no quiero que vean contigo. Maldito seas, Quique, maldito seas, maldito sea el amor. Solo tenía mis 80 luquitas y una tristeza horrible, vaganbundeé y en eso que caminaba sin rumbo pasé por la terminal de buses, ¿y si me voy para la capital? ¿y si me voy para Lima? Señorita, ¿cuánto cuesta el pasaje más barato para Lima?

Ya estaba subido en el bus, con 40 soles menos, pero pensando que al menos un futuro mejor me esperaría en la capital. Me quedé jato todo el viaje, hasta que una señora me pasó la voz, ya habíamos llegado, bajé por un lugar que se llamaba avenida 28 de Julio, yo solo quería ir a donde estaba la plaza, buscar trabajo, pero primero tenía que buscar dónde quedarme. Preguntando y preguntando por hoteles baratos me mandaron a Abancay, donde encontré un cuartito de hotel, que me lo dejaron a 40 lucas por dos noches, tenía que conseguir chamba lo más pronto. Mientras caminaba por las calles del centro de Lima, nunca había visto tanta gente junta, me paro frente a una iglesia bien grande, qué más golpes me vas a dar, Dios, perdón por nacer maricón, yo sé que a ti no te gustan los maricones, pero que más, primero me quedé sin mamá cuando era niño, desde ese entonces mi viejo me empezó a odiar, ahora estoy solo, solo y sin plata. No conozco esta ciudad, no conozco ni mierda. Había llegado al Rímac, entre tanta lateada ni me había dado cuenta por dónde estaba, solo era un provinciano en la ciudad. Se necesita lavaplatos, decía en la puerta de un restaurante, aquí mismo soy, pensé, el dueño era un señor viejo que casi me come con la mirada, pasé saliva nomás, tenía que aceptar el trabajo, me pagaban 20 soles el día, al menos para pagar mi cuarto me iba a servir. Así de rápido pasaron dos semanas donde tenía que lavar rumas de platos y más platos, mientras a veces el dueño venía a mirarme el culo mientras se fumaba su cigarro, yo tenía que soportar nomás. Lima era bien caótica, olía a pichi y había bastantes maricones.

31 de diciembre por la mañana, ese día solo se iba a vender desayunos, por lo que me había dicho doña Meche, la cocinera. Ya me voy, papito, que tengas un buen año nuevo, cuídate mucho. Chau, doña Meche, se me cuida también, pasela bonito con sus hijos. Ya me estaba quitando el delantal y preparándome para salir, pero el don Alberto, el dueño, se acercó, las puertas ya estaban cerradas, no había nadie. Pablito, no te vayas tan rápido, te voy a pagar tu día. Claro, don Alberto, muchas gracias. Pero acércate, Pablito, yo no muerdo. Disculpe, don Alberto. Acércate te he dicho, carajo, o no te pago ni mierda. Me acerqué con miedo, ese viejo me daba asco, ni bien di un paso, me jaló hacía él y tiró contra la pared, empezó a tocarme todo mi cuerpo, yo trataba de zafarme pero el viejo sacó una navaja y me la puso en el abdomen. Pablito, Pablito, no te voy a hacer daño mientras tú cooperes, maricón de mierda, crees que no he visto cómo te gusta que te mire el culo, bien que lo disfrutas. Me tiró al piso, me bajó el pantalón y sentí mucho dolor, una y otra vez. Feliz año nuevo.

Cuando don Alberto decidió dejarme ir, no sabía qué hacer, la gente corría de un lado a otro, las luces me cegaban, ya era de noche, noche de año nuevo, caminé hasta llegar a la plaza San Martín, me quedé sentado, mi mente se nubló, mis ojos se aguaron. ¡10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2, 1! ¡Feliz año nuevo! ¡1998! Los fuegos artificiales se sentían como bombas, yo sentía que estaba muerto en vida. ¿Y qué hace un chico tan cuero como tú así tan solito un año nuevo? Y así conocí a Sebastián.

Sebastián era flete, vivía en Barrios Altos con su viejita, y trabajaba vendiendo su cuerpo a viejos en plaza San Martin, siempre llevaba una prenda roja para que sepan que estaba en busca de clientes, con 19 años ya conocía bastante bien el mundo de la prostitución masculina en Lima y así me lo enseñó, mi inocencia ya no existía y mi cuerpo era la vía para ganar dinero y sobrevivir en este mundo.

La calle estaba dura, a veces tenía que aceptar hasta que me pagaran 10 soles y eso, yo tenía que poner el cuarto, pero era eso o no llevarme ni un pan a la boca, y más cuando salían los ternas, ahí había que tener cuidado, porque si te encontraban te quitaban toda plata y encima te metían más golpe, por suerte hasta ahora no me había tocado. Cuatro meses en Lima, y ya me sentía un limeñito más.

Vamos pues, no seas aguafiestas. Sebastián estaba de buena racha, le habían tocado puros clientes con plata y ahora quería invitarme a un bar que disque está de moda ahí en el centro, él iba a poner las chelas, seguro quería ver puro hombre, pero no viejos, hombre joven y guapo. Me hice de rogar pero al final fuimos, me puse bonito con la poca ropa que tenía. El bar Zela era el bar de moda, con todos los pituquitos limeños queriendo vivir la experiencia de chupar en el centro de Lima. Un sótano con buena música, yo me puse a bailar como loco, estaba desatado, Sebastián pidió un par de chelas y nos emborrachamos un poquito. Sonó Domino Dancing, una canción que me había enseñado Sebas, me encantaba, me puse a gritar y bailar como loca, la pista era mía, por primera vez en mucho tiempo sentí que tenía ganas de vivir. Una mano me agarró la cintura, ¿puedo bailar contigo? En mi borrachera y con la poca luz del lugar, solo pude ver que era un chico alto con anteojos, a esa hora la gente estaba tan ebria que no les importaba si veían a dos hombres bailando, así que yo solo me dejé fluir, bailamos hasta que terminó la canción, me sacó del bar y una esquina de Nicolás de Piérola nos empezamos a besar como locos, sin miedo a ser vistos. Me apuntó su número en una servilleta, llámame mañana, me dijo, me llamo Marco.

Claro que lo llamé, me citó en Miraflores, con ayuda de Sebas pude llegar. Empezamos a salir seguido, caminábamos por el malecón, y cuando veíamos algún lugar metido, empezábamos a chapar como locos. Marco no sabía que yo era flete, que vendía mi cuerpo por plata a viejos verdes, yo quería dejar esa vida, pero no podía, era lo único que sabía hacer.

Era martes por la mañana, habíamos quedado en vernos con Sebastián para ir a hacernos la prueba de la muerte, como le decía él, varios amigos habían muerto por ese virus que estaba inundando la ciudad y matando a los maricones, era nuestro virus, decía la gente, SIDA. La prueba fue rápida pero los resultados iban a demorar, yo tenía miedo, en este momento ya no quería morir. Por la noche, antes de ir a trabajar, fui al departamento de Marco, sus viejos habían salido de viaje y estaba solo con su hermana, por primera vez conocí su cuarto, era bonito, olía rico, como vainilla y a hombre. Oye tu cuarto está bien bonito, y la vista que tienes al malecón, dormir frente al mar, vives como en un sueño. Él solo se reía al verme tan sorprendido por todo a mi alrededor. Me agarró de la cintura y me apretó contra él, me empezó a besar el cuello y luego me volteo, cara a cara empezamos a besarnos, besarnos como dos bestias, esta era la primera vez que no me pagaban por sexo, ni me violaban, iba a hacer el amor, como le decían.

Nunca había llegado tan feliz a trabajar, a vender mi cuerpo, estaba irreconocible. Le conté todo a Sebas, me sentía una quinceañera. Las horas de trabajo se pasaron rápido, ya quería regresar a mi cuarto de hotel y repasar todo nuevamente en mi cabeza, como en una película.

Dos meses después sentía que la vida de un flete podía dar un giro. Quería estudiar, quería ser alguien, me sentía querido, y deseaba vivir, hasta que una mañana caí con fiebre, no podía levantarme de la cama. Sebas fue a cuidarme, estuve casi una semana enfermo, no quería ir al hospital hasta que Sebas me llevó arrastrando, me regresaron a casa, a las tres semanas ya había perdido mucho peso, no podía comer y ni Sebas ni yo sabíamos lo que tenía. Volvimos al hospital, esta vez fueron un poco más buenos conmigo, aunque la doctora al verme lo primero que hizo fue preguntarme si era gay. ¿Te has hecho la prueba de VIH?, dijo preocupada. Claro, sí, ambos nos la hicimos aquí mismo, dijo Sebas. Nos habíamos olvidado de los resultados. La doctora nos miró con cara de pocos amigos y solo dijo que iba por nuestros resultados.

No te vas a morir pronto, esto no te va a matar. Hubo buenas y malas noticias. Sebastián estaba sano, y yo estaba infectado, no me quedaba más que un par de meses o semanas. No podía irme sin decirle todo a Marco, no tenía cara, así que lo único que pude hacer fue llamarle, le conté todo, y al otro lado del teléfono sólo se escuchó un silencio, un silencio que para mí fue el adiós, y una culpa que cargaré.

Traté de llamar a mi abuelita, pero la vecina jamás le pasó mis mensajes. Abuelita, ya no te voy a dar más cargas.

Mis últimos días ahora son postrado en una cama en la casa de Sebastián, con una enfermedad que me está matando. Porque cuando quise ser feliz, cuando quise vivir, en realidad estaba muriendo.

 

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