JOSEFINA G. PAZ es uruguaya, tiene veinticuatro años y reside en Montevideo. Es Licenciada en Comunicación, dedica gran parte de sus días a la lectura y escritura.
1.
quién me hizo a mí con qué ramas bajo qué sospechas
cuántas oportunidades dejó pasar antes de llegar
y sobre todo quisiera saber cuánto esfuerzo
cuánta fatiga cuánto tiempo empleó
acaso quedaron sus manos con ampollas
eso es asumiendo que me hicieron con manos
en ese caso quisiera saber
de qué manera sus dedos se doblaban
cuántas veces quisieron rendirse, sí,
antes que nada quisiera saber si pensaron en abandonarme
con qué alivio habrán pensado terminemos con esto
con qué orgullo, con qué júbilo
yo me pregunto cuánto sudor es necesario para construir
Algo Ya Quebrado y quién se molestaría en hacerlo
quién tomaría tiempo de su día quién
dejaría en casa a su familia al ocio a Dios
para ocuparse por un cuerpo
que ya se nota ya es evidente lo dicen en las calles
lo dicen en la televisión: no va a funcionar.
con cuánta timidez, con cuánto miedo,
quién hizo la prueba antes, acaso
caben las dudas, y si es así
dónde esconden su juicio, cómo lo miden
Yo sólo quiero saber cómo decidieron
los silencios y los huecos y los enfados
la monotonía y las obsesiones
quisiera saber cómo devolverme
cómo esquivarlos cuando regresen e insistan
en que esto no puede comenzar de nuevo;
esto está hecho tú estás hecha, niña
no podemos repararlo
pero no te preocupes, niña,
aliento, niña, aliento…
2.
así comienzan las historias que lo tienen todo: amarrada a sus brazos como si debajo de mí hubiera un principio, una montaña, una cumbre aún más alta que este dolor. de niña cosí mis dedos a los suyos, aferré mis huesos a su espalda y detrás de él tantos hombres imitaban su fuerza, tantos hombres rasgaban la tierra buscando aquella ternura.
de niña entendí que para amar había que quitarse la piel, quitarse las uñas, reconocer el cuerpo de una como una coraza.
inclinada hacia sus dientes arranqué de él las palabras. quería una por una memorizarlas, saborearlas y pulirlas como un perro mastica un hueso. quería dejar en ellas todo mi fervor.
una huella que afirme que allí había estado, sí, es cierto: allí había estado.
así comienzan las historias que lo tienen todo.
y con mis manos sostuve las primeras sílabas que de él se derramaban y eran un líquido espeso como si hubiese pasado su vida en el bosque bebiendo de los ríos. como si hubiésemos sido criaturas fantásticas, como si pudiésemos hablar un lenguaje desconocido en todo el mundo. salvo aquí, en este destello.
3.
Hundía la fruta en la miel y decía:
tu abuela dejó el desayuno sobre la mesa.
Era una mandarina,
la sumergía sin confundirse, tocando apenas
los bordes de su plato, y sonreía cuando por accidente
abandonaba la lectura para mirarme.
La casa ahora es un recuerdo laberíntico,
un río amarillo de cuyas ramas
siempre supe agarrarme.
Mi abuela traería horas más tarde
las frutas para la mañana siguiente.
No había mucho más:
a la vida la formaban los hijos,
los nietos, las comidas por hacer.
La casa era entonces un paseo largo
como un poema comenzado en la niñez
y reescrito cada marzo, cada octubre,
cada vez que había cosas por hacer.
Al conocer a mis abuelos
debí de haberme hecho larga,
debí de haberme hecho agua.
La casa es ahora una imagen
que zumba y aletea
detrás de mi memoria.
Un cerco por cruzar,
el aliento de un libro,
un tronco que deja pasar el agua.
Es mi madre ahora
quien levanta la mirada
y me dice: vení, acercate,
hay algo que quiero que leas.