BRIAN DURÁN-FUENTES (Ciudad de México, 1990). Trabaja como intérprete médico en un hospital en Texas. Egresado de la Universidad de Salamanca. Ha publicado en revistas Oyez Review, Thimble Magazine, Irrradiación. Autor de los poemarios Gracias por su compra en Supermercado Secgens (Ediciones Fondo del Mar) y Laúsfera (Editorial Adarve). Instagram: brain3dx
Iggy. スタンド: El loco
mi tristeza va contigo
no como carga
no como oscuridad
como semilla estertor
Horacio Warpola
A veces la poesía no es más
que una pausa entre capítulos,
por semanas, meses, cántaros,
cuando te das cuenta que el héroe,
vago perpetuo, poseso de la nada
colectiva marcha hacia el abismo,
corona de plumas y máscara tiki,
es el fantasma sobre el escenario,
como en un concierto de Jamiroquai,
peor aún, un concierto de Soda Stereo,
al que estoy condenado a nunca asistir.
El holograma incapaz de sincronizarse
con la presión arterial de los perros,
entes errantes que obedecen al caos.
Los cántaros están llenos de una arena
fina como como la luz entre las ramas
que presagian las flores del nopal.
No hay mayor soledad que beber
de esos cántaros mientras el mundo
se mastica a si mismo con dientes fosilizados.
Te escribo a la hora de tu almuerzo
y te cuento que no puedo dejar de llorar
porque brindo con mis muertos de una tribu
que vende la metáfora de la palabra escrita,
encontrar una canción que hable del té,
imaginar un país resguardado por bestias
que resguardan márgenes en las cartografías,
enamorarse de parientes ficticios
que callan sus desgracias para no angustiarnos.
No puedo dejar de llorar porque resulta gracioso
como solamente es posible adorar a los fantasmas
y es difícil abrazar la carne viva,
por miedo al circuito de electricidad entre los nervios,
acariciar las palabras cuando la tinta fresca
nos recuerda al aroma del camposanto.
Es el regreso del vaquero galáctico,
lujuria por la vida como Johnny Yen,
adorable puente se ha formado entre los dos,
en ese altar para los fantasmas de papel.
Ahí me pongo a beber cuando nadie me encuentra,
porque a veces la poesía no es más
que una pausa entre sus versos.
Yo que quisiera que Iggy no tuviera que morir,
y tú que te alejas cuando vienen las avispas,
pero te juro que a mí nunca me han herido,
como sí me han herido las personas que me sonríen.
Yo digo que las avispas inventaron el papel,
viven en cuartos hexagonales
como la biblioteca de Babel,
quizás en algún tomo Iggy consigue perfeccionar
el artificio que le consiga la victoria contra el mal,
quizás llegue el día en el que de mí solo quede papel
y ya solamente así te me puedas acercar
para contarme que vienen días lluviosos, como me gustan.
Exégesis en fauna
Para Ana Gregorio Cano
Guardo las puertas de un mundo invisible,
rejas de un zoológico invisible,
cada mañana y una que otra noche,
hago que palabras en sombras desfilen
igual por doctoras que por enfermeros,
palabras paquidérmicas y robustas,
de tildes afiladas, raíces griegas,
a veces quimeras echas con latín.
Guardo las puertas de un mundo invisible,
flora y fauna de nuestro organismo,
vista solo en polisomnografías,
borborigmos, oligodendrocitos,
microbiota que sobrevive en libros,
limerencia por las etimologías,
el profiláctico para el olvido.
Circo para los doctores en las rondas
al reabastecer los significantes,
en la cistouretrografía miccional
que mide el reflujo de los idiomas,
edad ósea de lo hipermoderno.
El hospital, como la selva pluvial,
es un cultivo de las nomenclaturas,
micromatriz de las terminologías,
reumatología que estudia el silencio,
el flujo de toda metáfora clínica,
variantes de significado incierto.
Guardo las puertas de un mundo invisible,
vademécum de experiencia humana,
serpiente, líquido cefalorraquídeo,
cubre al planeta en conversación.
Verás,
la panacea terrestre se caduca
si Apolo nos niega la poesía
y no soy nadie si no soy su sirviente.
Cierro las puertas de un mundo invisible,
mis alveolos y tráquea son el templo
donde las aves reposan a ser verbos,
y cual si fuera la oculta endoprótesis,
yo desaparezco entre los tejidos
para que hablen aquellos que nunca han podido.
Retrato de un hombre hermoso en el metro
Vamos en el metro a Pantitlán
y llueve mertiolate por la calle
las aves lo recogen como aguas
que obsequian a un cielo herido
un hombre duerme enfrente de mí
sostiene una mochila hinchada
como un huevo negro de polyester
la abraza para que no se le resbale
su cara obstinada de basalto
y sus cejas de palmeras y alambres
le tapan sus párpados explotados
la gravedad le baja la cabeza
y me deja ver un planeta peludo
con sendas de trigales plateados