75. Año 11 | 2.ª Ed. Quincenal Abr. 2026 | BRIAN DURÁN-FUENTES – Exégesis en fauna

BRIAN DURÁN-FUENTES (Ciudad de México, 1990). Trabaja como intérprete médico en un hospital en Texas. Egresado de la Universidad de Salamanca. Ha publicado en revistas Oyez Review, Thimble Magazine, Irrradiación. Autor de los poemarios Gracias por su compra en Supermercado Secgens (Ediciones Fondo del Mar) y Laúsfera (Editorial Adarve). Instagram: brain3dx

 

 

 

 

Iggy. スタンド: El loco

 

mi tristeza va contigo

no como carga

no como oscuridad

como semilla estertor

Horacio Warpola

 

A veces la poesía no es más

que una pausa entre capítulos,

por semanas, meses, cántaros,

cuando te das cuenta que el héroe,

vago perpetuo, poseso de la nada

colectiva marcha hacia el abismo,

corona de plumas y máscara tiki,

es el fantasma sobre el escenario,

como en un concierto de Jamiroquai,

peor aún, un concierto de Soda Stereo,

al que estoy condenado a nunca asistir.

El holograma incapaz de sincronizarse

con la presión arterial de los perros,

entes errantes que obedecen al caos.

Los cántaros están llenos de una arena

fina como como la luz entre las ramas

que presagian las flores del nopal.

No hay mayor soledad que beber

de esos cántaros mientras el mundo

se mastica a si mismo con dientes fosilizados.

Te escribo a la hora de tu almuerzo

y te cuento que no puedo dejar de llorar

porque brindo con mis muertos de una tribu

que vende la metáfora de la palabra escrita,

encontrar una canción que hable del té,

imaginar un país resguardado por bestias

que resguardan márgenes en las cartografías,

enamorarse de parientes ficticios

que callan sus desgracias para no angustiarnos.

No puedo dejar de llorar porque resulta gracioso

como solamente es posible adorar a los fantasmas

y es difícil abrazar la carne viva,

por miedo al circuito de electricidad entre los nervios,

acariciar las palabras cuando la tinta fresca

nos recuerda al aroma del camposanto.

Es el regreso del vaquero galáctico,

lujuria por la vida como Johnny Yen,

adorable puente se ha formado entre los dos,

en ese altar para los fantasmas de papel.

Ahí me pongo a beber cuando nadie me encuentra,

porque a veces la poesía no es más

que una pausa entre sus versos.

Yo que quisiera que Iggy no tuviera que morir,

y tú que te alejas cuando vienen las avispas,

pero te juro que a mí nunca me han herido,

como sí me han herido las personas que me sonríen.

Yo digo que las avispas inventaron el papel,

viven en cuartos hexagonales

como la biblioteca de Babel,

quizás en algún tomo Iggy consigue perfeccionar

el artificio que le consiga la victoria contra el mal,

quizás llegue el día en el que de mí solo quede papel

y ya solamente así te me puedas acercar

para contarme que vienen días lluviosos, como me gustan.

 

 

 

Exégesis en fauna

Para Ana Gregorio Cano

 

Guardo las puertas de un mundo invisible,

rejas de un zoológico invisible,

cada mañana y una que otra noche,

hago que palabras en sombras desfilen

igual por doctoras que por enfermeros,

palabras paquidérmicas y robustas,

de tildes afiladas, raíces griegas,

a veces quimeras echas con latín.

 

Guardo las puertas de un mundo invisible,

flora y fauna de nuestro organismo,

vista solo en polisomnografías,

borborigmos, oligodendrocitos,

microbiota que sobrevive en libros,

limerencia por las etimologías,

el profiláctico para el olvido.

 

Circo para los doctores en las rondas

al reabastecer los significantes,

en la cistouretrografía miccional

que mide el reflujo de los idiomas,

edad ósea de lo hipermoderno.

 

El hospital, como la selva pluvial,

es un cultivo de las nomenclaturas,

micromatriz de las terminologías,

reumatología que estudia el silencio,

el flujo de toda metáfora clínica,

variantes de significado incierto.

Guardo las puertas de un mundo invisible,

vademécum de experiencia humana,

serpiente, líquido cefalorraquídeo,

cubre al planeta en conversación.

Verás,

la panacea terrestre se caduca

si Apolo nos niega la poesía

y no soy nadie si no soy su sirviente.

 

Cierro las puertas de un mundo invisible,

mis alveolos y tráquea son el templo

donde las aves reposan a ser verbos,

y cual si fuera la oculta endoprótesis,

yo desaparezco entre los tejidos

para que hablen aquellos que nunca han podido.

 

 

 

Retrato de un hombre hermoso en el metro

 

Vamos en el metro a Pantitlán

y llueve mertiolate por la calle

las aves lo recogen como aguas

que obsequian a un cielo herido

un hombre duerme enfrente de mí

sostiene una mochila hinchada

como un huevo negro de polyester

la abraza para que no se le resbale

su cara obstinada de basalto

y sus cejas de palmeras y alambres

le tapan sus párpados explotados

la gravedad le baja la cabeza

y me deja ver un planeta peludo

con sendas de trigales plateados

 

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