ALEJANDRO FREGOSO REY (Tijuana, 1976). Tijuanense de nacimiento, egresado de la escuela de Ingeniería en Electrónica del Instituto Tecnológico de Tijuana. Vendedor desde los 20 años. Micro empresario en el ramo de la industria electrónica para la producción de maquinaria y productos médicos. Aficionado al automovilismo, la lectura, la escritura y entusiasta del vino y la comida. En 2021 se incorporó al taller de autobiografía y en 2022 formó parte del taller de narrativa donde elaboró el manuscrito de “Las dalias de Julia” publicado y presentado en el Centro Cultural Tijuana, el 27 de julio de 2023. En febrero de 2024, presentó tres cuentos en la compilación “Tijuana entre letras” referentes a episodios de la cotidianidad de Tijuana. (CECUT)
BATALLAS DE CRISTAL
Los planes para las batallas se fraguaban en los días despejados de verano cerca de la costa del Pacífico. El viento ligero del oeste llegaba como bálsamo. Los dos frentes, ansiosos, establecían los acuerdos de guerra y definían, sobre una mesa rodeada por seis sillas y tapizada con tazas de café, las condiciones del enfrentamiento. Al final de la reunión llegaban a un pacto que era sellado con un cálido apretón de manos de las dos partes.
Sucedían los sábados por la tarde. El cabo, que siempre estaba ansioso y nervioso, preparaba su arsenal. Con la vista al frente, dirigida directamente a los ojos del oponente, emulaba tener tanto miedo que las manos le temblaban. Se imaginaba que era Napoleón. Pequeño de estatura, pero enorme y aguerrido para la batalla.
A la distancia, el oponente escuchaba el rugido de unas enormes bolas de cristal que se acercaban lentamente al frente de batalla. El piso crujía y vibraba. Al grito cruento y feroz de ¡ataquen!, empezaban aquellas despiadadas batallas que partían el frente en mil pedazos.
El bombardeo se iniciaba a las dieciocho horas. Algunas bolas de cristal de diferentes tamaños y colores, convertidas en perdigones, daban en el blanco y otras se desviaban a los laterales del pelotón del contrincante, que era algo diverso, posiblemente por aquello de la inclusión racial o solo por azares del destino. Estaba conformada por una veintena de soldados con uniformes de color verde, provenientes de una zona militar estadounidense. Se unían a ellos un grupo reducido de apaches texanos que viajaban a pie y portaban mechones enormes que sin duda complicaban sus movimientos tácticos. En alguna ocasión, mientras libraban otra batalla, se integraron dos escuadrones de caballería que no lucían precisamente aptos para el arte de la guerra y dos grupos de vaqueros que pasaban por el lugar de la batalla.
Los proyectiles esféricos hacían destrozos en las filas del contrincante. Parecía, por el ataque incesante, que el cabo tenía un número ilimitado de municiones, mismas que guardaba en el parque de artillería que se situaba a su espalda. Era una caja metálica color verde que perteneció a la tropa estadounidense que venció un año antes. Los enemigos de las bolas de cristal estaban anclados al piso por órdenes del general de brigada. Este, era un hombre alto, robusto y de pelo canoso, siempre con un cigarro en mano para lanzar humo como distracción.
Tenía un temperamento estricto en combate que ayudaba para que su pelotón respetara las órdenes, pero era afable en sus días libres para mantener una pequeña tregua entre batalla y batalla. Con una voz ronca giraba la instrucción a sus inferiores de no moverse y mantenerse firmes sin importar el embate de los monstruos cristalinos.
Los más valientes, desobedecían las órdenes del general y trataban de avanzar lentamente con la intención de minimizar el impacto, pero no servía de nada debido a los intensos esfuerzos del atacante por destruir la línea de combate enemiga. A sus espaldas, un paredón rojo que exhalaba humo en su parte superior, limitaba el área de combate, dejándolos sin opciones para retroceder o correr para ponerse a salvo. No tenían opción más que luchar a muerte.
Una vez que las balas cristalinas hacían contacto con el regimiento, ya para entonces ensangrentado y dividido, se escuchaban las burlas del atacante. Continuas y sonoras carcajadas que también servían para herir la autoestima del contrincante y para intentar demostrar que no había fuerza humana que lo detuviera. Aquello parecía un ataque de la Segunda Guerra Mundial sobre las costas francesas de Normandía con gritos de dolor y sangre por todos lados.
Una hora después del primer bombardeo, se izaba una bandera blanca para dar por terminado el combate.
Un día ya no hubo batalla. El patio, con el hermoso emparrado que fungió como campo de enfrentamiento, estaba solo y triste. El asador de ladrillo rojo, que había sido paredón, solo humeaba gracias a las carnes asadas de los sábados. Los militares se cansaron, se enfadaron o solo se dieron un respiro para pasar a cosas más divertidas.
El cabo quien operaba el lanza canicas tenía una ventana en su sonrisa y seis años de vida. El general tenía cincuenta y dos años. Pero de esos años cansados por una vida dura de arduo trabajo. Aun así, el general resistía el cansancio de sus rodillas al piso para enfrentar aquellas batallas memorables y dar un poco de alegría al pequeño cabo. Este tenía las rodillas rojas gracias al polvo de los ladrillos del patio y los zapatos con las puntas raspadas que causaban terror a su madre. Ella era quien izaba la bandera blanca para invitarlos a cenar y platicar sobre el último parte militar.
Las canicas, los soldados, comanches y vaqueros, terminaron olvidados en sus bolsas de plástico en algún cajón del cristalero café en la sala o en alguna esquina de un mueble verde en la cocina. Se quedaron sin volver a ver la luz del día ni las batallas sangrientas del pasado.
A los pocos años, el general de pronto voló al cielo y el cabo no lo entendía, a pesar de repasar y esperar aquel fatal desenlace en su mente día y noche. El general se fue sin decir adiós con palabras, porque no le salían de la garganta por el nudo que lo ahogaba. Pero la mirada que intercambiaron el dieciséis de abril lo dijo todo, era la misma que años antes compartieron llenas de complicidad en los días de juego y diversión.
El cabo no sabe si el viejo se fue a vivir entre nubes y estrellas o a caminar en esos verdes pastos que según dicen las escrituras que hacen descansar. Pero está seguro que se quedó a su lado agarrándole la mano para ayudarle a dirigir las intensas batallas que, ya como general, tendría que luchar en un futuro inminente.
Ahhh que padre desenlace, que lástima que el cabo se quedó sin su general; seguro se invento historias de guerra con la abuela