92. Año 11 | 2.ª Ed. Quincenal May. 2026 | PAULO NASCIMENTO GUERRA – Tres formas de no desaparecer

PAULO NASCIMENTO GUERRA es poeta portugués. Ha publicado tres libros: O lugar do som (2015), Vida (2015) y Vendedor de lágrimas (2016). Su escritura explora el tiempo, la memoria y la fragilidad de la existencia humana a través de un lenguaje preciso y de imágenes que persisten. Reside en Portugal. Instagram: @paulonascimentoguerra

 

 

 

 

Tres formas de no desaparecer

 

I

 

La última persona que sabía mi nombre

 

Un día morirá

la última persona

que todavía sabe pronunciar mi nombre.

No hablo de quien me conoce ahora.

Hablo de alguien más lejano.

Alguien que quizá todavía no sabe

que un día

será el último lugar donde existo.

Porque vivir

no es permanecer en el cuerpo.

Vivir

es seguir respirando

dentro de la memoria de alguien.

Y las memorias

son casas frágiles.

A veces basta una enfermedad.

Una tarde demasiado larga.

Un silencio que empieza a crecer en el cerebro.

Entonces todo se borra.

Las caras.

Las calles.

Las voces.

Incluso los nombres.

Un día

alguien dirá mi nombre por última vez

sin saber que es la última vez.

Lo dirá tal vez

mientras lava un plato

o cierra una ventana

o mira distraído la lluvia caer.

No habrá música.

No habrá despedida.

Solo una palabra

cruzando el aire

como una piedra pequeña.

Después

nadie volverá a decirla.

Y sin embargo

algo de mí

seguirá viviendo durante un tiempo

en la forma en que esa persona

respira.

Porque somos eso.

Un puñado de sonidos

que alguien recuerda

durante unos años.

Y cuando ese recuerdo desaparece

no queda un cuerpo.

Queda

una habitación vacía

donde alguna vez

alguien dijo nuestro nombre

y el universo

tuvo que escucharlo.

 

 

II

 

Las cosas que recuerdan cuando nadie recuerda

 

Las casas

recuerdan.

No con palabras.

Con otra forma más lenta

de memoria.

La silla

sabe exactamente

cuánto pesaba tu cuerpo.

La mesa

recuerda

el lugar donde apoyabas las manos.

La ventana

conoce la forma precisa

en que mirabas la tarde.

Los objetos

no olvidan.

Solo esperan.

Durante años

siguen guardando la huella

de lo que ocurrió.

Pero nadie les pregunta.

El mundo está lleno

de recuerdos mudos.

Cucharas que recuerdan una boca.

Escaleras que recuerdan pasos.

Espejos que recuerdan rostros

que ya no existen.

A veces pienso

que la memoria humana

no es la más fiel.

Somos nosotros

quienes olvidamos primero.

Las cosas

resisten más.

Las paredes

todavía conservan

la temperatura exacta

de una conversación.

Las puertas

recuerdan

cómo alguien dudó

antes de marcharse.

Y sin embargo

llega un día

en que ni siquiera los objetos

pueden sostenernos.

La casa se vacía.

La madera se agrieta.

El polvo

aprende a ocupar los lugares

donde antes había nombres.

Entonces ocurre algo extraño.

No desaparecemos.

Nos volvemos

una forma de silencio.

Un silencio antiguo

que permanece dentro de las cosas

como si el mundo

tuviera memoria

mucho después

de que nosotros

dejamos de recordarnos.

 

 

III

 

La edad exacta del universo cuando dije tu nombre

 

Dicen que el universo

tiene trece mil ochocientos millones de años.

Lo dicen con números

como si el tiempo fuera una cifra

y no esta oscuridad lenta

que sigue creciendo dentro de las cosas.

Sin embargo

nadie ha calculado todavía

la edad exacta del universo

en el instante

en que alguien pronuncia un nombre.

Tu nombre.

Porque cuando dije tu nombre por primera vez

algo en el mundo se inclinó ligeramente

como si la realidad

hubiera tenido que hacer espacio.

No fue un sonido grande.

Ni siquiera fue hermoso.

Fue apenas una vibración mínima

entre mis dientes y el aire.

Pero desde entonces

todo lo que existe

ha tenido que convivir con ese hecho.

El universo siguió expandiéndose.

Las galaxias continuaron alejándose unas de otras

como barcos antiguos

perdiéndose en la niebla del tiempo.

Las estrellas nacieron

ardieron

y murieron

sin saber que, en un punto insignificante

de una de sus innumerables periferias,

alguien había pronunciado tu nombre.

Y sin embargo

algo cambió.

Porque decir un nombre

no es simplemente llamar a alguien.

Es alterar la arquitectura del silencio.

Es abrir una grieta

por donde empieza a entrar el mundo.

Hay palabras que pasan.

Hay palabras que se olvidan.

Pero un nombre verdadero

cambia la gravedad del tiempo.

Muchos años después

he olvidado casi todo.

Los lugares exactos.

Las horas.

Las razones que parecían definitivas.

Pero todavía recuerdo

la sensación precisa

de aquel instante.

Como si hubiera tocado

una pared invisible

detrás de la cual

todo estaba esperando.

Hay palabras

que atraviesan el aire

y desaparecen.

Hay otras

que permanecen flotando durante siglos

sin que nadie las escuche.

Y luego están los nombres.

Los nombres son otra cosa.

Un nombre

es una forma de gravedad.

Algo que atrae hacia sí

todos los recuerdos posibles.

Algo que curva el tiempo

alrededor de una ausencia.

Porque cada vez que alguien pronuncia un nombre

el universo debe detenerse un segundo

para aprender de nuevo

quién está viviendo dentro de él.

A veces pienso

que el universo no se expande realmente.

Tal vez solo se estira

intentando acomodar

la cantidad creciente de nombres

que los seres humanos

se dicen unos a otros

para no desaparecer.

Porque al final

eso es lo que hacemos.

Decimos nombres

como quien enciende pequeñas luces

en medio de una noche demasiado grande.

Sabemos que no durarán.

Sabemos que un día

la última persona que recuerde ese sonido

cerrará los ojos.

Y entonces

ese nombre

volverá a convertirse en polvo.

Pero mientras alguien lo pronuncia

mientras alguien lo sostiene

un segundo más

entre la lengua y el aire,

algo queda marcado en la edad del universo

como una cicatriz diminuta

que ni el tiempo puede borrar.

Porque después de decir tu nombre

el universo ya no tenía

la misma edad.

Tenía

un instante más de ti.

 

 

Verso final del tríptico

 

Todos morimos dos veces:

cuando el cuerpo se apaga

y cuando el universo olvida

cómo sonaba nuestro nombre.

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