PAULO NASCIMENTO GUERRA es poeta portugués. Ha publicado tres libros: O lugar do som (2015), Vida (2015) y Vendedor de lágrimas (2016). Su escritura explora el tiempo, la memoria y la fragilidad de la existencia humana a través de un lenguaje preciso y de imágenes que persisten. Reside en Portugal. Instagram: @paulonascimentoguerra
Tres formas de no desaparecer
I
La última persona que sabía mi nombre
Un día morirá
la última persona
que todavía sabe pronunciar mi nombre.
No hablo de quien me conoce ahora.
Hablo de alguien más lejano.
Alguien que quizá todavía no sabe
que un día
será el último lugar donde existo.
Porque vivir
no es permanecer en el cuerpo.
Vivir
es seguir respirando
dentro de la memoria de alguien.
Y las memorias
son casas frágiles.
A veces basta una enfermedad.
Una tarde demasiado larga.
Un silencio que empieza a crecer en el cerebro.
Entonces todo se borra.
Las caras.
Las calles.
Las voces.
Incluso los nombres.
Un día
alguien dirá mi nombre por última vez
sin saber que es la última vez.
Lo dirá tal vez
mientras lava un plato
o cierra una ventana
o mira distraído la lluvia caer.
No habrá música.
No habrá despedida.
Solo una palabra
cruzando el aire
como una piedra pequeña.
Después
nadie volverá a decirla.
Y sin embargo
algo de mí
seguirá viviendo durante un tiempo
en la forma en que esa persona
respira.
Porque somos eso.
Un puñado de sonidos
que alguien recuerda
durante unos años.
Y cuando ese recuerdo desaparece
no queda un cuerpo.
Queda
una habitación vacía
donde alguna vez
alguien dijo nuestro nombre
y el universo
tuvo que escucharlo.
II
Las cosas que recuerdan cuando nadie recuerda
Las casas
recuerdan.
No con palabras.
Con otra forma más lenta
de memoria.
La silla
sabe exactamente
cuánto pesaba tu cuerpo.
La mesa
recuerda
el lugar donde apoyabas las manos.
La ventana
conoce la forma precisa
en que mirabas la tarde.
Los objetos
no olvidan.
Solo esperan.
Durante años
siguen guardando la huella
de lo que ocurrió.
Pero nadie les pregunta.
El mundo está lleno
de recuerdos mudos.
Cucharas que recuerdan una boca.
Escaleras que recuerdan pasos.
Espejos que recuerdan rostros
que ya no existen.
A veces pienso
que la memoria humana
no es la más fiel.
Somos nosotros
quienes olvidamos primero.
Las cosas
resisten más.
Las paredes
todavía conservan
la temperatura exacta
de una conversación.
Las puertas
recuerdan
cómo alguien dudó
antes de marcharse.
Y sin embargo
llega un día
en que ni siquiera los objetos
pueden sostenernos.
La casa se vacía.
La madera se agrieta.
El polvo
aprende a ocupar los lugares
donde antes había nombres.
Entonces ocurre algo extraño.
No desaparecemos.
Nos volvemos
una forma de silencio.
Un silencio antiguo
que permanece dentro de las cosas
como si el mundo
tuviera memoria
mucho después
de que nosotros
dejamos de recordarnos.
III
La edad exacta del universo cuando dije tu nombre
Dicen que el universo
tiene trece mil ochocientos millones de años.
Lo dicen con números
como si el tiempo fuera una cifra
y no esta oscuridad lenta
que sigue creciendo dentro de las cosas.
Sin embargo
nadie ha calculado todavía
la edad exacta del universo
en el instante
en que alguien pronuncia un nombre.
Tu nombre.
Porque cuando dije tu nombre por primera vez
algo en el mundo se inclinó ligeramente
como si la realidad
hubiera tenido que hacer espacio.
No fue un sonido grande.
Ni siquiera fue hermoso.
Fue apenas una vibración mínima
entre mis dientes y el aire.
Pero desde entonces
todo lo que existe
ha tenido que convivir con ese hecho.
El universo siguió expandiéndose.
Las galaxias continuaron alejándose unas de otras
como barcos antiguos
perdiéndose en la niebla del tiempo.
Las estrellas nacieron
ardieron
y murieron
sin saber que, en un punto insignificante
de una de sus innumerables periferias,
alguien había pronunciado tu nombre.
Y sin embargo
algo cambió.
Porque decir un nombre
no es simplemente llamar a alguien.
Es alterar la arquitectura del silencio.
Es abrir una grieta
por donde empieza a entrar el mundo.
Hay palabras que pasan.
Hay palabras que se olvidan.
Pero un nombre verdadero
cambia la gravedad del tiempo.
Muchos años después
he olvidado casi todo.
Los lugares exactos.
Las horas.
Las razones que parecían definitivas.
Pero todavía recuerdo
la sensación precisa
de aquel instante.
Como si hubiera tocado
una pared invisible
detrás de la cual
todo estaba esperando.
Hay palabras
que atraviesan el aire
y desaparecen.
Hay otras
que permanecen flotando durante siglos
sin que nadie las escuche.
Y luego están los nombres.
Los nombres son otra cosa.
Un nombre
es una forma de gravedad.
Algo que atrae hacia sí
todos los recuerdos posibles.
Algo que curva el tiempo
alrededor de una ausencia.
Porque cada vez que alguien pronuncia un nombre
el universo debe detenerse un segundo
para aprender de nuevo
quién está viviendo dentro de él.
A veces pienso
que el universo no se expande realmente.
Tal vez solo se estira
intentando acomodar
la cantidad creciente de nombres
que los seres humanos
se dicen unos a otros
para no desaparecer.
Porque al final
eso es lo que hacemos.
Decimos nombres
como quien enciende pequeñas luces
en medio de una noche demasiado grande.
Sabemos que no durarán.
Sabemos que un día
la última persona que recuerde ese sonido
cerrará los ojos.
Y entonces
ese nombre
volverá a convertirse en polvo.
Pero mientras alguien lo pronuncia
mientras alguien lo sostiene
un segundo más
entre la lengua y el aire,
algo queda marcado en la edad del universo
como una cicatriz diminuta
que ni el tiempo puede borrar.
Porque después de decir tu nombre
el universo ya no tenía
la misma edad.
Tenía
un instante más de ti.
Verso final del tríptico
Todos morimos dos veces:
cuando el cuerpo se apaga
y cuando el universo olvida
cómo sonaba nuestro nombre.