ITZAMATUL IKAL (Ciudad de México, 1992) es un poeta mexicano formado en Letras Hispánicas, residente en Tlaxcala de Xicoténcatl, México. Su obra ha sido incluida en la antología Breviario Pandémico. Antología de poesía hidrocálida (2022) y en 2023 publicó su primer poemario individual, Jauría de ángeles, con Editorial Agujero de Gusano.
Llevo la ropa que mi abuelo llevaba.
La guardé porque guardar es necesario,
a veces.
Lo recuerdo llorando
con esta misma camisa
sentado en una silla de ruedas.
Llorar no es un acto de redención.
Está durmiendo y ahora también
está durmiendo en una silla de ruedas
demasiado fría.
La última vez que dormí soñé con él.
Estaba quieto y miraba el suelo
como se mira lo que ya no está.
La última vez que soñé sentí que hacía frío
y sentí que me moría.
Mi abuelo llevaba puesta mi camisa negra
y habitaba una casa sin techo
y sin paredes,
sin ventanas,
pero casa al fin.
Solo por eso llevo la ropa
con que aprendió llorar.
Básicamente,
murió porque estaba triste
y estaba triste porque su silla de ruedas
permaneció en silencio y quieta,
muy quieta,
cuando le susurraron la palabra
“asilo”.
Hoy tengo una camisa negra y blanca,
demasiado blanca.
Y con todo esto quiero decir que a veces,
tal vez,
me gustaría aprender o recordar la manera
más simple de decir adiós.
Dos ángeles han venido a presenciar tu hoguera;
conversan sobre las últimas investigaciones del genoma humano;
dibujan itinerarios aéreos con la voz
y te tocan el vientre
mientras sueñan con volver a él.
Cualquiera podría decir
“esta escena carece de significado”,
“los niños son frutos de otro tiempo”;
o bien, “ya pocos conocen algún método efectivo para orar”;
pero yo soy ingenuo
y aún no me acostumbro a quedarme,
porque mis plegarias pertenecen a la misma sustancia
de las búsquedas,
de los oráculos
y los designios del bosque.
Los ángeles saben que soy así
y no me señalan,
no me juzgan.
Me ignoran como ignoramos
aquello que en verdad importa.
Yo te miro arder y me siento orgulloso
de poder inmolarme
con solo dar un paso al frente,
con solo responder que sí.
Parecen felices.
Tú les recuerdas lo que Dios no creó.
Se calientan.
Esperan.
Saben que un día
encontrarán una palabra para volver a ti.
Ayer,
al hombre que eligieron los dioses
le han cortado una mano
y la han guardado en la tierra del jardín.
En un texto sagrado se afirma que la tierra es fértil:
de entre la hierba se ha levantado ya
la arquitectura dulce de un manzano.
Dicen que de ese injerto
brotará el arquetipo de otro hombre
(más humano y más puro).
Un niño de dos cabezas, satisfecho,
ha sido el encargado de realizar el corte.
(sobra decir que el sol se oscureció cuando saltó la sangre).
El pueblo entero presenció el ritual con gravedad,
como si del reverso del acto germinara el dogma
de la religión absoluta.
La familia del hombre participó entusiasta;
sonrientes, uno a uno arrojaron puñados de tierra
hasta cubrir el miembro.
Incluso el hombre ajado, fervoroso,
lanzó sobre su carne el último puñado.
Basta precisar que la tierra del jardín palpita.
Basta suponer que es fértil.