RAFAEL SÁNCHEZ ESCALANTE nació en Cuevas del Becerro, en la provincia de Málaga, al sur de España. Se formó en las artes escénicas graduándose en la Escuela Superior de Arte Dramático de Córdoba y en Conservatorio Profesional de Danza de Sevilla. Actualmente cursa los estudios de posgrado en escritura creativa por la Universidad de Sevilla. En 2024 publicó su primer poemario. Usuario de Instagram: @rafael_escal
DANZA MACABRA
I.
Si en mitad de la ciudad lloviera fuego
sería el ditirambo cantado
de una civilización antigua.
Sería el escupitajo nacido
desde el fondo de la boca
de un cráter dantesco.
No es lo mismo abrazar
que ser abrasado.
Sería entonces un muñeco vudú
de pelo negro
sosteniendo la pluma en alto.
Por eso escribo como hereje
con agujas azules clavadas en los pulmones
sosteniendo un granito de arena
-solo uno-
de entre un cúmulo del desierto.
Sería entonces los miembros
desarticulados
de una familia nómada.
Prendería un fuego
en la crepitante noche abierta
-o mejor-
sería yo el fuego
y la propia noche abierta
como buscando un atisbo
aunque fuese insignificante
para entender
-solo para entender-
que relámpago inocente
dio vida al monstruo.
II
Ruina de los cuerpos húmedos
en un bosque de alabastros
un llanto sale desde la maleza compungida
el frío abismo de los huesos
un baile de cadáveres
se beben la noche a pequeños sorbitos
los cuerpos se retuercen
para bailar la estética de lo imposible
una forma extraña
toca un redoble de tambores
forrado de piel enmohecida
que se estira hacia la luna como si fuese chicle
la espesura húmeda del musgo
cubre la cuenca vacía de mis ojos
el bosque expectante
la noche abierta
música clandestina tocada
por una mano en forma de herradura
que salgan a bailar ahora
los esqueletos de la barbarie
que sus articulaciones sean un espacio
sagrado
en el que cabalgar sin ser vistos
III
Aunque te hablo desde el destierro y la extirpación
manco
enroscado sobre mis vértebras
de la desobediencia,
no descanso solo.
Sin embargo,
pese al abrazo de la materia
ahí afuera, para mí,
nunca hubo nada.
Solo la propulsión a la pérdida,
al anacronismo de un ángel frío
sobre una sombra de cuervo.
Y ahora aquí
al otro lado del muro
-proclamo-
que no suele haber flores para los castigados
solo líquenes y carcoma astillando las encías.
La persecución de mi estirpe
ha bautizado ya al nombre del Olvido.
En un invernadero negro es donde me crecen
las esporas
y sostengo el agua que abastece
los huesos despavoridos
de tanto culmen marchito.
Y antes de que sigas tu camino
y me dejes anclado sobre el mentón
partido de algún suicida, te preguntaré algo:
¿ha de morir pobre el que pobre ha nacido?